Soy un ferviente admirador de Mario Vargas Llosa desde los 14 años, cuando leí su novela Conversación en La Catedral, con aquel comienzo soberbio: “Desde la puerta de La Crónica Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú?”. Una larga historia de amor —de ¡44 años!— que resistió su derechización, su aspiración presidencial, sus novelas flojas, sus incursiones en el erotismo, pero no su frivolización. No he podido tragarme el sapo de ver al intelectual riguroso y respetable como protagonista de la revista ¡Hola! No. Al autor de un ensayo demoledor contra “la civilización del espectáculo” convertido, como bien lo dice Jaime Baily, en “el rey de la civilización del espectáculo”. Ha sido demasiado para mí oírlo decir: “Hay millones de seres que quieren ese material que los haga soñar, que antes ofrecían la novela y la poesía y que ahora ofrece ¡Hola! con enorme talento”. La civilización del espectáculo no castiga con rejo ni con palo, sino con Isabel Preysler.

La prosa de Vargas Llosa al servicio de Porcelanosa. Efectivamente, Isabel Preysler, como imagen publicitaria de esa empresa de baños y cocinas, le pidió que escribiera un texto para la inauguración de la sucursal de Porcelanosa en Nueva York. Y Vargas Llosa, dócil y obediente, no solo lo escribió sino que lo leyó ante 700 distinguidas personas en un evento fastuoso. ¿Aparecerá este discurso en sus obras completas de La Pléiade? Espero que no. Por lo pronto no quiero leerlo porque ojos que no leen, corazón que no sufre. Y el asunto no para ahí. El príncipe Carlos, para darle las gracias a Porcelanosa por una donación que le hizo a su fundación, organizó un almuerzo en el castillo de Windsor, al cual asistió Vargas Llosa, no como el premio nobel de literatura que es, sino como ‘damo’ de compañía de la relacionista pública de Porcelanosa. “Eso no es tan grave”, me digo a mí mismo tratando de justificarlo. Pero, dicho esto, se me aparece la imagen de Vargas Llosa firmando su última novela, Cinco esquinas, en la biblioteca de Miguel Boyer, el exesposo de Isabel Preysler. ¿Qué pasó con esas bibliotecas espléndidas en las que aparecía antes retratado? ¿Ahora su casa por cárcel es la biblioteca de Miguel Boyer? No es fácil ver a tu ídolo intelectual perder la identidad.

Vargas Llosa gira ahora como un satélite alrededor de la hispano-filipina, astro de la socialité española. Tiene que ir al cumpleaños de un millonario portugués en un crucero por el Tajo y dejarse vestir para las fotos de la ocasión que saldrán en la revista ¡Hola! ¿Y qué importa?, dirá alguien, se trata de su vida privada. Pero es que con Isabel Preysler ni los propios cumpleaños son vida privada. Los 80 años del nobel peruano se celebraron con un banquete al que asistieron 400 personas, entre ellas, políticos emblemáticos de la derecha española y latinoamericana. Cuatrocientas personas es mucha gente para un cumpleaños, por eso creo que Vargas Llosa no alcanzó a revisar la lista completa. Si lo hubiera hecho, no habría aceptado que se filtrara Álvaro Uribe Vélez. Es que, a pesar de ser cercano a la derecha, Vargas Llosa es un defensor de los derechos humanos. Para la muestra: ha sido muy crítico con los gobiernos de derecha en Israel y sus atropellos a los palestinos. Ha escrito artículos contundentes y valientes sobre ese tema. Cómo iba a permitir, entonces, que en una fecha tan especial estuviera el expresidente en cuyo gobierno ocurrieron ejecuciones extrajudiciales (hay pruebas y sentencias). Eso que le pase a Florentino Pérez, quien ha sentado a Uribe Vélez en el palco de honor del Bernabéu.

Creo en el amor sincero de Vargas Llosa, creo en sus palabras cuando dice: “Si salir en las revistas del corazón es el precio que tengo que pagar por estar con la mujer de la que estoy enamorado, lo pago”. Él ha pagado un precio muy alto por ese amor, esperemos que Isabel haya cobrado por las fotos de esa relación un precio equivalente. Pero no quiero victimizarlo a él y condenar a la Preysler. Sería injusto. Se le ve encantado en las reuniones con la alta sociedad y la nobleza europea y, como dicen los españoles, lo está pasando bomba. Más bien no quisiera uno que despertara de esa ficción como despertó Ricardo Somocurcio, el protagonista de su novela Travesuras de una niña mala: “La vieja historia iba a repetirse. Conversaríamos, yo volvería a rendirme a ese poder que ella había tenido siempre sobre mí, viviríamos un falso idilio, yo me haría toda clase de ilusiones y, en el momento menos pensado, se desaparecería y yo quedaría maltrecho y alelado, lamiendo mis heridas”. Ricardo Somocurcio, chantajeado por las delicias del sexo oral, se enamoró como un becerro de “la niña mala”, una mujer pragmática y arribista, dispuesta a dejarlo por cualquier hombre poderoso. No creo que eso le ocurra a Vargas Llosa, que escribió esa historia y lo sabe. Y que también debió leer la novela La mujer y el pelele, o al menos su adaptación cinematográfica, hecha por Luis Buñuel, con el acertado título Ese oscuro objeto del deseo. Mi temor es otro, que se despierte, no del amor —en el amor finalmente todos somos ridículos—, sino de la inconciencia de haber traicionado sus más profundas convicciones.

¿Exagero? ¿Me tomo demasiado en serio un episodio que no opacará su obra y los biógrafos futuros tal vez verán con benevolencia? ¿Acaso Flaubert, su maestro y modelo del escritor entregado a su oficio, no iba a los salones de la princesa Matilde? Sí, pero nunca abandonó su refugio de Croisset. No lo sé. Soy apenas un admirador decepcionado. Es que si al menos no hubiera escrito en La civilización del espectáculo cosas como esta: “Cuidar de las arrugas, la calvicie, las canas, el tamaño de la nariz y el brillo de la dentadura, así como del atuendo, vale tanto, y a veces más, que explicar lo que el político se propone hacer o deshacer a la hora de gobernar. La entrada de la modelo y cantante Carla Bruni al Palacio del Elíseo como Madame Sarkozy, y el fuego de artificio mediático que trajo consigo y que aún no cesa de coletear, muestra cómo ni siquiera Francia, el país que se preciaba de mantener viva la vieja tradición de la política como quehacer intelectual, de cotejo de doctrinas e ideas, ha podido resistir y ha sucumbido también a la frivolidad universalmente imperante”. Ver la frivolidad de Carla Bruni y no ver la de Isabel Preysler es como no ver la viga en el ojo propio.

Ay, todavía no sabemos cuándo se jodió el Perú, pero sí sabemos cuándo se jodió Vargas Llosa.

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