¿Es pertinente utilizar el humor como instrumento de crítica al poder y sus abusos y su prosopopeya en un país como Colombia, marcado por la tragedia de la guerra y sus secuelas?

En 1985, tras la toma del Palacio de Justicia, la pintora Beatriz González decidió no reírse más de la realidad del país. Habían pasado 20 años desde que expuso en el Salón Nacional de Artistas su mítico cuadro Los suicidas del Sisga: dos décadas en las que se dedicó a plasmar con ojo irónico no solo la realidad política del país y a burlarse de la prosopopeya de los poderosos y de los académicos encargados de contarnos la historia, sino también de una Colombia periférica y provinciana a la que la tradición, así como las vanguardias de las capitales del arte, llegaban de segunda y tercera mano.

El título de una obra suya de 1983 ilustra de cuerpo entero su transición: Zócalo de la comedia-Zócalo de la tragedia. Es un enorme díptico, impreso con la técnica de los carteles callejeros, en el cual se repiten una y otra vez dos dibujos. En uno de ellos, Turbay condecora a algún ministro. En el otro, el cadáver de una mujer abatida por su amante, quien yace a su lado luego de haberse suicidado.

¿Por qué llora si ya reí? Un monólogo a tres voces, documental de Diego García Moreno, muestra cómo la maestra Beatriz González abandonó la risa. O al menos la descartó de su obra.

Diego García siguió durante tres años a la pintora mientras Beatriz elaboraba el proyecto Auras anónimas, una intervención en los columbarios del Cementerio Central de Bogotá, en los que ella tapó los huecos donde estuvieron guardados los cadáveres con una serie de grabados suyos que se repiten una y otra vez a lo largo y ancho de los tres edificios abandonados. Hoy día esta intervención se encuentra en el limbo y le hace juego a su vecina, la destrozada y también en suspenso avenida 26.

Además de documentar el muy dispendioso proceso de convertir los columbarios en una obra de arte de dimensiones bíblicas, la película cuenta la vida de la artista y con ella, la de los últimos 50 años de la historia de Colombia. Una historia en la que, según dice Beatriz González, ya no hay espacio para el humor.

En muchos encuentros con estudiantes y con periodistas en los que he participado casi nunca faltan preguntas como estas: ¿Acaso la risa no es una manera de trivializar los problemas? ¿Volver chiste la realidad de un país como Colombia no es contribuir a mantener la impunidad, el estado de las cosas?

Puede ser. El humor político muchas veces termina siendo una válvula de escape que genera voces de alivio del tipo "siquiera le cantaron la verdad en la cara", pero muy raras veces conduce a que se haga justicia. Al ser una válvula de escape hay quienes consideran que el humorista político, tal vez sin quererlo, termina siendo un aliado de la impunidad. Que ayuda a volver frívolo lo importante, divertido lo trágico y, en últimas, contribuye a que todo siga igual.

Pero a veces se olvida que el humor es una herramienta, no necesariamente un fin. Una herramienta, además, muy eficaz para sintetizar en un dibujo, en una frase o, en el caso de Beatriz González, en una obra de arte, todo un momento, un estado de ánimo.

Es un arma invaluable para una sociedad. Permite decir o insinuar verdades, plantear preguntas incómodas, con el tamiz de la broma, el juego. Permite decir, de manera relativamente amable, cosas que al decirse en serio pueden provocar agresión, hostilidad, respuestas violentas. Como decía el gran caricaturista antioqueño Ricardo Rendón, son "aguijones revestidos de miel".

La exposición que organizó el año pasado la propia Beatriz González en la Biblioteca Luis Ángel Arango sobre 200 años de humor en la historia de Colombia no es un catálogo de chistes, gracejos, chascarrillos y calambures. Es muchísimo más que eso. Es una estremecedora mirada de la historia del país. Un país puesto en evidencia, al desnudo, por la mordacidad, el sarcasmo, la agudeza y también la inocencia.

Beatriz González, como pintora, le dijo ‘no‘ al humor. Como investigadora e historiadora, le dijo que sí. Y la pregunta sigue en el aire. ¿Es pertinente el humor como instrumento de crítica en un país marcado por la tragedia y la guerra?

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