Cuando era niña ya sentía que ser mujer no era tan halagador. No era cómodo, sencillamente. Ser hombre me parecía liberador, refrescante, fácil, y por demás envidiable esa seguridad de ser bienvenido por el solo hecho de nacer. Cuando me casé con Carlos Vives no pude sino corroborar que en mi próxima vida, si es que la había, yo quería ser él, quintaesencia de guapura, gracia, talento, carisma y éxito. Eran tan pocas las herramientas que entonces tenía para sentirme igualmente privilegiada por la naturaleza que me quedó grande mi compañero. Me caí con el mayor estrépito, pero con la íntima determinación de encontrar en mí misma aquello que hace realmente fascinante y portentoso ser mujer. Es increíble cómo la desventajosa comparación de aquellas épocas se me quedó prendida como una lapa en mi autoestima de una forma tan inconsciente. No fue sencillo ir apropiándome del apasionante misterio que envuelve “el hecho femenino”, asumiendo también el erotismo como su epíteto incontestable, su marca de fuego y foco de innegable poder. Qué bueno ha sido empezar a disfrutar el efecto explosivo de la feminidad asumida con delicia y simpatía, sin consignas ni pancartas, porque ser mujer hoy en día puede convertirse en algo muy aparatoso si no se tiene aunque sea un segundo de esta epifanía. Si no fuera por esto, seguiría prefiriendo ser feo que fea, viejo que vieja y gordo que gorda. Además, el terreno ganado me ha enseñado que ser hombre no es tan simple como yo pensaba, pues este requiere de un alto nivel de inteligencia emocional para no dejarse enredar sin desentenderse del juego planteado por una mujer de grandes ligas. A mí, francamente, me daría pavor ser hombre en estos tiempos en que cada vez se hace sentir más nuestro infinito potencial como individuos. Yo sería de esos que se intimidarían ante la mujer demasiado deseada. Fuera de eso, qué susto la famosa disociación de voluntades entre el órgano sexual masculino y su dueño… ¡me ocurriría lo peor! Tendría que recorrer el mismo camino a la inversa, en este caso, para descubrir el poder de mi masculinidad aplicándola sin contemplaciones, no vaya a ser que no sobreviva a la avalancha de mujeres en esta aplastante reivindicación.

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