Está de moda, es transversal, piola, unplugged, discreta; te hace ser menos que más y nadie se da cuenta a no ser que te quedes dormido frente a ellos. Es digna y te deja digno: no te hace sudar, gritar, vomitar o decir cosas que nunca has siquiera pensado. No tiene resaca. Tus ojos no se ponen rojos. No huele ni te hace oler distinto. Se puede usar para fiestas pero en rigor es para que te olvides que estás en una fiesta. Es una droga personal, solitaria, como un iPod. Es para relajarte o para desconectarte. Para calmarte, para pasar el mal rato, para bajar. No te ayuda a conectarte y empezar a manosear a otros. El Rivotril es, más bien, para atajar la ansiedad y para que no te manosees tú.

Está en todas partes: la usan ejecutivos y políticos, dueñas de casas y profesores, editores de revistas y poetas cesantes; es casi un rito de paso para entrar a la adultez. Es quizás una de las razones por las que la gente va al psicólogo y no hay persona que no se haya separado que no sienta que quizás la pastilla es más confiable que tu ex. Su uso es tan amplio que, como la cocaína en los ochenta, la consumen aquellos con demasiados problemas o aquellos que no tienen ninguno. Es, sin duda, el nuevo Válium, pero posee menos estigma, es más asexual y está menos relacionado a la histeria o a actrices de cine suicidas. De hecho aún no hay una novela best-seller o una película sobre adictos al Clonazepam porque, al parecer, más que una adicción, el usar Rivotril es una forma de enfrentar el mundo o, quizás, se toma para que el mundo no te aplaste. El Rivotril (en todas partes se llama igual menos en Chile: Ravotril, de Roche) no es la droga que quieres para ir a una fiesta rave pero sí para arrastrarte al cumpleaños de tu suegro. No es una manera para huir del mundo en una performance alucinógena o para ingresar a otros territorios o para vivirlos al límite: es para que no te afecte todo tanto y puedas descansar. Estas pastillitas ranuradas que saben un poco a tiza es para la gente que sueña darse tinas largas o pasarse un día en un spa dentro del vapor, pero que nunca lo ha hecho. Es para no sudar en una presentación pública. Es para dormir sin soñar en lo que tienes que hacer al día siguiente. 

Rivotril es, en rigor, Clonazepam y su fin final es ser una suerte de caja de emergencia durante crisis de pánico. Nunca he tenido una, pero supongo que uno vive en crisis y el pánico a veces es literal (pánico a la gente, a hablar en público, a tener tantas ideas en la cabeza) y nada mejor que compartir un mal rato que medio Ravotril (así le digo, así le diré). Hay dealers que te la consiguen (un personaje en mi nueva novela Aeropuertos se dedica justamente “a mover” pastillas) y doctores y dentistas y kinesiólogos empáticos que te hacen una receta porque esta es una droga que legalmente no ha sido prohibida como la cocaína, pero que merece una estrella verde impresa en su caja, lo que implica receta retenida. Pero no es imposible conseguir. Ni la receta ni la caja. Perú es el paraíso número uno: no necesitas nada excepto tu deseo de paz para ingresar a una farmacia y comprar la cajita feliz; si consideras que es muy caro, incluso venden un genérico amarillento. En México piden recetas, pero es cosa de pasar a ver médicos que te recomiendan en ciertas farmacias. Los amigos se las pasan y hasta uno me ha regalado, de buena onda, una tira. 

Conocí el Ravotril editando mi primera película. Me la pasó mi editora, lo que ahora me hace más que sentido. Y me consiguió una receta con un amigo que era doctor pero que era amigo de ella antes y sentía que cada vez que hacía recetas de Ravotril —gratis— estaba ayudando al mundo. Supongo que si uno toma cinco o seis pastillas o quizás más de 2 mg puedes matarte o dormir seis días, pero el Ravotril no es una pastilla para dormir exactamente pero te hace dormir: en aviones, de noche y, cuando siento que estoy muy estresado, tomo medio para dormir una siesta de cuatro horas.

Como toda droga, depende de tu estado de ánimo: si estás expulsando adrenalina, te hace bajar. Durante el rodaje de Velódromo, partíamos el rodaje repartiéndonos trozos de la pastilla entre el equipo clave como si fueran hostias y a veces pienso que eso le dio a la película un tono más calmado. Si uno, al revés, está en extremo calmo, un Ravotril del 0,5 te puede tirar al suelo. Otro amigo dice que lo usa porque le cuesta que se “le apague la tele” que es lo contrario a lo que sucede cuando, en efecto, se te apaga la tele al mezclar alcohol con sustancias varias. Insisto: Ravotril no es para ir de farra; es para que tu farra interna (positiva o negativa) se calme. Es un ansiolítico. Hay gente que lo usa para aplacar el miedo a volar; yo tiendo a usarlo cuando escribo mucho y quedo arriba. En ese sentido es como el alcohol de los que no toman. El Ravotril no te hace sentir más; te hace sentir menos. Y eso a veces es una buena sensación.

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