Ah, sí, dicen ustedes, algunos de ustedes, de haber sido débil y de haber naufragado en aquel partido del 10 de septiembre contra Uruguay en el Centenario, y quieren condenarlo que porque no tuvo fuerza y mucho menos veteranía para apagar las luces de Edinson Cavani y de Luis Suárez y que desde su barricada no fue capaz de contener el arsenal con el que los uruguayos en la cancha y los 65.000 uruguayos en las tribunas enfrentaron un partido que les determinaba la muerte o les abría una tenue luz de supervivencia. De eso acusan a Stefan Medina, qué risa, ustedes, algunos de ustedes, los sabiondos instalados en las poltronas, francotiradores a mansalva y sobreseguros, jueces sin rostro que merodean las enfermizas redes sociales y disparan dardos con la misma destreza con que se sirven el otro y se les nubla la razón y se les enturbia la vista, porque son de esos expertos en fútbol que no ven nada más que el balón y no entienden entonces de espacios ni de movimientos ni de estructuras; esos son los que quieren la cabeza de Stefan Medina, qué risa. Avanzó aquel partido bajo un control sin tacha de Colombia, quizás porque Stefan es ligerito de pies y tiene el pálpito joven para prever demoras en las tareas que debían hacer Mario Yepes y Amaranto Perea, dos veteranazos a quienes el muchacho de 21 años debió arropar muchas veces con una solidaridad sin fatiga mientras atendía también la aparición de dos relámpagos, Suárez y Cavani, que a veces eran tres ráfagas cuando se unía a ellos Cristian González; qué trabajo tuvo aquella tarde Stefan Medina en un debut inolvidable, porque era en el histórico Montevideo ante la legendaria Uruguay.

Que ante tal despliegue físico y frente al reto que suponía no solo taponar su área, sino salir a jugar y, además, remediar las muy constantes señales de lentitud de los zagueros, ustedes, los pretendidos y pretenciosos verdugos, no hayan visto sino dos pifias, no describe lo hecho por el debutante sino que los pinta a ustedes, les desnuda la ignorancia para el análisis futbolístico y les pone al descubierto un alma oscura, que es la que han afilado para el intento vano de sepultar una carrera naciente y brillante. Hipócritas. Lo son —y lo son mucho— porque han tratado de valerse de dos episodios desafortunados, fugaces como un contragolpe, de desacierto en bloque, para tratar de hacer leña con el que creyeron era el más combustible de los caídos, y han vestido el resentimiento con argumentos deportivos deleznables. Porque —reconózcanlo— no han intentado cortarle la cabeza al Stefan Medina que salió aquella tarde en el Centenario a jugar en una posición defensiva, que no es la suya original, pero que le va bien porque es un futbolista versátil que puede estar ahí o en la zaga central o en el medio campo, y en todas las áreas lo hace con más que suficiencia, con brillantez, no es a ese Stefan Medina al que han intentado cortarle la cabeza, sino a todo lo que significa Stefan Medina. A su cara de niño bien, de otro estrato, de otros barrios, que ha tenido resuelto siempre el problema del almuerzo de mañana. A su condición de ser antioqueño y del Nacional, que hace explotar por partida doble o cuádruple tantas inquinas en las barras bravas de las redes sociales, que también las hay, y a sus mechones sin cortes laterales al rape por los que no se parece a ningún parrillero del motoloquismo criollo, y al haber alcanzado éxito y dinero a su edad, porque desde los 17 años viene jugando en selecciones nacionales de Colombia. A ese Stefan Medina y a su extraño nombre, más idóneo para el mundo de las baladas. Es a todo ese Stefan Medina a quien le han apuntado, energúmenos, ustedes, algunos de ustedes, y no a quien pudo haber cometido una pifia en un partido a nombre del fútbol colombiano, cuyo historial de pifias alcanza récords difíciles de igualar. Porque no creo que ninguno de ustedes —y lo digo sin titubeos— le esté cobrando que tenga de manera indebida el nombre del gran Stefan Zweig, aunque admito que de pronto a algunos de ustedes no les guste que Stefan Medina se parezca demasiado a Frodo.

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