No supe leer la ola y demostrarle quién mandaba”, dijo Andrew Cotton después de que una mole de agua de 18 metros se lo tragara. Su voz no venía de ultratumba, como podría suponerse después de verlo salir expulsado de la cresta como un muñeco de trapo. El surfista, uno de los más osados y temerarios del mundo, no logró vencer al monstruo marino, pero claramente le hizo el quite a la muerte.

La impactante escena ocurrió en Nazaré, Portugal, un pueblito de pescadores que ostenta olas hasta de 30 metros en su Praia do Norte. El británico, que rodaba una película sobre su mentor Garrett McNamara, se deslizaba tranquilo en el agua hasta que se dio cuenta de que la ola no haría la forma de tubo. Entonces siguió los consejos que aprendió hace cinco años, cuando dejó su trabajo de plomero y salvavidas: “No gire a la derecha si vienen más olas detrás, esto puede mandarlo contra las rocas del acantilado y dificultará su rescate”. Obviamente Cotton eligió la izquierda y cuando vio que la ola lo alcanzaba, saltó de la tabla para salvar sus rodillas y tobillos. “Fue como lanzarme desde el balcón de un edificio de cuatro pisos y caer de frente. Ha sido el peor impacto que he recibido en mi vida”, dijo. Su amigo Hugo Vau voló al rescate sobre el helado océano en su jet ski y lo encontró con la espalda rota debajo del chaleco que siempre llevan los surfistas de olas gigantes. En la orilla los esperaban los socorristas, quienes lo llevaron al hospital en ambulancia. Enfundado en una especie de corsé de cuerpo entero, el deportista de 36 años describió su sensación como “un mundo de dolor”.

En su carrera, que empezó profesionalmente en 2013, Cotton ha sufrido otras lesiones, pero nunca tan graves. Ya se rompió los ligamentos de la rodilla dos veces y la pelvis otras tantas. Después de 15 semanas sin poder inclinarse, el 24 de febrero narró en sus redes sociales lo increíble que se sentía al moverse nuevamente. Este atleta de alto nivel está en pie y con ganas de volver a su tabla.

Cotty, como lo llaman, se ha hecho un nombre como uno de los mejores surfistas en Praia do Norte y más cerca de su casa, en Mullaghmore Head, Irlanda, población famosa por sus grandes olas. Pero es en Nazaré donde ha hecho historia en un mar Atlántico de 8 ºC, con un viento salvaje y bajo cielos cubiertos de lluvia.

¿El paraíso de los surfistas?, se preguntan muchos. Tom Butler —de Newquay, Inglaterra— también sabe lo que es ser herido en Praia do Norte: en la competencia Nazaré Challenge en diciembre de 2016, sufrió un wipeout que le colapsó los pulmones y lo mandó directo al quirófano, donde también tuvieron que reconstruirle parte del oído derecho.

Estos hombres se diferencian de la mayoría de los surfistas recreativos que rara vez montan olas de más de dos metros. Como el hawaiano Mark Foo, que en 1985 intentó acortar esta brecha y conquistar olas de 15 metros en Waimea Bay, en la isla de Oahu de su país. Vencido, las describió como “el reino sin límites”. Entonces se puso un reto: “Si quieres la máxima emoción, tienes que estar dispuesto a pagar el precio final”. Un día antes de la Navidad de 1994, cayó en una ola de apenas cuatro metros en Mavericks, California, y le salió caro: se ahogó. Su cuerpo, todavía atado a la cola rota de su tabla, fue descubierto dos horas más tarde.

La lista negra de esta suerte de kamikazes acuáticos crece. Malik Joyeux murió a los 25 años en la famosa playa de Pipeline, Hawái, al ser golpeado violentamente contra el fondo de coral. Y Sion Milosky se perdió en las aguas de un punto conocido como Maverick, cerca de Santa Cruz, en la costa californiana. Tres décadas han pasado desde “el reino sin límites” de Foo y la misión de sus seguidores es alcanzar a Garrett

McNamara, el surfista de Massachusetts que en 2011 se deslizó sobre una pared de agua de 30 metros en Nazaré y a quien apenas el pasado 19 de enero le certificaron el Guinness Récords Mundial.

El reducido grupo de los mejores surfistas del mundo ahora mira los mapas del clima y los datos de las boyas de las olas, listos para dejar todo y dirigirse a las playas de Todos Santos, en México; a Teahupoo, en Tahití y, por supuesto, a Praia do Norte. ¿Por qué? Para Cotton es simple: “He dedicado mi vida a surfear grandes olas. Simplemente las amo. Y quiero hacer algo para que mi esposa y mis dos hijos se sientan orgullosos de mí”. El renacido espera volver a surfear en mayo o junio y, esta vez, tener mejor suerte.

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