Era la época de los Calquitos, la ropa Postobón y Animalandia, las hamburguesas de Wimpy aún eran sabrosas y uno se podía cepillar con crema dental Pepsodent. No existía aún apertura económica; por eso, todo el que viajaba al exterior traía de regalo chocolatinas Milky Way y chicles Bubblicious que uno dosificaba como un náufrago o garoseaba con la incertidumbre de cuándo se iría a repetir semejante dicha. Como todo niño, me sabía el catálogo completo de chucherías comestibles en la tienda y el supermercado. Algunos recuerdos de ese entonces, cuando comíamos sin preocuparnos por la línea ni los niveles de azúcar, vuelven a la mente y me hacen salivar.

No me parece una gran pérdida la desaparición de los pétreos chicles Globo, ¿pero alguien recuerda los Conitos Chiclados, unos chicles parecidos a los Adams, pero que sabían a helado? Venían de chocolate, vainilla y fresa, y duraron muy poco. Cada vez que una comida o unos tragos devienen sesión de nostalgia colectiva, los menciono y nadie tiene idea. ¿Me los habré inventado? En mi constelación privada de sabores infantiles, los Conitos Chiclados brillan con la misma intensidad que las chocolatinas marca Peter Paul. La de coco se llamaba Mounds y la de caramelo, Cremel; había una tercera que no recuerdo, quizá porque mis papilas gustativas también la han olvidado. Añoro también el Covo, que era como una Nucita grandota para untarle al pan y se promocionaba con un osito parecido al del pan Bimbo. Espero que en unos años no esté llorando la desaparición del Chocorramo. Nunca me gustaron los Chitos, porque me olían a orines; ni los Gudiz, que eran chicludos y hostigantes, aunque la propaganda de muñequitos era un clásico, sobre todo en la versión grosera que los niños recitábamos (si me como la amarilla, ¡se me para y brilla!, y si me como la verde, se agacha y me la muerde, etcétera). Pero moría por las Cebollinas de Yupi, ¿alguien, además de mí, añora las Cebollinas? ¿Y los Snacky de caramelo? ¿Alguien recuerda los Quesis de Jack‘s Snacks?

De más reciente extinción fueron las gaseosas Hipinto, para no hablar de los fallidos brevajes de Bavaria (Konga, Wizz y Link) que lanzaron con un concierto gratuito en el que estuvieron Caifanes y Rubén Blades. Pero, ¿en qué cementerio de gaseosas olvidadas están la Wink y la Kol-Kana? La primera era de un amarillo pollito asustador y sabía a piña contaminada con uranio, la segunda era una alternativa a la eterna dicotomía entre Coca-cola y Pepsi, más bien una imitación de la Coca-Cola, pues la botella y el letrero eran bastante parecidos. Otra que quedó impresa en mi memoria con total desagrado fue la Tab, primera gaseosa dietética que llegó a Colombia: sabía a agua de trapeador con gas. Pero en materia de bebidas quizá la más desafortunada fue el Frescogurt: pretendía ser un yogur que quitaba la sed después de hacer ejercicio, o por lo menos eso era lo que mostraba el comercial donde unos bicicrosistas escalaban una loma y se reponían con Frescogurt. La sensación de espesor lechoso que refrescaba era tan falsa, que con razón salió del mercado. Ni qué decir que a nadie se le ocurriría revivirlo en estas épocas de Gatorade y Power-Aid. Mi bebida licuada favorita era el Cerelac; me gustaba más el de sabor a trigo que el de arroz, y también comérmelo con cuchara, directamente de la lata. Otra, de la que queda un tenue borrón en mi mente, es una bebida embotellada que se llamaba Soldadito de Chocolate, ¿la botella tenía forma de soldado, o estoy ante otro engaño de la memoria?

Menuda remembranza glotona de alimentos sin importancia. Nada más inútil que recordar estas cosas. Me perdonarán, los más, que haya gastado papel, tinta y su tiempo en semejante tarea vana y banal. Los demás, que somos menos, disculpen que aquí me detenga, pues quiero ir a la tienda para averiguar si aún fabrican los chicles Miniatura y si todavía quedan suficientes chocolatinas Jet para que esta noche duerma tranquilo.

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