Ya no sé cuántas veces cayó en la bandeja de entrada. Llegué a pensar que Escobar y yo éramos parientes. Los Escobar de mi rama somos obsesivos, empecinados y rencorosos. Pero el parentesco es imposible. Yo vengo de Daniel el Hachero, un muchacho envigadeño que masacró una familia una noche de diciembre de 1873, en luna llena, y los del abogado costeño deben descender de Teresa Escobar, una señora que llegó en uno de los primeros viajes de Colón. Pero es una suposición poética.

La carta menosprecia mi conocimiento del psicoanálisis, califica mi comentario de tontarrón, con adjetivo tontarrón, e invoca el derecho al buen nombre, la honra y la dignidad humana. No entiendo por qué le permite semejante grandilocuencia a los labios de una pequeña herida del amor propio más que del honor que por lo visto y de acuerdo con sus protestas permanece intacto. Y me tacha de mentiroso.

Jotamario Arbeláez me recomendó que le escribiera una respuesta para apaciguarlo, para que no me viera agobiado con los inconvenientes de una tutela, recurso legal favorito del abogado samario. Pero me dio pereza. Si respondiera todas las cartas cargantes que llueven en mi correo virtual la vida solo me alcanzaría para eso.

Escobar cae en una incongruencia: cuando conoció a Sale, dice, este era un comerciante que se codeaba con industriales, banqueros, periodistas, políticos. Pero el hecho de codearse con industriales, banqueros, periodistas y políticos, no es garantía de honorabilidad, menos en un país como este. Y todos sabemos que los mafiosos huelen de lejos a aromas de oro recién colado y dólar nuevo, y que por más que se camuflen en oficios regulados por las leyes se presienten, halagüeños y simpáticos, con esa frescura que esparcen todos los que no tienen urgencias de plata. Escobar conjetura que estoy en mis cabales, aunque otras personas me colocan (sic) en tela de juicio. Yo también estoy seguro de su rectitud, de la moralidad de su familia, incluidos su padre, su hermana, y sus complementos políticos, aunque otras personas…

En este país suspicaz, sobre todo si uno pertenece a la Rama Judicial del Poder Público, Consejo Superior de la Judicatura, Sala Legislativa, como reza el membrete rimbombante de la papelería de Escobar Araújo, está obligado a cuidar cada paso que da. Y los ciudadanos estamos en nuestro derecho y en el deber de exigir a nuestras dignidades en los poderes que extremen las medidas de higiene. La cosa no depende del todo del sabio fallo de los jueces como dicen los abogados. En Colombia hay montones de inocentes tras las rejas y mucho bandido suelto, victorioso en los clubes, codeándose con industriales, políticos, y periodistas, según la enumeración de su carta, a lo que agrego: y con policías, militares y abogados. Ver el periódico de hoy. Y el de ayer. Para verificar la vergüenza.

Un caballero a quien la sociedad confirió tantas dignidades como al doctor Escobar no debería recibir regalos nunca ni siquiera de apariencia segura por razones de prudencia y decencia. Acudiendo a un símil tontarrón, vale la pena repetir lo que se ha dicho de la señora del César en latín y en romance.

Escobar menciona en su carta diversas clases de zapatos emblemáticos de las actividades del hombre, dice, los populares tenis, los finos de esmoquin. Me aconseja que amarre los míos con veracidad, objetividad e imparcialidad. Pero yo no calzo tenis desde la adolescencia, y mucho me parece que los fabricantes los hacen cada vez más parecidos a los autos del año cincuenta, y jamás vestí un esmoquin. Además, confieso aquí por primera vez, que escribo descalzo, los pies puestos en un rojo pellejo de morueco de Persia, lo cual me permite ser, sino complaciente, que no es mi oficio, sí ecuánime, y justo. Y benevolente. Así, espero que en compensación por los sufrimientos que ya le ocasionan, para ajustar las molestias del bendito regalo navideño, los divinos botines no le hayan quedado chiquitos al doctor Escobar Araújo.

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