Primero fue el bus de la Selección Argentina, con Batistuta, Redondo, Simeone y demás, que se bajaban a cantar con los hinchas dispersos por el estacionamiento del Monumental de Núñez para formar un cúmulo de banderas y de gritos y de pasiones, y luego fueron las tribunas que cantaban “Olé, olé, olé. Vamos, vamos, Argentina” y etcétera, en tiempos en los que acá en Colombia nadie cantaba en un estadio. Después fue Faustino Asprilla, que salió a la cancha hablando por su celular, minutos antes de que empezara el partido más importante de su vida, y mucho después, cuando el 5-0 a favor de Colombia comenzaba a hacerse historia, fueron las celebraciones en el camerino entre jugadores, técnicos y personajes oscuros que se mezclaban con todos y bailaban con todos porque hacían parte de la Selección Colombia y del fútbol en Colombia.

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Ese día, esa tarde-noche, la del 5 de septiembre de 1993, empecé a comprender que la Selección Colombia era cualquier cosa menos la representación de una identidad nacional, como decían y han dicho millones de veces los periodistas que han vivido de esa Selección Colombia y de que gane como gane, caiga quien caiga y muera quien muera. Ese día palpé el respeto de unos jugadores por su gente —los de Argentina, claro—y el irrespeto de los otros.

Meses más tarde, en el Mundial de Estados Unidos, entendí que aquel desdén que había empezado a percibir en Buenos Aires era un desdén en mayúsculas. Miles de colombianos habían llegado a Los Ángeles para ver y sentir de cerca aquello que desde el fútbol confundían con la patria, pero tuvieron que marcharse decepcionados, no solo por el fútbol, sino porque la selección a la que amaban era un conjunto de individualidades que solo apostaban por sí mismos.

En Los Ángeles, Colombia fue Colombia hasta en el mínimo detalle. No hubo solidaridad de equipo, no hubo lealtad con los fanáticos, no hubo organización ni trabajo ni esfuerzo, con muy contadas excepciones. Después, el 2 de julio, mataron a Andrés Escobar y se multiplicaron las voces que pedían cambios. El cambio jamás llegó. Y aquellos mismos que habían celebrado el 5-0 contra Argentina eran los que manejaban los hilos y los que los seguían y seguirían manejando. Entonces se me vinieron en tromba algunos conceptos de patria y de fútbol, y comprendí que la patria era el negocio de los dueños del país para que los demás trabajáramos por ellos, que habían definido fronteras, bandera, himno y constituciones. Comprendí, luego, que el fútbol era casi lo mismo, pero surgido como juego y aprovechado y manipulado por unos cuantos para llenarse de millones y tener eso que llamaron poder.

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La patria, un negocio. El fútbol, también. Nosotros, los idiotas útiles, que pese a lo que sabemos, seguimos prendidos al televisor y compramos camisetas a la espera del milagro de que el fútbol vuelva a ser un juego.

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