Además, y siempre lo he dicho, los niños de hoy serán los hijos de puta del mañana, solo es cuestión de darles tiempo.


Estoy cansado de fingir alegría por mis amigos casados que van a tener hijo. Me agota hacerme el sorprendido y felicitarlos cuando con cara de idiotas dicen: “¿Adivinen qué? Vamos a ser papás”.
¿De verdad esperan que uno se alegre? Trescientos niños nacen cada minuto en el mundo, 18.000 cada hora, 157 millones cada año, ¿qué los hace pensar que el de ellos es especial? Somos más de 7000 millones de seres humanos, así que uno más o uno menos no hace la diferencia. Además, y siempre lo he dicho, los niños de hoy serán los hijos de puta del mañana, solo es cuestión de darles tiempo.
Igual, un niño llega al mundo y se arma la fiesta. De todos los rituales que se hacen alrededor de un nacimiento, hay dos que ofenden en exceso. El primero son las fotos. Nada más detestable que un fotoestudio de padre, madre y futuro hijo en todas las poses posibles: mamá cogiendo barriga, papá besando barriga, mamá con barriga pintada, ambos padres cogiendo barriga mientras se miran fijamente como jurándose amor eterno. Qué extraño concepto de belleza la que tiene esa gente.
Luego están las fotos del parto, cuando no hay nada más feo que un recién nacido y una recién parida. No entiendo a esos esposos: un ser vivo acaba de salir de la vagina de sus mujeres tras horas de puja, y a ellos lo que les importa es registrar el momento para compartirlo con el mundo, como si al mundo le importara. Gracias a esa tendencia, los buenos álbumes de Facebook (los de las viejas en paseos a tierra caliente) se han visto relegados por reportajes gráficos desde la sala de partos. Un niño de hoy tiene a los 5 años más fotos que las que tendrá un adulto en toda su vida. 
Luego está la moda de los nombres raros. Ya nadie se llama Luis, Paola, Roberto. Ahora a todos los niños les ponen nombres rebuscados, tipo Eva, Penélope, Maximiliano. Los hijos de Juanes se llaman Luna, Paloma y Dante, mientras que dos de mis amigas tuvieron bebés con poco tiempo de diferencia y a ambos les pusieron Salomón. Pobres culicagados, no saber ni dónde tienen el pipí y ya tener que cargar con nombre de rey bíblico. A los niños de ahora no les queda otra que ser alguien en la vida: descubrir la cura del cáncer, vender más discos que los Beatles. Imagine usted llamarse Genoveva y ser un pobre diablo.
Esta gente no piensa en nada: ni en el futuro de sus hijos ni en nuestros celadores, que se embolatan cuando anuncian a cualquier Marcela por citófono. A mí los porteros de Colombia me han dicho Alfredo, Rodolfo, Alonso, Alfonso, Albeiro, no me quiero imaginar la confusión cuando tengan que anunciar a un Dante.
Sospecho que esas personas que buscan en la Enciclopedia Británica el nombre de su futuro hijo quieren posar de inteligentes, pero al igual que aquel que compra un producto Apple, bautizar a un niño con un nombre raro no los hace superiores. Para que tengan una idea de cómo es el asunto, en el mundo son más los iPhones que se venden por día que los niños que nacen, ninguna de las dos cosas es especial.
De verdad, recapaciten con lo de los nombres, miren que ya tenemos suficiente con las mamás de los futbolistas, empeñadas en bautizar a sus hijos Dorlan y Macnelly.  Al menos a ellos les pagan millonadas por jugar fútbol. Su hijo, en cambio, no pasará de ser un hipster de bigotico que se dedicará a la publicidad.

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