Para: Leonel Álvarez leonel@fedefutbol.com.co

Asunto: No creerse el cuento
Apreciado Leonel:
Como jugador, usted siempre fue de los buenos. Luchó todos los balones y siempre fue una garantía en la zaga colombiana. Y, según mi parecer, en la debacle de USA 94 usted fue el único que mantuvo los pies en la tierra, que jugó como si no se hubiera creído que ya teníamos ganado el mundial. Por eso, y por lo que demostró como técnico del Deportivo Independiente Medellín, considero que merece el puesto que, golpiza mediante, perdió el Bolillo Gómez.
 Le confieso que me habría sentido más tranquilo si hubieran designado a un técnico extranjero, no porque crea que lo de afuera es mejor que lo nuestro, sino porque aquel estaría más a salvo del mal que siempre aqueja al deporte colombiano: el arribismo deportivo.
 Pa’ igualados, nosotros. Falcao apenas llevaba tres (buenos) partidos con el Atlético de Madrid y, cuando su equipo enfrentaba al Barcelona, ya todos los medios colombianos estaban hablando del “duelo Falcao-Messi” y, con la jeta desbordante de orgullo decían que ambos estaban “empatados en la tabla de goleadores”. ¡Apenas empezaba la Liga Española y Falcao ya le estaba disputando el puesto al mejor jugador del mundo! Ahí estamos pintados. Ese es el ejemplo emblemático de cómo nos creemos el cuento. ¿Cuántas veces hemos tenido que escuchar, cuando juega Colombia con Argentina, que los comentaristas se refieren a dicho partido como “el clásico”? Debemos recordar también que cuando Juan Pablo Montoya entró a la Fórmula 1 se convirtió automáticamente en “el rival” de Schumacher. ¿Debo mencionar también la histeria de cuando Santiago Giraldo se enfrentó con Federer y “casi le gana”? 
 Por favor, Leonel, no olvide que ese espíritu buchipluma es el causante de nuestras más estruendosas derrotas. Acá somos expertos en celebrar las victorias por anticipado y coronarnos campeones antes de tiempo. Si nos empieza a ir bien durante las eliminatorias, en sus manos está bajarles los humos a los jugadores, pedirles prudencia a los periodistas y a los hinchas, contrarrestar ese entusiasmo malsano que se parece tanto a la soberbia. Y si, por alguna conjunción astral y buen momento de los muchachos, llegamos a golear a un equipo grande, lleve a los jugadores al camerino y cuénteles de cuando hace dieciocho años le metimos un 5-0 a Argentina y sellamos el más aciago de nuestros destinos. 
Con entusiasmo moderado, Antonio.

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