Se vale usarlos si —y solo si— usted se llama Nairo Quintana, ha corrido al menos una etapa de la Vuelta a Colombia, es amigo íntimo de Jorge Enrique Abello o si se los pone por debajo de una pantaloneta, simplemente para proteger los glúteos del peligroso roce con el sillín. De resto, terminantemente prohibido.

¿Les puedo dar un chance a los enterizos forrados?
Y después qué, ¿se va a afeitar las piernas para volverse más aerodinámico? No, hombre, no sea convencido: usted no va a correr el Clásico RCN, no necesita ganar segundos valiosos gracias a esa indumentaria. Puede usarla, eso sí, si trabaja como hombre bala en el Circo de los hermanos Gasca, quiere reemplazar su antiguo wet suit o va a empezar a vestirse como Supermán, con los calzoncillos por fuera.

¿Es válido usar cualquier prenda para cubrir el tronco?
Tronco, primera acepción: cualquier criollo rellenito y con estado físico de ajedrecista cuando sale a la ciclovía; o sea, seguramente, usted. Segunda acepción: la parte del cuerpo humano que no es extremidad ni cabeza. Este último, señor lector, al montar el caballito de acero en clima frío, se debe recubrir con un saco de las siguientes características: nunca de lana, a veces de algodón y siempre con capucha. Pero lo más sano, sin duda, es usar un rompevientos —uno no sabe cuándo aparezca el mono— fácil de guardar y no muy ancho, como de tío recochero en finca sabanera.

¿Da lo mismo ponerse el casco que sea mientras proteja?
En ciclismo, el casco no solo es un elemento protector, sino que hace las veces de tocado en fiesta del jet set criollo. Llevar un buen casco a la hora de montar es tan importante como, en frijolada, diferenciar a aquellos que, por acudir al mismo cirujano plástico, quedaron cual máscara de atracador bancario de película. No se sobreactúe: no use casco de moto —se ve en la ciclovía—; tampoco uno demasiado alargado, como de prueba olímpica de pista; y tenga cuidado con esos que parecen de soldado de la Segunda Guerra Mundial, pues solo se les ven bien a jóvenes que usan ombligueras y pantalones entubados. Y, ojo, si es tan cabezón como Óscar Iván Zuluaga —ese político que parece el hermano perdido de Rodrigo Beltrán—, es mejor que abandone el ciclismo: nunca se verá decoroso con un casco más chiquito que su cabeza, va a parecer con corona.

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