El mundo ciclístico cierra una deuda que tenía pendiente con Rigoberto Urán, reservándole el segundo lugar del podio de París. Faltaron 55 segundos para que el ciclista colombiano se vistiera de amarillo, que es un tiempo equivalente a un viaje en el ascensor de un edificio de oficinas, pero casi imposible de restar contra un rival como Christopher Froome, quien estuvo a seis segundos de arrebatarle la victoria de etapa al polaco Maciej Bodnar. (Razones para admirar a Rigoberto Urán)

Pero Colombia vuelve al podio, al segundo cajón, a demostrar que es un país donde el ciclismo tiene pasado, presente y futro. A demostrar que hay una razón para considerar al país como uno más entre los grandes exponentes de este deporte.

La transmisión de las pruebas contra el cronómetro es una prueba de paciencia y nerviosismo para los espectadores. A simple vista, es difícil predecir quién está haciendo una mejor carrera. No existe una imagen para comprobar cuál corredor es más rápido ni quién está poniendo más distancia sobre su rival. La sentencia final la tiene el reloj, que marca las horas hasta hacernos enloquecer: dicta y asigna los tiempos a los hombres que pasan frente a los sensores exhibiendo el número de su espalda que porta el chip de registro. Cuando la carrera está apretada y las clasificaciones están en juego, el director de transmisión pide dividir la pantalla en dos, tres o cuatro partes para así mostrar las diferencias de segundos entre los favoritos, obtenidas mediante cálculos instantáneos de GPS.

Pero esta vez, la transmisión del Tour de Francia se negó a mostrarle esa imagen al mundo. Y la razón era sencilla: habían sido heridos en su orgullo. El corredor sensación de Francia, la esperanza del ciclismo para ese país, cedía segundos en cada kilómetro y perdía su posición en la clasificación general. No era capaz de competir con Froome. Y tampoco tenía cómo mantener su posición en el podio frente a los tiempos que se apuntaba Rigoberto Urán. Por eso había que ver las imágenes de la carrera y seguir los reportes de tiempo por Twitter y por el centro digital de prensa oficial, a fin de confirmar que Colombia volvía al segundo lugar del podio, a costa de los corazones franceses; para dar cuenta de que el país de los escarabajos se acerca, cada año, al primer escalón del Tour; porque, a medida que pasan los años, la diferencia entre el líder y el mejor de los nuestros se reporta en una menor cantidad de segundos. (Las colombianadas de Rigoberto Urán)

El tiempo definitivo de Rigoberto Urán apareció cuando el colombiano tomaba la curva final, allí donde perdió la línea y estuvo a punto de estrellarse contra las vallas; allí donde extendió la pierna izquierda para no perder el equilibro y continuar ileso hacia la línea de meta. Terminó octavo en la etapa, a 31 segundos del ganador y 25 de Froome, el indiscutible campeón.

Mañana, entonces, no sonará el himno nacional de Colombia en los campos elíseos, pero la bandera nacional sí decorará el segundo cajón del podio. Rigo aparecerá en la foto final del Tour y, seguramente, será mencionado y elogiado por Froome en su tradicional discurso final de victoria. Pero lo más importante es que el ciclismo colombiano sigue dando triunfos, está en la pelea y tiene más de un corredor para plantear la disputa en cada una de las grandes vueltas. El Tour sigue siendo esquivo; sigue siendo un sueño –es cierto– pero cada vez está más cerca.

La etapa 21, la de mañana, más que una competencia, será un desfile de ciclistas que ya no competirán por la general. Es el retrato del brindis del Sky y las fotos carismáticas sobre la bicicleta. Igual que en 4 de enero del Carnaval de Negros y Blancos, cada paso por el circuito de los Campos Elíseos mostrará a diferentes grupos de ciclistas chistando y conversando, durante tres o cuatro horas de recorrido. Habrá tiempo para las típicas fotos con el líder y el último de la general; los tres del podio; los cuatro que portan los maillots de líderes; los que compiten en diferentes escuadras, aunque son del mismo país, y todas las escenas que se le puedan ocurrir a quienes marchan en la caravana. Es igual al día de la reunión familiar que tiene lugar cada año, en el que el tío de turno organiza las fotos de las memorias para los años venideros. Un día en el que no habrá cambios ni competencias, por lo cual estas crónicas llegan hasta aquí, pues el Tour de Francia 2017 ya escribió su punto final. (El ciclista borracho del Tour de Francia)

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