Pocas historias logran atraparlo a uno como la que cuenta House of Cards. Esa atracción no se produce solo porque se trata de la mezcla perfecta de traición, pragmatismo, intriga, manipulación, corrupción, voltearepismo y hasta asesinato; en nuestro caso, hay un morbo indudable en el hecho de que cada capítulo nos recuerda algún acontecimiento de la política colombiana.

Desde el principio, vemos cómo Frank Underwood, el protagonista, pone en práctica un plan metódicamente diseñado para acceder al poder usando a los medios, traicionando a su jefe, manipulando a sus subalternos y chantajeando a sus enemigos.

La carrera de Underwood es una cadena perfecta de acciones en honor al “todo vale”, una expresión ejemplar de pragmatismo despiadado. Imposible no pensar en políticos colombianos que incluso han llegado a la Presidencia sin importar con quién se tengan que aliar ni cómo conseguir sus votos. Tenemos grabadas en la mente aquellas campañas que han recibido el dinero de la mafia y le han vendido el alma al diablo con tal de llegar y, luego, con tal de no caerse.

Underwood dice que para subir en la cadena alimenticia del poder se necesita cazar antes de ser cazado. Y esto, para él, justifica el ataque como la mejor forma de defensa. Y qué mejor ataque que el chantaje o las calumnias, así sea con falsas acusaciones e infamias que permitan someter al escarnio público a la víctima, tarea en la cual no falta el periodista hambriento de la chiva que sirve de idiota útil a estos fines. ¿Cuántas veces nos han distraído en Colombia con cortinas de humo que llevan a que olvidemos a los verdaderos responsables y nos ensañemos contra chivos expiatorios?

Algunos dirán que, si por un momento uno hiciera caso omiso de los delitos que comete en su ascenso y solo tiene en cuenta al estratega político, Underwood tendría mucho que enseñarnos sobre cómo lograr que en política las cosas se hagan. La política es el arte de la negociación, del compromiso y, en ese esfuerzo, dirán ellos, hay que lograr el equilibrio perfecto entre pragmatismo e idealismo. El problema, aun en ese supuesto, es que en sus acciones y sus palabras nunca se evidencia realmente por qué quiere llegar al poder. Lo único claro es que el poder para él es un fin en sí mismo y su consecución permite apelar a cualquier tipo de estrategia, legal o ilegal, ética o no. Cualquier parecido con Colombia es pura coincidencia.

Y no solo es Underwood… los casos abundan. En la Washington de House of Cards, los congresistas que son sorprendidos manejando borrachos apelan al “usted no sabe quién soy yo” y usan sus influencias para borrar el episodio. Aquí nos indignamos con Merlano y el concejal de Chía —y eso está muy bien—, pero poco nos preguntamos cuántos casos de tráfico de influencias impiden que conozcamos los desmanes de los poderosos.

Los temas de la política son los mismos que en Colombia, pero la forma de enfrentarlos muchas veces es diferente. En el episodio en el que los maestros se negaban a que los evaluaran y optaron por irse a huelga, al menos el resultado fue una reforma que puso punto final a las diferencias. Aquí, en cambio, un episodio muy similar tuvo como desenlace una negociación salarial. En el tema ambiental, es cierto que también en la serie el lobby de las compañías energéticas y su financiación de las campañas electorales impidieron lograr una regulación más estricta para proteger el medio ambiente; pero al menos SanCorp, la empresa de gas natural que hace lobby contra la regulación, no patrocina la selección nacional de fútbol de Estados Unidos ni bombardea a la opinión con publicidad para mejorar su imagen.

Pero hay más casos en los que la serie se queda corta. Mientras que en House of Cards un magistrado de la Corte Suprema, aquejado por un alzhéimer incipiente, prefiere abandonar su cargo antes que ver comprometida su imagen y poner en juego la calidad de las decisiones del máximo tribunal, aquí algunos magistrados, a pesar del cúmulo de indicios de actos de corrupción en su contra, prefieren atornillarse en sus cargos a como dé lugar. Ya hizo carrera la frase “aquí estoy y aquí me quedo”, la cual, por cierto, no sería raro oírle a Underwood en la cuarta temporada de la serie.

En otros asuntos, lo que vemos en House of Cards parece un juego de niños frente a lo que ha llegado a mostrarnos la política colombiana. Hemos visto a precandidatos presidenciales asesinando a sus contrincantes, a candidatos de grupos ilegales consiguiendo votos a punta de fusil, a lobistas repartiendo fajos de billetes en los baños del Congreso. Nuestros presidentes de turno han soltado frases como “si sucedió, fue a mis espaldas”, “voten antes de que los metan a la cárcel” o “le doy en la cara, marica”. Aquí los delincuentes le han puesto apodo a la casa presidencial, no como objetivo militar, sino como uno de los sitios que en algún momento frecuentaban. Es decir, en el caso de Colombia, podemos asegurar que la realidad política se acerca mucho a la ficción.

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