Borges era sabio y ocurrente. Durante toda su vida dijo grandes verdades condensadas en pequeñas frases. No dudo que habría sido un excelente twittero. Una de esas tantas boutades borgianas está consignada en su cuento Ulrica, donde dice que “ser colombiano es un acto de fe”.

Los colombianos continuamos sonriendo mientras a nuestro alrededor bullen los síntomas del Apocalipsis, seguimos creyendo que esto es un buen vividero; somos como los músicos del Titanic, que continuaron tocando mientras sucedía el naufragio. Creo que todo esto deriva de que estamos acostumbrados a obtener muy poco, somos conformistas, con nosotros siempre es posible sacarla barata. Estaba pensando, por ejemplo, en nuestro desempeño balompédico: durante décadas nos sentimos orgullosos de haber empatado 4-4 con Rusia en el mundial de Chile 62. Si hubieramos ganado, vaya y venga, pero el orgullo de empatar describe muy bien la idiosincrasia colombiana. Luego vino el 5-0 contra Argentina, prólogo a la más desastrosa y vergonzante actuación que hiciéramos en mundial alguno. Sí, fue un buen partido, pero se nos olvida que éramos favoritos para ganar el mundial y nos contentamos con eso. Acá los triunfos son provisorios, sirven como una plataforma bien alta para que, al caer, duela más el golpe. Del mismo material está fabricada nuestra actuación en el preolímpico de Londrina, Brasil, hace once años: veníamos de golear 4-1 a Chile, Javier Álvarez, el técnico, dijo “al que cojamos mal parado, lo goleamos”, en el siguiente partido Brasil nos clavó nueve goles, nosotros no hicimos ni el de la honrilla. Nuestro modus operandi quizá se sintetice en la máxima del gran pensador colombiano Pacho Maturana: “Perder es ganar un poco”.

Somos expertos en pérdidas: perdimos el Canal de Panamá, perdimos a cientos de hombres valiosos (Gaitán, Galán, Jaime Garzón y un larguísimo etcétera), perdimos el rumbo, perdimos la vergüenza. Todos los días se pierde plata: de la salud, de obras públicas, de los contribuyentes, de los pensionados, de los pobres. Nos encanta, sin embargo, destacar nuestras victorias pírricas: Alejandro Falla llegó a octavos de final y lo eliminaron, Montoya llegó de sexto, tal ciclista no ganó el tour porque se enfermó, pero casi, aquel boxeador perdió pero no pudieron noquearlo, nuestra candidata quedó de virreina. Es por eso que nos sentimos orgullosos de tener “el segundo himno nacional más bello del mundo”, según un concurso misterioso del que nadie da cuenta, pero que de todas maneras no pudimos ganar.

Se necesita mucha fe para ser colombiano: país donde un presidente dijo que bajaría la corrupción “a sus justas proporciones” y nadie protestó, pues quizá todos estábamos esperanzados en sacar adelante esa pequeñita cruzada. Tampoco se pudo. También tuvimos un presidente que hacía muy buenos chistes pero no sabía lo que pasaba a sus espaldas, otro con alzhéimer, otro que comenzó un proceso de paz frente a una silla vacía, otro que quería darle en la jeta a todo el mundo y por poco se queda vitalicio. De vainas no le colgamos la banda presidencial a Mario Gareña, a Regina 11 y a Moreno de Caro, aunque la victoria de Samuel Moreno es un síntoma de que un día de estos meteremos la pata más hondo.

Nuestro país no debería estar encomendado al Sagrado Corazón de Jesús sino al Santo Job, pues el colombiano promedio sigue sonriendo aun a pesar de las peores bellaquerías, catástrofes y atrocidades. Tal vez esa sea nuestra condena, lo que permite que sigamos así de jodidos. Pero, paradójicamente, esa puede ser nuestra mayor fortaleza, pues lo último que se pierde es la esperanza en que, a fuerza de pequeñas gestas, conquistas parciales, triunfos mínimos, llegue el día de la victoria final en esta batalla contra nuestras propias carencias y taras.

Y mientras esa gloriosa revancha llega, repetimos que la palabra ‘casi’ no vale en Colombia y que Colombia es Pasión, cantamos “Ay qué orgulloso me siento de ser colombiano” y “Colombia, tierra querida, himno de fe y armonía” seguimos convencidos de que Cali es la Sucursal del Cielo y Bogotá es la Atenas Suramericana, que no todo vale, que se vino la prosperidad democrática, etcétera.

A veces me inquieta que esa fe se parezca tanto a la estupidez, o al cinismo.

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