El viejo ciclismo resucitó, cuando pocos lo anunciaban, en la tercera jornada de montaña. Revivió cuando el pelotón de ciclistas quedó huérfano de un equipo que lo condujera por las carreteras que celebraban el día nacional de Francia. Desde la primera de las tres ascensiones, reinaba el desorden y se producían ataques de todos los colores. Aun así, el primer puerto fue de transición: tres expertos en fugas, Gilbert, De Marchi y Chavannel, intentaron la hazaña, pero el día tenía planes distintos y los escasos 100 kilómetros de subidas y bajadas exigían batallas a golpes de freno y pedal. (10 cosas que usted no sabía del Tour de Francia)

La segunda ascensión trajo el ataque de Alberto Contador, pues si nadie comandaba el grupo, nadie podía evitar que los antes condenados purgaran su pena. Luego atacó el mismísimo Sky, enviando a Landa a espaldas de su compatriota y al polaco Kwiatkowski para tender una posible estrategia de puente con Cristopher Froome. Y mientras las miradas de los favoritos del grupo se cruzaban entre sí, buscando la luz del reflector principal que suele iluminar al capitán de la escena, Nairo también partió del grupo, siguiendo el paso de Betancur, su mejor gregario del Tour. Betancur dio un envión que lo dejó al límite y que más tarde lo obligaría a disminuir el paso, pero que suficiente para disparar a Nairo hacia la fuga.

Partían los escaladores buscando el camino hacia Foix y los corazones se aceleraban al ritmo en que los segundos de diferencia aumentaban. Los antagonistas clásicos despertaban de su letargo, tenían ritmo y piernas apenas suficientes para descontar tiempos en la general. Atrás, en cambio, no había rol principal ni comando del grupo. El Astana de Aru se hizo trizas sin necesidad de ataques. Los gregarios imbatibles del Sky se derramaron en la ascensión. El grupo de favoritos se redujo a una veintena y solo Bardet tenía equipo para plantar carrera.

Contador marchaba en la punta con Landa, que estuvo a segundos de ser líder transitorio del Tour y desbancar, de paso, a su propio jefe. Tuvieron siempre dos minutos de diferencia con respecto al grupo y, en medio de ese hueco de tiempo, Nairo marchaba cargando a su espalda a Kwiatkowsky, Villermouz –que esperaba a Bardet– y a un Barguil vestido de pepas y herido por el photo phinish del día domingo. Ninguno lanzó un relevo. El francés tenía suficiente con ir a rueda y buscar la etapa. ¿Qué mejor que subirse al bus de Nairo para atravesar la montaña y llegar a la línea de meta? (Marcel Kittel, el velocista invencible en el Tour de Francia)

Una montaña más y otra exhibición de Nairo: el gregario que va por caramañolas, el líder que traza la estrategia con su técnico por el intercomunicador, el hombre de resistencia que tira del grupo y el capitán de filas que ataca hasta alcanzar la punta, donde marchaba Alberto Contador. Nairo no tiene el mejor equipo, pero es un equipo en sí mismo. Llevó a sus acompañantes de fuga hasta la punta de carrera y luego hasta la raya final para entrar segundo porque, ahí sí, aceleró Barguil para ganar la etapa.

Una etapa así no deja tiempo ni de ir al baño. Hay que estar pegado al televisor todo el tiempo. Asaltar las reservas de pan tajado y maníes empacados. Mirar el reloj, contar los tiempos y hacer las cuentas.

Los líderes se atacaban en la última ascensión con enviones tímidos, de dos pesos, que no hicieron diferencias. Se sacaron chispas en la bajada, tratando de abrir hueco, como si el Tour –este Tour– estuviera para definirse con segundos de ventaja. Nada más mentiroso cuando hay una contrarreloj en la penúltima etapa y las curvas de un descenso alcanzan –cuando la fuga corona– a meter un máximo de treinta segundos.

Los corredores de grandes vueltas lo saben y por eso Nairo y Contador atacaron de largo, a la antigua, porque los héroes suben las montañas solos. En su mejor día, son corredores que pueden sacar hasta cuatro minutos. Pero hoy se conformaron con casi dos, que son suficientes para tener a Nairo de vuelta.

Al fin y al cabo, a ninguno de los favoritos le simpatiza la idea de llegar a la semana de las montañas más duras con Nairo a dos minutos de distancia. No es su mejor año ni está en su mejor forma, pero ya está dicho que, en los deportes, no se deben desmeritar las capacidades de los grandes.

Rigo, por su parte, intentó abrir hueco en el descenso –como todos– y hasta tuvo en la mano un puñado de segundos a su favor. Intentaba llegar a los 35 para vestirse de amarillo, pero la lógica se impuso y llegó agrupado con todos los favoritos.

De este modo el Tour se prepara para las famosas etapas de media montaña que se correrán sábado y domingo, y en las que puede pasar todo o nada, pues, aunque suene a cliché, fue una etapa de media montaña la que sentenció la Vuelta a España 2016. (Fabio Aru reinventa el Tour de Francia)

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