En 2004 tuve la osadía de prologar un magnífico libro titulado El vino. Conózcalo y disfrútelo, que ganó el premio al mejor libro de educación vinícola en Latinoamérica, otorgado por Gourmand, la prestigiosa asociación mundial. Su autor, mi muy querido amigo y distinguido enólogo Fernando España. En mi escrito advierto que poco sé sobre la materia, a diferencia del autor, quien ha fracasado rotundamente en sus intentos de trasmitirme siquiera parte de su sapiencia que lo elevó a las categorías de Grand E‘chauson de l‘Ordre Mondiale de los Gourmets Dégustateurs, Bailli Honoraire de la Chaîne de Rôtisseurs de Bogotá, miembro del Seven Friends Club y de la Fraternidad de Caballeros de la Buena Mesa.

Después de repetir esa enumeración, me comienzan los remordimientos por haber aceptado escribir este artículo, pero me tranquilizo dedicándolo como homenaje a mi padre, cuyo centenario estamos conmemorando este año y que consumió los mejores vinos para inspirarse, con sus amigos amantes de la poesía y recitar hasta altas horas de la madrugada poemas románticos y eróticos en idiomas varios.

Cuando la humanidad comienza a medio preocuparse por los más débiles y abandonados, parece oportuno encarar el problema del vino rosado, comenzando por el nombre y del cual España no dice ni mu. En efecto, el vino tinto y el blanco tienen nombres definidos, descriptivos y casi que podría hablarse del macho y de la hembra, en el mismo orden; por cierto que las descripciones que hacen los enólogos tienen algo de freudiano, como en el caso de un "añejo borgoña".

El rosado no es ni chicha ni limonada, como diría cualquier bogotano viejo: ¿es un rojo desteñido? ¿Es un blanco impuro? El rosado no es un color primario y se usa, además de para fabricar la ropa de bebés mujeres, para otras descripciones peyorativas: "La señora de la casa estaba vestida de rosado Soacha". Por cierto que el segundo número de la elegante revista Bar-man simplemente desconoce la existencia del rosado; no así la primera que explica cómo se fabrica, siendo el momento de señalar que es el único vino que no tiene copa.

Dice nuestra fuente: "El vino rosado se obtiene a partir de las variedades de uva de piel oscura o tinto", lo cual es apenas obvio y que define la primera incógnita: es un tinto desteñido. Y continúa: "La diferencia entre un vino tinto y uno rosado radica en el tiempo que dura la maduración de las pieles de la uva con el mosto o jugo de la uva"; para un tinto se requiere un mes; para un rosado, dos días, y ahí comienza la segunda o tercera discriminación: el rosado es un tinto hecho a la carrera y resulta de una mezcla de procesos del tinto con uno del blanco que se emplea después de los dos días.

Repasando el triste caso de las copas, Fernando España enumera cinco variedades: para tinto, blanco, espumoso, jerez y dulce para postre; y el rosado, ¿qué? ¿Se usa la de tinto que es el que le da el color o la de blanco, que le da la técnica de elaboración? No lo sabemos, pero sin duda se da un síndrome de hijo abandonado. Pero además los tintos son borgoña, burdeos, y las cepas numerosas: (Cabernet - Sauvignon, Merlot, Syrah, Tempranillo, etc…; los blancos también tienen familias: Chardonnay, Muscadet, Pinot Blanc, Riesling y otras varias. El rosado es … bueno, ¡es rosado!

Nunca ha habido una cata de rosado, que yo sepa, nadie describe su color, ni su sabor, ni su aroma; no hay reserva, ni gran reserva, ni denominación de origen ni se dice a qué platos acompaña; el tinto, con las carnes; el blanco, con el pescado y las aves, ¿y el rosado? Tal vez con un ponqué dulzón que garantiza grave acidez después de un bautizo, cuando no hay champaña, que es otro vino blanco.

¡Qué pesar! ¡Qué frustración! Parecería que no pude reivindicar el "rosé" salvo en cuanto al galicismo. Sin embargo, y en este punto y hora, recuerdo a mi padre en el mes del centenario de su nacimiento y su eterno discurso sobre la justicia social (presente en la familia en los últimos 180 años) y me asalta una duda: ¿será que el vino rosado no se puede juzgar con criterio de enólogo sino con el de sociólogo? ¿Será acaso que hay una conspiración oligárquica de los vinos llamados "nobles", contra una clase media representada por nuestro protagonista que se libró del vino Sansón y otros menjurjes semejantes y entró al área de los vinos y de la champaña rosados?

Bueno es recordar que desde cuando María Antonieta perdió la cabeza por decir en Versalles que si el pueblo no tenía pan, bien podía comer tortas, o Jehová castigó a los hijos de Noé por burlarse de su padre que yacía borracho por cuenta de un vinito casero, es útil hablar de la justicia social y del reconocimiento de la capilaridad entre las clases que se encuentra en la base del progreso de los pueblos.

Vistas así las cosas, el vino rosado se enfrenta a sus parientes ricos y sofisticados, sin un frondoso árbol genealógico, pero sin la bajar la cabeza, con la seguridad de que hace parte de una sana evolución en busca de la igualdad, y de que encabeza una revolución vinícola que podrían apadrinar Marx y Lenin, en una forma pacífica, muy distinta de la que acabó con la reina de Francia y con los descendientes del dueño del Arca, que fueron a parar al África y a otros lugares inhóspitos.

El rosado no se cata, no se huelen ni el licor ni el corcho (lo cual tampoco es válido respecto del blanco y el tinto), no requiere copa especial y no corre el riesgo de que algún fanfarrón quiera pasar por sabio rechazando la botella (con inesperadas consecuencias como le ocurrió a algún amigo que no pudo explicar bien en un fino restaurante neoyorquino por qué el vino tinto no estaba bueno).

Que viva, entonces, el cambio social y, con él, nuestro vino rosado que subsistirá junto con la movilidad social, que es eterna.

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