Sé que el cuerpo de la mujer es muchísimo más complejo que el del hombre. No es lo mismo un fuerte dolor abdominal en un hombre, que generalmente termina siendo una apendicitis o alguna clase de indigestión, que en una mujer, porque en ese caso la lista de causas probables es mucho más larga: desde un embarazo —con sus complicaciones respectivas— hasta el listado de enfermedades del sistema reproductor femenino, que son más de 20.

Sé que la mayoría de mujeres en Colombia no conoce su vagina. Esto es algo preocupante, sobre todo si se tiene en cuenta que, como el cerebro o los pulmones, es una parte que compromete transversalmente la salud de la mujer. Es pan de cada día encontrar mujeres que ni siquiera saben cuáles son los labios mayores y cuáles los menores, o que nunca se han palpado al interior de la vagina.

Sé que la vagina es un músculo voluntario, o sea, que puede moverse al antojo de cada mujer, solo que para llegar a controlarlo se requiere de concentración y entrenamiento. Es extremadamente extensible y resistente, y a la vez delicado y sensible. Eso le permite encogerse y albergar penes pequeños o, por el contrario, estirarse para recibir penes grandes y, por supuesto, no destruirse al tener bebés, que presentan cabezas de 10 centímetros de diámetro en promedio.

Sé que el ciclo menstrual no es otra cosa que la fluctuación de hormonas, como la progesterona y los estrógenos, que producen cambios mes a mes en el cuerpo de la mujer. Como, al final del día, todo lo que produce el cuerpo se traduce en conexiones cerebrales, es normal que todos esos cambios físicos traigan como consecuencia que las mujeres sean más emocionales y sensibles que los hombres.

Sé que al fondo de la vagina está el cuello uterino. Y sé que pocos hombres saben cómo es un cuello uterino, pues no creo que hayan tocado uno. Para que se hagan una idea, pueden tocarse la punta de la nariz: así se siente palpar un cuello uterino.

Sé que una de cada 5000 niñas nace sin vagina por un accidente genético llamado síndrome de Rokitansky. Para tratar este tipo de condiciones a tiempo, es importante que la primera visita de cualquier mujer al ginecólogo se haga a los pocos meses de nacida.

Sé que no hay pruebas científicas para afirmar que el cerebro de las mujeres es diferente al de los hombres, pero sí las hay de que las hormonas pueden modificar el cerebro. Por ejemplo, existe un trastorno hormonal llamado hiperplasia suprarrenal congénita virilizante, que, para que se entienda, consiste en una carga fuerte de hormonas masculinas y ocasiona que, entre otras cosas, se virilice el cerebro y haga que funcione cotidianamente como el de un hombre.

Sé que el punto G tiene más de mito que de prueba científica. Lo que sí está comprobadísimo es que el clítoris es la parte más sensible del aparato reproductor femenino. Es tan sensible que a muchas mujeres no les resulta placentera su estimulación directa. Por eso, si cree que simplemente tocando el clítoris va a ser un buen polvo, tenga por seguro que lleva todas las de perder.

Sé que la eyaculación femenina es un mito, al menos eso creo. No conozco un órgano como tal en el aparato reproductor femenino que pueda expulsar líquidos a presión.

Sé que para una mujer un polvo no es algo tan sencillo como para un hombre: tarda mucho más en la fase de la estimulación y, cuando está en el pico del orgasmo, puede permanecer ahí, en una especie de estado que conocemos como “meseta”. En ese punto, además, se producen varios picos y se dan orgasmos simultáneos. Pero esto es algo muy difícil, y se imaginará que son muchas las mujeres que nunca han experimentado un orgasmo.

Sé que en el aparato reproductor femenino todo está muy cerca, y durante el orgasmo los músculos se relajan. Por eso, cuando hay una relación sexual, puede que la uretra, que es muy corta, sea presionada por el pene y la mujer se orine un poco.

Sé que, aunque suene un poco salvaje, una mujer embarazada es un ser en permanente estado de alerta, con todos los sentidos agudizados. Por eso, puede irritarse muy fácilmente con cualquier cosa, sobre todo con su pareja. Si ese es su caso, usted como hombre solo debe pensar en tres cosas: ser muy comprensivo, tener mucha pero mucha paciencia y saber que esta es una etapa transitoria, de solo nueve meses.

Sé que las mujeres son más resistentes que los hombres. Y no lo digo de una manera metafórica. Si un hombre tuviera que enfrentarse a una citología —y ni hablar de un embarazo o un parto—, no resistiría ni la mitad. Y las mujeres tienen que hacerlo una y otra vez. Créanme que he visto a algunos hombres llorar con solo aplicarles una inyección.

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