Lo que demostró la muerte de Steve Jobs (Steve Blowjobs, me gustaba decirle) es que la gente es idiota.

Probó, claro, que el tipo era excepcional, que literalmente cambió el mundo y que pasarán años para que alguien similar nazca, pero la enseñanza que me deja la partida del inventor del iPod es que los seres humanos no podemos ser más imbéciles. 

El mismo día en que murió, una compañera de oficina de la que estuve enamorado hasta hace meses me dijo que ella y su jefe habían llorado juntos al enterarse de la noticia. Si no me cayera tan bien y respetara lo que alguna vez sentí por ella la habría agarrado a golpes. 

Pero peor Twitter que la vida real, la gente es más ridícula por internet que en su versión análoga. Durante varios días el Trending Topic número uno fue #iSad (sin palabras), aunque no fue lo único. Mónica Fonseca, que según un reciente informe es una de las personas más influyentes del país en la red social, le dijo a Claudia Bahamón (otra delicia) esto que copio textual: “mi Clauuuu hoy he chillado todo el día con lo d Jobs. Al aire lloré, antes, durante y despues del especial. Buaaaaaa”.

Hay que ser tarado. 

Luego escribió, vuelvo a citarla textual: “Lamentando la partida d Steve. Mi corazòn me duele. Genio! Te extrañaremos millones!”.

Estimada Mónica. No solo no es recomendable empezar una frase con un gerundio, sino que es una falta de respeto llamar solo por el nombre de pila a un desconocido que acaba de fallecer. Haz el favor de tener un poco más de respeto y de mostrarnos las tetas.

Hay que ser tarado, decía. En todo el mundo se vieron manzanas de verdad con el nombre de Jobs, así como nerds que mostraban en sus iPads velas virtuales encendidas. Nada más vulgar que despedir al hombre que le dijo al planeta que pensara diferente con demostraciones de cariño tan uniformes, pero en especial tan sobreactuadas. 

A mí no me dolió un pelo que ese señor falleciera. No lo digo con aires de superioridad, sino como una persona del montón que trata de ser lo más sensata posible. Y para seguir con actitudes cuerdas, les retiré el saludo a todos los que lamentaron públicamente su muerte. 

Más dañino que el cáncer que mató a Jobs es la idiotez colectiva. Está bien celebrar la vida y el ingenio de un creador, pero hay límites. Los que veneran a un personaje como Maradona y a la Helenita Vargas de Yo me llamo es la misma gente que duró una semana desencajada por la desaparición del hombre duro de Apple.

Porque eso era Jobs, además de alguien muy inteligente: un empresario. Murió siendo ridículamente rico y poderoso, posicionado en la lista Forbes de los hombres más ricos del mundo. Y aunque soy ateo, concuerdo con la Iglesia en que la riqueza excesiva es un pecado. Así, Jobs, seguro, se está quemando en el infierno. Brindo por eso.

Siempre lo dije: es mejor BlackBerry que iPhone.  

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