Charlie Sheen fue una estrella de cine a finales de los ochenta: Platoon (1986), Wall Street (1987) y Major League (1989), tres de las producciones memorables que protagonizó en aquella década, siguen valiendo la pena veintitantos años después. Quién iba a creerlo. A comienzos de este siglo, tras una larga temporada en los tabloides por cuenta de sus mil y un excesos, Sheen logró transformarse, contra todos los pronósticos, en una estrella de la televisión: su divertido papel en Two and a Half Men (2003 a 2011), una versión aumentada y corregida de sí mismo, lo convirtió en uno de los actores mejor pagados de Hollywood. Todo cambió a comienzos de este año cuando sus vicios le pasaron cuenta de cobro. Y de un día a otro, tras ocho exitosas temporadas, Sheen colapsó: se convirtió en un chiste de la industria. Y, después de una serie de apariciones escandalosas en los programas amarillistas del entretenimiento, en las que se declaró un “ganador asqueado de todos”, fue despedido brutalmente de aquella comedia irreverente que lo puso de vuelta en el mapa: la historia de dos hermanos opuestos que educan a un niño bajo la mirada de una niñera hastiada. Fue echado. Y el creador del programa, el mismo Chuck Lorre que inventó The Big Bang Theory, de inmediato lo reemplazó por Ashton Kutcher. Los primeros dos capítulos de la nueva Two and a Half Men, liderados por el tieso Kutcher, son una venganza escalofriante que revela la ira de Lorre. Véanlos ustedes mismos. Ningún personaje secundario extraña al vividor encarnado por Sheen. Todos se burlan de él. Todos lo desprecian. Y uno tiene la sensación de que la serie ha debido irse con su protagonista.

TV ABIERTA: DEFENSOR DEL ESPECTADOR

Cubrimiento de las elecciones

Seguir por televisión los resultados de las votaciones ha sido, desde hace tiempo, una tradición familiar. Miren los pasabocas en las mesas. Sientan la adrenalina de los padres. Pero después de tantos domingos iguales va siendo hora de que el cubrimiento de las elecciones se convierta en un programa menos torpe. Están los presentadores de cada canal: ninguno lo hace mal. ¿Pero para qué tantos analistas?, ¿no es tan inútil como traerse a dos extécnicos para comentar un partido de fútbol?, ¿no forman estos una especie de “telepolémica”? ¿Y, sobre todo, qué pasa con los periodistas “en el lugar de los hechos”? ¿Por qué esa sensación de que transmiten a escondidas desde oficinas de tinterillos en el centro de Bogotá? ¿Por qué hablan asustados, mirando a lado y lado con los ojos desorbitados, como la protagonista de La bruja de Blair? ¿Quiénes son? ¿A dónde van a parar cuando termina la transmisión de las elecciones? 

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