La historia de ‘El anzuelito’
Por Adolfo Zableh

Teníamos en la universidad un amigo que parecía modelo de revista, y como era además buen jugador de fútbol y mejor persona, nos tomó años encontrarle su valía: levantar viejas. Alguna vez íbamos en el carro y la Serra del carro de al lado le pidió que le diera el teléfono para que su hija lo llamara. De ese calibre era ese señor.

Le decíamos ‘El anzuelito’, porque era como botarlo al mar y pescar siempre algo, pero la verdad es que era casi ilegal, como pescar con dinamita.  Siempre operábamos igual: llegábamos en combo a un sitio, él entraba primero y nosotros, detrás, mirábamos con atención qué grupo de mujeres levantaba la cabeza y ahí lo mandábamos.

Se puede decir que él hacia el trabajo sucio, pero en realidad no le significaba ningún esfuerzo. Unas vez tenía a las viejas ahí, llegábamos nosotros, lo amigotes, a apoyarlo (por muy pinta que fuera no podía con tres, cuatro mujeres). Si eso no es trabajo en equipo, no se de qué estamos hablando.

Claro, él tenía el derecho de escoger a la que quisiera, mientras que los otros teníamos que pelearnos por el resto. ¿Qué se le iba a hacer? Era eso o pasar la noche ponchados.

Cansados de ser segundones, un día se nos dio por salir sin él y no nos pudo ir peor. Desde entonces supimos que había que hacer lo que fuera para que saliera con nosotros: invitarlo a trago, hacerle los trabajos de universidad, pedirles permiso a los papás si era necesario. Una vez se fue un mes fuera del país y sufrimos como locos. Entrábamos a un sitio y ninguna volteaba a mirar. Nos tocó dedicarnos al Playstation hasta que volvió.

Yo prefiero un tipo así en el grupo, es lo que garantiza que haya levante todas las noches. Tanto que se queja uno de la vieja bonita que está rodeada de amigas feas, y nosotros hacemos lo mismo que ellas. Hay que aceptarlo, uno es el amigo feo y no hay nada de malo en eso. Hoy ‘El anzuelito’ está casado y tiene una hija. Es decir, al tipo que mandábamos a pescar, lo pescaron.

 

No rotundo al amigo ‘galán‘
Por Andrés Rios

Si Adolfo tenía un amigo galán al que apodaban “Anzuelito” y era usado por él y sus otros amigos para que les ayudara a levantar viejas, yo conocí un tipo en la universidad que me demostró que el camino correcto con los “galanes” es alejarse completamente de ellos, evitarlos a toda costa.

Lo bautizamos ‘El Chalán‘. Así, escueto, sin anestesia, sin contemplación: el tipo parecía caballista. El personaje en cuestión era muy bonito. Todo galán tiende a ser bonito, pintoso, pispo y tiene como principal característica el tratar siempre de aumentar esas condiciones físicas. Me explico: el tipo usaba la ropa con una o dos tallas menos para que los musculosos se le vieran más. El jean si era 34 lo usaba 32, es decir, una absoluta lobería.

La parte neuronal era también un desastre. Era un tipo sin cultura, con un léxico pésimo y ni que decir de su pronunciación: mezclaba tú con usted y la X siempre le sonaba a S o PS. El infaltable: “osigeno” o el “epselente”.

El galán tuvo la osadía de lanzarse como representante al Consejo Universitario y su eslogan (se los digo con la mayor sinceridad del caso) fue: “Vota por mí, que yo me botaré hacia ti”. Simplemente catastrófico…

Por eso con los galanes no tengo contemplación. Eso sí, como he dicho en cada uno de estos textos, respeto si usted decide tener como amigo o como “anzuelo” para conquistar mujeres a tipos como Oswaldo Rios, Guillermo Capetillo, Guy Ecker o Marlon Moreno, entre otros. Yo prefiero ser ese feo con cierta carreta. Lo confieso, en cuatro de cinco intentos en las que me las trato de dar de galán con las mujeres, me estrello. Pero hay algo que me da moral: la dignidad y el hecho de saber que la galantería se centra en la buena educación, la empatía y un tanque amplio de decencia y antilobería.  

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