Hace aproximadamente siete años y medio el ciclo piloso de mi cabeza no tuvo límite ni conoció tijera bárbara que le privara permanecer colgado hasta un poco más abajo de la mitad de la espalda. La pasión por la música (especialmente el rock) sembró casi 47 centímetros de pelo.

Sin embargo recibí un llamado inusual; luego de haber pasado mucho tiempo distanciado de peluquerías, SoHo me propuso cortarme el pelo, venderlo y saber cuánto me podían dar por él, oferta difícil pero tentadora que terminé aceptando. Tras recorrer varios lugares encontré uno en especial: Barí, ubicado a pocos metros de la plaza de Lourdes, en Bogotá, un local reconocido como una institución en cuanto a la compra, venta y elaboración de pelucas, extensiones, bisoñés, bigotes y barbas.

En Barí, 10:20 de la mañana, sin más protocolos que una presentación ante su propietario, Santiago Restrepo —un calvo bonachón—, y su séquito, fui conducido hacia un pequeño salón que encerraba una silla, un espejo en la pared y una repisa pequeña debajo de este; allí Noemí —de ojos grandes y voz metódica—, quien se encarga de las ventas, me explicó que tienen en cuenta requisitos primordiales al momento de comprar pelo como la longitud y la calidad (mientras más largo, abundante y mejor cuidado es más generosa la paga: se ofrecen entre 40.000 y 80.000 pesos; en otros lugares desde 2000 o 10.000 hasta un millón de pesos, todo depende del sitio), el brillo natural también cuenta, y en algunas ocasiones se hacen excepciones con melenas tinturadas siempre y cuando su cuidado haya sido casi cabal, las puntas quemadas pueden ser sinónimo de un "no". La revisión es un ejercicio necesario porque si se hallan piojos o liendres, dos motivos que llevan a la gente a peluquearse —además de las razones económicas—, el precio disminuye o incluso puede ser rechazado. .

Me senté en la silla frente al espejo para ser espulgado por Noemí, quien movía mi pelo de un lado para otro con sus manos, escarbando detalladamente mi cuero cabelludo. Para mi fortuna, y la de ellos, estaba exento de parásito alguno. Después del registro de la sesera se establece un precio y es uno mismo quien decide aceptarlo; Noemí me dio una cifra (70.000 pesos), y luego de vacilar por unos segundos acepté.

La mujer que corta el pelo no estaba, motivo por el cual llamaron al peluquero de un salón de belleza vecino que algunas veces se emplea como ‘mercenario capilar‘ en Barí. En muchos sitios donde cortan y venden pelo, por lo general exigen que su extensión sea de 40 o 45 centímetros en adelante, aunque otros hacen excepciones desde los 30, y hay quienes exigen únicamente que estén lisos; en Barí lo acogen gustosamente a partir de la segunda cifra, además de recibir crespos y lacios por igual. Es por eso que usualmente el vendedor se somete a un corte casi radical, pues la idea es aprovechar todo lo que se pueda, por lo menos en el caso de los hombres. De hecho, debido a su relativo descuido, el pelo de estos últimos es más apetecido que el de las mujeres ya que, al no recurrir a tratamientos especializados u otras medidas estéticas, no se maltrata y su virginidad es más palpable. No obstante los colores rubios, naturales o no, son los más apetecidos por las mujeres en este país, según me ha dicho Noemí. A las 10:35 de la mañana, Hernando, el peluquero, acaba de llegar, lleva 10 años en el oficio, no habla mucho; no hizo interrogante alguno y, sin más, inició su trabajo.

Sentado frente al espejo, sin poder ver la porción anterior de mi mollera, con el zumbido de la máquina como ‘banda sonora‘, y soportando cierta risilla timorata del verdugo que operaba la Wahl (no importa que no sea siempre esa la marca de la máquina, por lo general se le llama así) con maestría —al parecer la gran mayoría de fígaros se deleita mondando cuanta guedeja tenga al frente, tal vez la sensación de podar y poder sea incomparable—, yo trataba de dibujar o adivinar el estilo final más digno posible luego de haber sido una suerte de Absalón, personaje bíblico que murió cuando su cabellera se enredó en un árbol mientras huía de sus enemigos (o de parecer ‘seudofaraón‘ de inversiones financieras milagrosas). Casi desde la raíz el pelo era cortado; antes de que la máquina arara parte de mi coronilla y algo más pedí no ser rapado, tampoco buscaba llegar a ese extremo. En menos de 20 minutos, los 47 centímetros (siete años y medio) de pelo se encontraban lejos de su lugar de origen, preparados para emprender un nuevo rumbo.

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En el segundo piso del local se encuentra la sala de operaciones, el taller que convierte greñas y mechones en las envidiables pelucas y extensiones. Lucía, quien lleva 19 años en el negocio, y su hija Carolina, con cuatro de experiencia, son las ‘hadas‘ que se encargan de hacer posible este proceso, se valen de máquinas similares a las de coser pero que tienen un tejido exclusivo, pues según Santiago fue su padre, don Guillermo, o ‘Jefe‘ como lo llaman, quien inventó este sistema. Y es que esta familia ha estado en el negocio desde hace aproximadamente 45 años. Tal vez pocos como don Guillermo y su esposa, doña Bernarda, se han arriesgado a intentar esta singular empresa. Él conseguía grandes cantidades de mechones de pelo, comprados o regalados, y ella los tejía para elaborar pelucas que luego vendían. Esta pareja de patriarcas logró consolidar, poco a poco, un hito en la industria estética de la capital.

Carolina "pasa" pacientemente las matas de pelo cercenadas mediante una tabla con delgados clavos incrustados a la inversa, es decir con la punta en alto, a manera de "azote"; parece que castigara a la tabla con fuertes golpes de pelo, sin embargo es el mejor método para depurarlo de los residuos que no sirven; alrededor de media hora dura este acto. Con lo que sobra se fabricarán bigotes y pelucas pequeñas. A continuación el material útil pasa a Lucía, que lo ordena y lo teje con las máquinas prodigiosas —que lo son también gracias a sus manos— alrededor de un gorro, que es la base para cualquier peluca, pues es el instrumento que facilita que esta case en la testa del usuario.

Luego de haber cosido mi pelo —mechón tras mechón—, y antes de unirlo definitivamente al gorro, se extendió a manera de tira o encaje y se midió su longitud total, el resultado fue 2,56 metros, algo que me sorprendió. Sin embargo, para completar una sola peluca se necesitan por lo menos tres melenas de la misma medida que sumadas pueden llegar a medir entre siete u ocho metros, de ahí que las compren desde 40 o 45 centímetros en adelante. El fruto del zurcido se puede lavar con champú o incluso con detergente, también peinar y hasta tinturar.

En el taller los paquetes repletos de pelucas, extensiones, bisoñés y barbas pululan por doquier, pero no todo es natural, también trabajan con pelo sintético que está hecho de monofilamento, un delgado hilo que por su firmeza y elasticidad es empleado en diversas confecciones industriales, y aunque si bien sus características distan de la naturaleza del filamento que cubre nuestra cabeza y cuerpo, se pueden hacer ‘falsos‘ postizos merecedores de permanecer en cualquier humanidad posible.

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Recuerdo que alguna vez oí un rumor acerca de una mujer que fue abordada por dos hombres cuando salía de la iglesia de un pueblo de Colombia, fue amenazada con arma blanca mientras le cortaban el rodete que tenía y luego se dieron a la huida en una moto; motivo que me llevó a andar por algún tiempo con algo de precaución para evitar ser víctima de algún naciente ‘cartel de la mecha‘. Pero esta historia no ha sido la única, el hurto de pelo se ha convertido en un crimen clandestino en aumento, sobre todo en países asiáticos como Birmania, India y China —estos dos últimos están entre los principales exportadores de pelo en el mundo—. En Latinoamérica, casos similares provienen de República Dominicana y Brasil.

Estados Unidos es uno de los mayores compradores, toma todo lo procesado y sin procesar, en este último caso casi siempre los piojos son un plus en esta práctica mercantil hasta cuando se utilizan mecanismos de lavado, decoloración y tintura para la venta formal que maneja precios que pueden llegar a ser muy altos. En Colombia, una peluca o unas extensiones pueden costar desde 400.000 hasta algo más de un millón de pesos.

El movimiento es cuantioso en enero, con los grados estudiantiles y algunas fiestas residuales del diciembre anterior, y naturalmente en octubre: los disfraces y la parafernalia habituales.

Los maniquíes con las pelucas o con las extensiones terminadas aguardan en los estantes del primer piso. Se podría decir que la clientela se divide en dos grupos: a las extensiones acude un público regido un poco más por razones estéticas y, por qué no, vanidosas; la gran mayoría son jovencitas, modelos, reinas de belleza (y de lo que sea), prostitutas y homosexuales que debido a su trabajo y estilo de vida no pueden dedicar tiempo suficiente al cuidado pertinente que debería tener su cabellera original. A las pelucas apelan personas que por una u otra razón quieren, más que la exaltación de lo bello, tal vez una cercanía con su dignidad; muchas mujeres (y también hombres, claro está) son quienes hacen uso de este adminículo, si se le puede llamar así, ante males como la alopecia y el cáncer. Personas que, en lugar de abandonar una parte colgante de ellas, van a recoger esos fragmentos para reconstruir un capítulo de su historia que se niegan a abandonar y que jalan para que un tratamiento voraz o una ausencia patológica no las priven de un derecho de legítima ufanía.

Por un momento recordé al maestro Jotamario Arbeláez en su gesta por conseguir de nuevo pobladores en su otrora noble calva (y a quien en algún momento pensé ceder, gustoso, mi pelambrera si su tentativa no hubiera funcionado); pero había algo más. Noemí, Santiago y los demás empleados han sido testigos de cualquier cantidad de historias alrededor de su profesión. Como, por ejemplo, la de un joven padre de familia que no tenía nada para ofrecerles de Navidad a su hijo y a su mujer y decidió motilarse para conseguir plata; o la de una señora que al no tener para la matrícula ni para los útiles escolares de sus niños tuvo que cambiar su apariencia a la fuerza; o la de otra madre que materialmente no tenía para comprar pañales ni comida para su bebé y para ella.

Salí de Barí al mediodía y el sol me recordó la existencia de mi nuca; sin pretenderlo advertí la presencia de una larga fila de almas que buscan y que aguardan una nueva oportunidad; fui tan solo un punto en el engranaje, un testigo más del origen y final de mi pelo para dar comienzo a otra historia que se empieza a tejer.

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