Solo se me ocurre recordar que Nostradamus, el Nostradamus de voz grave de aquella película que no dejaba dormir en paz a ciertos niños ochenteros, advirtió que un día tendríamos que enfrentarnos cara a cara con tres señales del fin del mundo. La primera: la pirámide del planeta —es decir: esa economía mundial, de cínicos patrones, que resuelve todas las crisis echando a los que ganan el mínimo— se vendría completamente abajo. La segunda: estos aguaceros sin fin convertirían a los centros comerciales en pequeñas arcas de Noé repletas de parejas. Y la tercera: un comediante paisa llamado Suso el paspi (sic), protagonista de un show de televisión tan malo que parece un sueño ajeno, alcanzaría la fama impunemente disfrazado de don Chinche y de Cantinflas y de Heriberto de la Calle, armado con una gracia que algunos seríamos incapaces de descifrar, y a punta de chistes tan complejos que al final el pobre siempre se vería obligado a repetir “el que lo entendió, lo entendió”.

Bienvenidos a la absurda realidad: todos somos, hoy en día, personajes secundarios en un mundo protagonizado por el grotesco Suso el paspi. Y Suso, la parodia de la parodia de la parodia, el disfraz del disfraz del disfraz, que vino al mundo en Telemedellín “porque es que necesitaban el rating”, que nació “en la vereda de Chupamestepenco en el municipio de Tutuscán”, que se define a sí mismo como “una ricurita” y que suele decir “lustro a los hombres y embolo a las mujeres” en sus apariciones en RCN (“el que lo entendió, lo entendió”), sabe que cada show que pasa su fama crece como un bulto. Yo lo vi por primera vez en los días de la campaña política de 2010. Alguien me dijo “¡van a entrevistar a Mockus en un canal paisa!”. Y cuando encendí el televisor, con aquella taquicardia de “¿qué irá a pasar ahora?”, ahí estaba el tal Suso matando de la risa a los siete espectadores que entendían sus supuestos chistes en un auditorio de consejo comunal.

Yo me quedé sin habla apenas lo oí. Pensé: “¿Se supone que esto es chistoso?”, “¿de qué se ríen?”, “¿tengo problemas de comprensión?”, “¿estoy despierto?”, “¿tendría que denunciarlo ante el Boletín del consumidor?”, “¿debería hacer algo mejor con mi vida?”, porque no tenía nadie a la mano para decirle “el mundo está llegando a su fin”. Pero hoy le agradezco a Suso que me haya despertado de una buena vez: porque, mientras le hacía a Mockus una entrevista profundamente incómoda sin preguntas ni respuestas, me probó que el problema no era si el uribismo se quedaba afincado en “la patria” para siempre o si la nación salía del estado de coma al que la había conducido el abuso de la anestesia, sino que su extraño humor sin hache —el umor de él, de Suso, tan reciclado como exitoso— se estaba tomando al país. Porque sí. Porque Colombia es así: porque el país de hoy, empobrecido, no da para don Chinche ni para Cantinflas ni para Heriberto de la Calle, sino para un mediocre imitador.

Bienvenidos al país del paspi: basta sintonizar RCN para comprender que, a pesar de sus chistes borrosos y de su ingenio refundido, el humorista se ha tomado por asalto la televisión nacional. Y que, ya que el mundo paga bien a quien se come su propio cuento, ha tenido el éxito que ha tenido porque está completamente convencido de su propia gracia.

Cada vez más espectadores se mueren de la risa cuando lo ven en la televisión: esa es la verdad. La gente le saca el jugo como se chupa el hueso de una desabrida pata de pollo. Y yo no entiendo nada de nada: yo veo a Suso y siento que el mundo me dejó como lo deja a uno un bus ejecutivo en la hora pico. Yo, que no soy malo ni lento ni me creo de mejor familia, no me río de sus chistes: no puedo, no soy capaz, no me sale ni siquiera una sonrisa.

No supe qué pensar la primera vez que lo vi ni sé qué pensar hoy de Suso el paspi. Nunca antes había tenido enfrente un acto humorístico que me pusiera la mente en blanco, contemplo seriamente la posibilidad de que el problema sea mío, sospecho que el planeta se acerca, chiste fallido de Suso por chiste fallido de Suso, al fin de los tiempos.

Anoche, entregado a la labor de escribir esta pequeña queja, llamé a un par de amigos paisas —gasté minutos, incluso, en llamadas a los que tienen otro servicio de telefonía celular— para que me explicaran qué era lo chistoso de Suso, qué diablos me estaba perdiendo, qué tenía que haber vivido para que su verborrea me hiciera cosquillas. Recibí de los dos la misma respuesta: “Ah, es que es el paspi”. Y ya, punto final.

Era una manera de decirme que cada quién tiene derecho a sus propios placeres culposos. Que el mundo es lo suficientemente ancho y ajeno para que Suso tenga derecho a su público. Que lo mejor que cada cual puede hacer es buscar de qué reírse porque cada cual debe reírse del mundo a su manera. “El que lo entendió, lo entendió”: es eso y nada más que eso.

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