De repente una cinta colombiana está nominada al Premio Óscar a la mejor película en lengua extranjera, como si eso fuese lo más normal del mundo. De repente no, corrijo: gracias a la capacidad y a la visión de Ciro Guerra como autor, El abrazo de la serpiente está entre los cinco largometrajes que aspiran a una estatuilla que ya se han llevado Fellini, Tati, Bergman, Buñuel, Truffaut y Kurosawa, por solo mencionar a seis gigantes. Y nos sigue pareciendo lo más normal del mundo. Pero no, no lo es. Esta distinción está reservada para muy pocos: solo 25 filmes latinoamericanos han sido postulados y apenas dos han ganado, ambos provenientes de Argentina: La historia oficial, de Luis Puenzo, y El secreto de sus ojos, de Juan José Campanella. Así pues, un filme colombiano podría, en la noche del 28 de febrero de 2016, ser el tercero en quedarse con un Óscar en esta región, lo que también habla de la buena salud del cine patrio tras décadas de crónica agonía.

Ciro Guerra solo ha dirigido tres películas, pero todas le han apuntado —a partir de historias locales y folclóricas— a complacer el exclusivo gusto de los curadores y jurados de los festivales de cine del circuito internacional. No encuentro mala intención en ese propósito, Guerra es un hombre ambicioso, que conoce del cine y su historia, que sabe hacer el tipo de cintas de corte artístico que son saludadas con honores al otro lado del Atlántico. Y lo hace. Y lo premian. No es fácil sintonizar con ese gusto ni llenar todos los requisitos para que su filmografía sea invitada permanente a ese tipo de eventos de gran cartel. Eso habla de su paciencia y de su inteligencia, y —obvio— también de su cálculo. Su éxito no es fruto de la casualidad.

El abrazo de la serpiente es una inmersión a una Colombia que poco vemos y que casi nunca visitamos, temerosos a lo desconocido, a años de violencia insurgente, a la exuberancia de una región amazónica que habla con otros códigos, se mueve con otros ritmos, y cuyos habitantes tienen una relación con la naturaleza que es una comunión mística inentendible para nuestra miopía occidental.

Pero si nosotros le hemos dado la espalda a la Amazonía, la verdad es que viajeros extranjeros de todas las épocas se han atrevido a penetrar en ella buscando —fascinados— entender sus secretos, intentando apoderarse de sus tesoros o queriendo convertir a sus pobladores a la religión católica o a la “civilización” del hombre blanco. Habitualmente se han llevado un chasco: el trópico amazónico es riguroso e indómito, y a quien se atreve a irrespetarlo le espera el desquiciamiento, la enfermedad o la muerte. “No me es posible saber en este momento, querido lector, si ya la infinita selva ha iniciado en mí el proceso que ha llevado a tantos otros que hasta aquí se han aventurado, a la locura total e irremediable. Si es ese el caso, solo me queda disculparme y pedir tu comprensión, ya que el despliegue que presencié durante esas encantadas horas fue tal que me parece imposible describirlo en un lenguaje que haga entender a otros su belleza y esplendor; solo sé que, como todos para los que se ha descorrido el tupido velo que los cegaba, cuando regresé a mis sentidos, ya me había convertido en otro hombre”, escribía en 1907 el etnólogo alemán Theodor Koch-Grünberg, un hombre que recorrió el noroeste del Amazonas colombiano, la parte alta del Orinoco y el norte de Brasil con la curiosidad del científico que era, inventariando, recolectando objetos ceremoniales de las comunidades, coleccionando plantas, haciendo descripciones de las etnias, denunciando los atropellos de los que eran víctimas, haciendo registros sonoros y tomando fotografías. La malaria lo mató en Rio Branco, Brasil, en 1924.

Otro explorador legendario fue el botánico norteamericano Richard Evans Schultes, que entre 1941 y 1952 recorrió la inmensa región también para fotografiarla, hacer cartografía de los ríos, buscar nuevas plantas ornamentales y medicinales, verificar las propiedades del caucho y sorprenderse con el yagé. Se acercó mucho a los pobladores para intentar comprender sus tradiciones y su cosmogonía. Escribía en su libro Vine of the Soul (Vid del alma) que: “[El petroglifo] es sagrado para todos los indígenas de una vasta área. Ubicado cerca a la confluencia del río Piraparaná con el Apaporis, se encuentra casi en la línea ecuatorial. Grabado en granito duro…, los indígenas de hoy creen que señala el lugar exacto donde ‘La primera gente’ llegó desde la Vía Láctea en una canoa tirada por una anaconda, un hombre, una mujer y tres plantas: la yuca, la coca y el yagé o caapi”. Sus aportes al conocimiento de nuestra biodiversidad fueron enormes. Murió en Boston a los 86 años.

Con los testimonios de estos hombres que recorrieron la misma región pero separados por décadas, construye Ciro Guerra su película. Imagina viajes fluviales paralelos, realizados por Theo y Evan, acompañado cada uno por el mismo personaje, un chamán llamado Karamakate. Guerra declaraba que “hay una idea dentro de muchos de los textos del mundo indígena que habla de un concepto del tiempo diferente. El tiempo no es como lo entendemos en Occidente, una continuidad lineal, sino una serie de cosas pasando simultáneamente en diferentes universos paralelos. Es esa concepción que algún escritor llamaba ‘el tiempo sin tiempo’ o ‘el espacio sin espacio’ y cómo se conecta con esta idea de los expedicionarios que hablaban de que muchas veces, cuando uno de ellos venía 50 años después de que había pasado otro, la historia de ese otro personaje ya estaba contada en forma de mito. Para muchas comunidades era siempre la misma persona la que volvía, porque subsistía la idea de un solo hombre, de una sola vida o una experiencia vivida a través de muchos hombres”. En la óptica de los indígenas es el mismo espíritu que vuelve sobre sus pasos. Puede que el hombre blanco sea distinto, pero la búsqueda es idéntica, una planta sagrada llamada yakruna. Idéntico es también el choque cultural, las diferencias que separan la visión del mundo que los exploradores tienen, convencidos de la validez de su saber, opuesta a la de Karamakate, que en su estoicismo y en su sospecha de las intenciones de los viajeros, se antoja guardián de unos secretos a los que solo acceden los de su raza.

Narrativamente, El abrazo de la serpiente —rodada en un hermoso blanco y negro— es una road movie episódica, un periplo donde los protagonistas van encontrando a otros personajes y viviendo experiencias reveladoras y didácticas (Guerra no puede evitar la tentación de ilustrarnos a veces de manera subrayada). En esos encuentros a la orilla del río se ve la sombra cinefilia de Francis Ford Coppola y su Apocalypse Now (Apocalipsis ahora). Hay la misma sensación de desmesura, de locura inminente, de estar siendo devorados por una fuerza sobrenatural superior a nuestras mermadas fuerzas. Obvio, también Werner Herzog y su Aguirre, la ira de Dios asoma por aquí, contagiando a este relato de fiebre, de desorientación y malestar, mientras nos advierte que hay abismos a los que mejor conviene no asomarse.

Para ser justos, Ciro Guerra no ha descubierto la selva para nosotros ni para el mundo occidental. Nos ha contado, con excelso despliegue formal, del difícil encuentro entre dos culturas, que coinciden en dos momentos diferentes del siglo XX y en la piel de un par de exploradores blancos que van a ver tambalear el peso de su conocimiento, arrastrado por una materia viva, pulsátil, caliente y tropical que los tomó por sorpresa, como una anaconda dando un abrazo mortal a su presa. Mientras tanto, se escuchan tambores de (Ciro) guerra en la selva.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.