Ahora resulta que las casas disqueras están al borde del colapso. Es una tristeza. Y muy grande. Es como perder uno a uno a viejos amigos de la infancia. Cierran oficinas aquí y allá. Que las cifras ya no dan. Que nadie volvió a comprar discos. Que el MP3. Que la piratería. Que las carpetas de canciones en los discos duros de los computadores. Que la moda de quemar CD. Razones más que válidas. Pero también parece ser el resultado de varios años de absoluto desinterés por crear un nuevo público adepto al que, para mí, siempre ha sido un oscuro objeto del deseo: el disco original.
Pensarían ellos, digamos, hace 10 ó 15 años: "¿Para qué botarle corriente a las nuevas generaciones si un puñado de artistas adultos -Julio Iglesias, Diomedes, Clayderman- se encargan de enderezar las cifras de ventas de cada año?". Un ejemplo muy diciente. ¿A quién le importó tomar nota de que los grupos que más vendieron durante el boom del ‘rock en español‘ de 1988-89 fueron los que sonaron en estaciones de radio de música tropical y de balada? A los adolescentes de entonces les bastaba oír sus canciones en la radio y más bien se gastaban la plata del LP en un bar. ¿Y.? Todavía no había competencia, y peor aún, interés por crear nuevos mercados.
Entonces, cuando-ya-para-qué, comenzaron a aparecer colecciones 2X1, campañas contra la piratería, precios diferenciales. pero la gente ya se había acostumbrado a comprar CD piratas en las esquinas. Además, ¿a quién se le hubiera ocurrido pensar hace 10 años en un computador personal de $800.000 de hoy con procesador 20 G y disco duro de 80 G donde cabe casi que tranquilamente la discoteca de Roberto Rodríguez Silva, la de Bernardo Hoyos, la de Fernando Gómez Agudelo?
Se perdió, y hace mucho tiempo, esa magia que convertía a decenas de oyentes imberbes de Radio 15 o la Radiodifusora Nacional o la HJCK en coleccionistas compulsivos de jazz, de música clásica, de rock.
¿A quién diablos le importa hoy en día si un disco es inglés, alemán u holandés? Si acaso nos importa a los que nos emocionábamos cuando vemos brillar en las portadas de los discos el logo de la Deutsche Grammophon, de His Master Voice, los Angel-EMI. ("Ve, no sabía que Karajan había grabado con EMI"), porque si por algo uno vivía era por tratar de conseguir el Foxtrot de Genesis inglés o francés o italiano porque el gringo no se abría (The Famous Charisma Label), "¿y sí le salieron los dos afiches en el Dark side of the moon que le trajeron sus papás?" (Harvesty-Emi, Hayes Middlesex England), "lástima que ‘Thick as a brick‘ ya no lo editan con el periódico completo." (Chrysalis). los amigos en el colegio llevaban y mostraban su última joya -eso eran los discos entonces: joyas- , los prestaban de un día para otro y uno los grababa con todo el cuidado y trataba de dibujarle al cassette (en esa época era cassette, no casete, como ahora) una portada igual o mejor a la del álbum original.
El asunto no era tener música. Era mucho más que eso. Se trataba de coleccionar unos objetos de culto en los que, a partir del Sgt. Pepper‘s de los Beatles, ilustradores, fotógrafos y diseñadores se mataban para ver cuál se fajaba la mejor portada. qué tal esos diseños de Hipgnosis, y los LPs y Maxi Singles de Joy Division, y ni hablar del For your pleasure, de Roxy Music o las ilustraciones de Roger Dean de los álbumes de Yes y Uriah Heep. y claro, un LP prensado en Alemania u Holanda sonaba mejor que el gringo y así ad infinitum.
Cómo han cambiado los tiempos. Ahora estamos en el territorio del CD quemado, de los infinitos archivos impersonales grabados en un disco duro, en CD donde caben cientos de canciones (no tengo el dato si son miles ni pienso averiguarlo). ¿dónde anota uno siquiera el nombre de la canción, mucho menos el año, el nombre del productor, los integrantes de la banda, el del estudio, el de los ingenieros de sonido, el sello? ¿Cuál sello si a todos ellos se los fueron engullendo uno a uno las tres o cuatro multinacionales que dominan todo este asunto tan impersonal, tan carente de magia?
Tal vez debe ser por eso que las casas disqueras todavía se esmeran tanto en reeditar sus viejos catálogos, en remezclar y remasterizar álbumes grabados hace 20 ó 30 años -o 50 y 60, dirán los que ahora atesoran en CD a Toscanini, a Furtwängler, a Duke Ellington- porque ellas saben que esos esfuerzos aún los apreciamos y agradecemos quienes crecimos rodeados de discos, de amigos que coleccionaban discos, de tíos que coleccionaban discos.
El problema es que cada vez somos menos, muchos menos y los discos cada vez más caros. Mucho más caros.

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