La Corona inglesa está más popular que nunca. Tras el éxito de The Crown, El discurso del rey y La reina joven, se estrena una película más: Victoria y Abdul.

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En la cultura popular la figura de la reina Victoria ha pasado de ser la abuela seria siempre vestida de negro a una figura más humana, torturada por las obligaciones de su cargo y terriblemente sola. La mejor de las películas dedicadas a ella tiene como estrella a Judi Dench, interpretando a una mujer que se acerca a un sirviente considerado vulgar por sus cortesanos, pero que logra entenderla. A pesar de sus profundas diferencias culturales, son espíritus afines con una relación inquebrantable. Es, claro, Su majestad, Sra. Brown. La obra de 1997, dirigida por John Madden, narró la relación real entre Victoria y su sirviente escocés John Brown. El complejo papel le dio una nueva dimensión a la fama de Dench, le valió una nominación al Óscar y la convirtió en ícono del cine. Veinte años después, Dench regresa al personaje en Victoria y Abdul, de Stephen Frears. Ahora, como entonces, ella es la mejor parte de la película. Es fácil trazar paralelos entre los largometrajes. Ambos narran historias reales, exploran la intolerancia en la sociedad y la corte inglesa, y ambos tratan de humanizar a una mujer aislada por su propia importancia. Pero a la vez son obras muy distintas. La seriedad de Sra. Brown se convierte en la ligera Victoria y Abdul, una historia amena pero superficial.

Abdul Karim es un secretario musulmán que viaja de la India a la corte británica para llevarle un regalo a la reina. Es 1887 y se celebra el jubileo de oro para conmemorar los 50 años de mandato de Victoria. Karim es elegido porque es alto, no se espera que haga más que entregarle el obsequio. Pero la reina lo nota y lo convierte en sirviente privilegiado. Lo apoda “munshi”, profesor, le pide que le enseñe la lengua urdu y que le describa el enorme país que ella rige sin conocerlo. La estrecha relación, como es de esperarse, alarma a la corte. A pesar de que el papel de Karim es tomado de la historia, Frears no desaprovecha las implicaciones contemporáneas que puede tener una amistad tan entrañable entre una líder blanca y occidental con un musulmán.

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Pero la metáfora se queda corta. Es más, representar a Victoria como una mujer progresiva sin prejuicios raciales es una propuesta absurda que ignora la naturaleza del Raj británico y la historia colonialista del país en general. El filme narra una historia divertida, pero poco apegada a la realidad histórica.

La de Frears es una película agradable, alegre, está suntuosamente ambientada y la corona la actuación magistral de Judi Dench. Pero no logra ser más.

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