En estos días cumplí un año con celular. Gracias a ese pequeño detalle (no haber caído en la trampa de los celulares tamaño panela de Vélez, Santander, a millón y medio de pesos de 1994) tenía fama de que odiaba la tecnología y de que la tecnología me atropellaba. Lo segundo es en parte cierto, porque todos los avances relacionados con los computadores personales se consolidaron cuando yo me había graduado de la universidad, me había casado y tenía hijos. Así que para mí ha sido un lento y a veces penoso proceso de reeducación que me ha obligado más que todo a aferrarme al método científico (prueba y error, porque no entiendo para nada el lenguaje que utilizan quienes redactan los manuales de instrucciones) y un par de consejos prácticos, en particular este de José Clopatofski: "Con los computadores toca igual que con las mujeres. Cada vez que en la pantalla le aparezca una ventanita, haga clic en OK. Siempre OK. Si le dice que no, se le llena de toda clase de prohibiciones y advertencias".

Pero lo anterior no significa que haya estado en contra de la tecnología. Todo lo contrario. Ya en los años 70 andaba obsesionado con los sintetizadores. La primera entrevista que hice en mi vida fue en tercero de bachillerato, a un compañero de mi curso que conocía bastante de estos aparatos. El compositor David Feferbaum, amigo de mi papá, tenía un Moog y para mí su apartamento sobre la carrera 15 era un templo digno de peregrinación y veneración. En aquel tiempo conocí las versiones electrónicas de Walter Carlos (hoy Wendy Carlos) de Bach y Beethoven (El sintetizador bien temperado, la banda sonora de La Naranja Mecánica), me encarreté con el Dark side of the moon de Pink Floyd, los experimentos de Pete Townshend, de The Who, con un sintetizador ARP que utilizó en el álbum Who‘s next y que sirven de cortinilla musical en la serie CSI Miami y New York, además estaban en el llamado rock sinfónico de Emerson, Lake and Palmer, King Crimson, Yes, Genesis... A comienzos de los 80 aparecieron en mi vida Kraftwerk, Gary Numan, Devo y varios pioneros más de la música electrónica, afición que ha perdurado hasta estos tiempos más recientes del abstract hip hop, el tango electrónico, el trip hop, el dub.

Por los lados de los computadores, lo mismo. Siempre me ha llamado la atención la literatura y el cine de ciencia ficción y, aunque estoy lejos de ser un experto o un maniático, el tema me interesa desde el Hal 9000 de 2001: Odisea del espacio hasta la promociones de Dell que llegan por el periódico. En 1980 me obsesionó el computador de la nave de Alien, el octavo pasajero: uno le podía hacer preguntas a un aparato a través de un teclado. En aquel tiempo mi papá tenía una calculadora científica alfa-numérica Hewlett-Packard y yo me la pasaba horas escribiendo minifrases en su pantalla líquida con capacidad para unos 14 caracteres.

Luego llegó la era del PC, los computadores en las salas de redacción, la necesidad de tener uno en casa, y la segunda revolución, para mí, fue en 2000, con la posibilidad de hacer música y videos caseros, así como retocar fotos con Photoshop gracias a los procesadores y discos duros cada vez más potentes y baratos. Jamás sentí que la tecnología fuera un enemigo del arte o de la literatura, y mucho menos que alienara a los seres humanos. Por el contrario, cómo les agradezco a los creadores de programas como Reason, Acid, Vegas, Live.

Ahora, gracias a un GPS, mi vocación de cartógrafo empírico me permite disfrutar los vuelos nocturnos o en cielos nublados porque sé exactamente por dónde vuela el avión.

En este año largo con celular (un Motorola K1 que, para mayor alegría, adquirí gracias a una invitación a Ciudad del Cabo) me ha tocado una era en la que el uso de este aparato es casi más económico que un teléfono fijo. Sin contar con la cámara de fotos y video de dos megapixeles, la tarjeta de memoria, el mp3, el sistema USB que me permite trastear archivos de un lado a otro. Sencillamente, un aparato espectacular, a la altura de una buena navaja suiza.

Lo que me parecía ridículo del celular era gastarse millonadas en llamadas casi todas innecesarias y por eso tan larga espera. Pero jamás porque me negara a la tecnología.

Lo único que sí me molesta de los avances tan acelerados de la tecnología es que los misiles guiados, los cazasbombarderos y los submarinos nucleares sigan en manos de gobernantes, militares e insurgentes con una mentalidad asesina propia de la edad de piedra.

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