Agosto, el mes de los Juegos Olímpicos. Beijing en vivo y en directo 24 horas al día por televisión, por internet. Todos los videos al instante en las páginas web de los medios, en los blogs, en Youtube. Hazañas en vivo y en directo y cien opciones distintas para acceder a la información, a las cifras, a las imágenes.

Ante semejante despliegue de información resulta inevitable no recordar aquellos años en que los Juegos Olímpicos eran una bruma hertziana en la que el transistor Sanyo AM alimentado por tres pilas tamaño C era el único contacto con competencia. Una bruma que a ratos llegaba en blanco y negro, en los resúmenes al final de la noche.

Mi primera imagen de los Juegos Olímpicos, sin embargo, es en una sala de cine. El documental de México 68 que, tengo entendido, es considerado un clásico del género. De esa película recuerdo con claridad solo un momento. Cuando en la pantalla muestran a los atletas que corren los 10.000 metros planos, al fondo aparece, inconfundible con su bigote, Álvaro Mejía. El teatro comienza a aplaudir. Pero no es la algarabía del "e oé oé oé oá" o del "sí sí Colombia, sí sí Caribe". Era más bien como el aplauso que recibe una orquesta sinfónica cuando termina de interpretar una sinfonía. Mejía no ganó, Colombia no obtuvo medallas. El único consuelo disponible era ver a Álvaro Mejía, varias semanas o meses después de haber finalizado los Juegos, durante un par de segundos en la pantalla de un teatro.

Mis recuerdos más felices de Juegos Olímpicos datan de 1972. Vacaciones largas de colegio de calendario B. Tiempos aquellos, en los que se transmitían a cada rato boletines acerca del desarrollo de los partidos del mundial de ajedrez que disputaban en Reijkiavik Boris Spasski y Bobby Fischer.

Cuando terminaban aquellas vacaciones arrancaron los olímpicos de Munich. Y vaya juegos. Los de Mark Spitz, el de la final de básquet que terminó como tres veces hasta que la URSS pudo ganarle a Estados Unidos, el del amor platónico de una semana de duración por la gimnasta soviética Olga Korbut, los juegos de la masacre de los atletas israelíes. Esa noticia me tocó en el radio de una buseta que bajaba por la calle 34, como a la altura del parque de teusaquillo.

Recuerdo mucho a la selección de fútbol de Colombia, que había clasificado a los juegos gracias a un gol del ‘flaco‘ Rodríguez en un dramático empate a un gol con Argentina en El Campín. Pero ya en Munich ese equipo se ganó el apodo de ‘5 y 6‘ (el famoso concurso de apuestas hípicas porque Colombia perdió 5 a 1 con Polonia y 6 a 1 con la antigua RDA). Pobres colombianos... un equipo casi de aficionados enfrentando a la Polonia de Lato, Deyna, Lubanski, la que un año después iba a eliminar del Mundial a Inglaterra en Wembley y se coronaría tercera en el Mundial de Alemania 74. A la RDA, que ganaría el bronce, participaría en Alemania 74 y ganaría el oro olímpico en Montreal 1976...

A esos sí los dejaban ir a los Olímpicos. En cambio, a ‘Cochise‘ Rodríguez, campeón mundial de 4.000 metros persecución individual en los mundiales de ciclismo de Varese, Italia, en 1971, lo vetaron porque Avery Brundage, presidente del Comité Olímpico Internacional, tenía una foto de ‘Cochise‘ en la que aparecía con una camiseta de jeans Caribú. Odiábamos a Brundage y a la doble moral del amateurismo porque nos habían quitado la posibilidad de ganar por primera vez una medalla olímpica.

Así que los colombianos casi nos vamos de espalda cuando, en uno de los tantos boletines de radio, anunciaron que Helmuth Bellingrodt acababa de ganar medalla de plata para Colombia en la modalidad de tiro al jabalí. ¿Helmut qué? ¿A cuál pobrecito animal le dispararon, se preguntaba todo un país que no estaba preparado para recibir semejante noticionón. Y luego, casi al final, llegaron los bronces en boxeo, también en extras de última hora, de Alfonso Pérez y Clemente Rojas. Las primeras medallas olímpicas de la historia de Colombia. Unas medallas que nos llenaron de orgullo y que, como el 4 a 4 frente a la URSS en 1962, tuvimos que administrar durante 12 años de sequía, hasta que Bellingrodt volvió a ganar medalla de plata en Los Ángeles. Eso sí, tras las hazañas de estos tres deportistas costeños no se hizo esperar el comentario callejero: "Ahí estamos pintados los colombianos, que solo ganamos en deportes violentos, a punta de trompadas y de bala".

No eran tiempos mejores. Eran tiempos muy distintos.

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