La verdad, aunque duela
Por Adolfo Zableh


Yo creo que el que habla con la verdad no tiene pierde. La gente podrá tomarlo mal a uno, decir que es un antipático, pero es que si se empieza a decir mentiras la bola de nieve se vuelve tan grande que termina por aplastarnos.

Ahora existe el día de los amigos y uno puede salir fresco porque tiene la excusa perfecta, pero antes, cuando quería escaparme, decía la verdad. Tenía amigos que se inventaban partidos de fútbol, comidas familiares, viajes de trabajo y hasta entierros para poder escapársele a la novia.

Yo prefería que se me armara problema porque aunque discutir con la pareja nunca será rico, sabe a qué atenerse.   No digo que nunca haya dicho mentiras, ¿quién no le ha echado la culpa a un trancón por llegar tarde a una cita, o dicho que tuvo “una calamidad doméstica”? Entre otras cuando uno dice que tuvo una calamidad doméstica, nadie  pregunta  nada más.

La gente suele imaginarse lo peor cuando puede ser en realidad una bobada. Yo una vez llegué media hora tarde a una reunión porque no encontraba la chaqueta que me quería poner y dije que me había demorado porque había tenido una calamidad doméstica. ¿Acaso no lo es? Y aplico la misma a la hora de levantar. ¿Para qué va uno a decirle mentiras a una vieja para conquistarla? No quiera Dios que la vaina funcione y Copn el tiempo vaya uno a quedar en evidencia. Otra vez, tengo amigos que se inventan que tienen fincas, membresías de club, que acaban de llegar de viaje por Europa, cuanta pendejada para que la mujer se interesa en ellas.

Yo, en cambio, prefiero que me quieran por lo poco que soy. De entrada advierto que no tengo plata, tomo poco, no me mata la rumba, bailo terrible, no me gustan las suegras y los domingos se los dedico al fútbol.   Varias (la mayoría) se han ido a los cinco minutos. No las culpo. Siempre va a haber una mujer que le diga a uno en la cara verdades peores.

Una vez conocí en un bar a una que me confesó que nunca le había sido fiel a una pareja: salimos casi un año y la pasamos buenísimo porque nunca le pregunté nada. Ella tampoco lo hacía. Ojalá las relaciones fueran así.


El dulce encanto de la mentira
Por Andrés Rios


En esta ocasión mi misión no es fácil. Defender la mentira es casi un acto delictivo pero tengo mis razones para decir que la mentira a la hora de disfrutar del Día de los Amigos o de la conquista, tiene su grado de benevolencia y, por qué no, de complacencia.

Ante todo les pido excusas por caer en la incoherencia de mi discurso y quiero, en un texto sobre la mentira, apelar a la mayor sinceridad por parte de ustedes a la hora de responder esta pregunta: ¿Quién no ha mentido (poco, mucho, más o menos) en el momento de impresionar a los amigos o a una vieja?

El que diga que nunca lo ha hecho ¡Miente vilmente! En serio, a uno siempre se le escapa la piadosa mentira con el simple hecho de decir: “Todo va muy bien, el trabajo es super, mis papás felices y yo, solo pero feliz, lleno de viejas, pensándote mucho, te llamé la semana pasada pero se fue a buzón, o, como estás de linda, o, hermano usted no ha cambiado nada” Mentira, tras mentira.

Se miente como base del discurso social. Se miente porque está en nuestro ADN aparentar. Ser por un instante lo que soñamos ser. Y no los estoy juzgando, yo soy un mentiroso de quilates.

Parte de mi estrategia social se fundamenta en la del “culebrero paisa” que tiene que enredar con la lengua, entretener y venderse a toda costa. No se hace maldad, es el simple juego del regateo.

Lo que si no comparto es la mentira compulsiva. Me ha tocado lidiar con personajes que miente por mentir, es decir, mienten como si fueran una ametralladora M60 en manos de un epiléptico. 

En mi familia a ese tipo de personajes los bautizamos “Mentira Fresca”, nunca salen con un engaño trasnochado. Por ejemplo, son de esos humanos que se meten en cualquier conversación, uno está hablando del deporte de la Pelota Vasca y ellos entran: “¿Pelota Vasca? Una berraquera, yo he jugado mucho de eso y fui campeón del barrio”. De ese calibre… Pero esos son escasos.

Las grandes masas somos nosotros, los que mentimos por un acto de beneficiencia propia, por seducir, por caer bien o porque nos brota de los poros. De verdad, se los juro, los mentirosos sociales somos buenas personas ¿O no me creen?

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