A primera vista no debería ser difícil tomar partido ante un personaje como Francisco Maturana. Inmutable, arrogante, incapaz de expresar un sentimiento. Se comunica con el mundo exterior a través de un lenguaje críptico, cantinflesco, que algunos atrevidos han elevado a la categoría de filosofía. Si a esto se le agregan sus resultados como director técnico en los últimos tiempos...
Sin embargo, quienes tenemos memoria no podemos menos que agradecerle, y de por vida, que haya sacado al fútbol colombiano de esa pobreza, de ese complejo de inferioridad que lo caracterizó hasta 1985. Por lo que hizo entre 1987 y 1993, Francisco Maturana es el personaje más importante de la historia del fútbol colombiano.
Han pasado diez años. Fracasos aquí y allá. Medio mencione usted, amigo lector, el nombre de Maturana en presencia de un hincha de Millos y prepárese para oír un completo repertorio de insultos, improperios y diatribas. No he hecho el experimento delante de un peruano, un ecuatoriano o un costarricense, pero imagino que debe ser lo mismo: perder es ganar un poco, y vaya si Maturana ha ganado cada vez que lo echan por sus malos resultados y tienen que indemnizarlo.
Han pasado diez años y, ¡oh, paradoja!, con Maturana Colombia ha regresado a ese pasado humillante del cual él nos sacó. Y nos metió en uno peor. Porque una cosa es perder 6-0 ante Brasil en el Maracaná con un equipo de jugadores con casi ninguna experiencia internacional (como sucedió en 1977) y otra muy diferente perder ante este Bolivia de tercer nivel con jugadores que militan o han militado en varias de las mejores ligas de Europa y Suramérica.
¿Cuál es la diferencia entre el Maturana que salió como héroe del estadio Monumental de Núñez el 5 de septiembre de 1993 y este que tiene a Colombia al borde de un fracaso rotundo cuando apenas se han disputado las dos primeras fechas de la eliminatoria al Mundial de Alemania 2006?
Dirán algunos: "Es que ya no están el Pibe, Rincón, Leonel". Puede ser. Pero esa explicación no alcanza, porque ahora están Yepes, Ángel, los dos Córdoba.
¿No será, más bien, que en estos diez años el fútbol ha cambiado demasiado y Maturana no se ha dado cuenta? Algo de cierto hay en esto. Pero la cosa va mucho más allá de una simple desactualización. En gran parte tiene que ver con las nuevas circunstancias del fútbol colombiano.
Cuando Maturana comenzó a trabajar con la Selección Colombia en 1987 tomó como base al Atlético Nacional, del que también era técnico o estaba a punto de serlo. "¡La rosca paisa!", nos desgarrábamos las vestiduras. Pero Maturana hacía lo correcto. Para él era mucho más fácil armar un equipo compacto y compenetrado con unos jugadores con los que convivía casi todos los días que tratar de reunirlos diez días antes de un partido crucial. Hasta podía experimentar no sólo en las prácticas sino en los partidos no tan trascendentales que Nacional disputaba en el campeonato colombiano. Tuvo tiempo de sobra y talento para armar un equipo que jugaba un fútbol que, además de vistoso, resultó efectivo.
Esta vez las cosas son a otro precio. Maturana no tiene un Atlético Nacional que le permita armar un grupo que madure con el paso del tiempo, como sucedió hace 15 años. Para afrontar esta eliminatoria Maturana creó los microciclos que, en teoría, le iban a permitir compenetrarse con un alto número de jugadores. Pero eso de nada sirve si, a la hora de la verdad, se depende de Córdoba, de Ángel, de Yepes, del otro Córdoba, de los que llegan a última hora a la concentración, no conocen bien el estilo de juego de sus otros compañeros y no alcanzan a compenetrarse.
¿Culpa de Maturana? ¿De las circunstancias del fútbol actual? ¿Estamos pagando los bolillescos años que se botaron a la caneca entre los fracasos de USA 94 y Francia 98?
Vaya uno a saber. Pero. qué triste es volver a los tiempos en los que Colombia perdía con cualquiera y de cualquier manera, qué triste volver a ser las cenicientas de Suramérica.

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