La imagen remite a un día de enero de 2011, en Zúrich, Suiza, bajo una nevada espectacular. En el Kongress Hall, Lionel Messi, Andrés Iniesta y Xavi Hernández reciben el Balón de Oro, el de Plata y el de Bronce, tal vez las tres distinciones individuales más importantes en el mundo del fútbol. ¿Qué tienen en común los ganadores: un niño nacido en Rosario, Argentina; otro de Fuentealbilla, una localidad de Albacete perdida en el mapa de España, y el hijo de un exfutbolista de ligas secundarias que en los años setenta viajó desde Almería a Terrassa, en Cataluña, y formó familia? Poco más que una manera de entender el juego y el talento suficiente para interpretarlo; una filosofía que los unió alrededor de una casa campestre y un señor llamado Oriol Tort.

Aquella tarde, Messi, Iniesta y Xavi, vestidos elegantemente, subieron al estrado como jugadores del F.C. Barcelona. Es un caso único: nunca antes —y nunca hasta ahora— tres miembros de un mismo club habían monopolizado esos galardones, que hoy otorga la Fifa y que patrocina la revista France Football. Los tres fueron formados en las aulas de una vieja edificación del siglo XVIII, en lo que entonces era una finca de cultivo a las afueras de Barcelona y que hoy es un recinto adjunto al Camp Nou, el estadio del Barça. En ese mismo lugar, fumaba en su despacho, sentado ante la máquina de escribir, Oriol Tort, el ideólogo de una manera de educar para entender una manera de jugar; el tipo con más olfato que un perro podenco que descubrió a Xavi, a Iniesta y a cientos. “A la Pulga no, a Leo lo señalaron los dioses”, decía Tort, quien, después de un breve paso como jugador amateur del Barça y un retiro prematuro, trabajó con las divisiones menores del equipo prácticamente hasta que murió, en 1999.

Una masía ha sido siempre una casa de campesinos. A partir de ahí, tiene su lógica que la cantera del equipo azulgrana, conocida como “el planter” (el sembrado), tenga como ícono la vieja masía de Can Planes; una casona que data de 1702 y que el F.C. Barcelona adquirió dentro de los terrenos donde queda el Camp Nou. Durante la construcción del estadio, la casa de dos pisos y altillo fue utilizada como taller de maquetas y en 1957, cuando fue inaugurado, se convirtió en la sede social del club, donde se instalaron las oficinas. Esa masía pasó a convertirse en el corazón del fútbol formativo del club 22 años después, en 1979, con la llegada a la presidencia del equipo de Josep Lluís Núñez, quien ocupó el cargo por más de 20 años y ahora duerme en prisión por estafa a la hacienda pública.

Formación para genios

“Y… ¿quién sabe?”, responde Leo Messi cuando se le pregunta dónde estaría si de niño no hubiera llegado al Barcelona. “Me cuidaron bien, aprendí mucho, en cada práctica, en cada charla. ¡No nací enseñado!”, dice, con esa timidez que poco a poco va desapareciendo, pero que siempre vuelve cuando se recuerda de niño, sentado en un rincón del vestuario, tan retraído que solo se relacionaba con los demás cuando tenía el balón en los pies. “Quería ser futbolista y en Barcelona me enseñaron a serlo… a ser futbolista y algo más”, reconoce. Leo nunca durmió en la vieja casona, pero comía y pasaba muchas horas allí con sus compañeros. Y se siente, eso sí, un producto de ese centro formativo: “Sí, a mí me hicieron en La Masía”.

El fútbol del Barcelona tiene como símbolo esa masía porque en ella se instrumentalizó la enseñanza, porque allí se aprendió una manera de jugar. “Sin esa casa de pagés (campesinos) y sin Oriol Tort, que la impulsó, la llenó de personas que dieron cariño y método a los niños, difícilmente entenderíamos el club como lo vemos hoy”, sostiene Josep Guardiola, la mejor síntesis del barcelonismo hecho en casa pero convertido en global. “Somos lo que somos porque nos enseñaron a ser así y porque hubo alguien, Cruyff, que marcó el camino y decidió que esos niños jugáramos en el primer equipo y de una determinada manera, dando una oportunidad al talento que se educaba en esa escuela”, dice el hasta hace poco entrenador del Bayern Múnich, sentado en su luminoso despacho de la ciudad deportiva del más ganador de los clubes alemanes, la famosa Sabener Strasse.

Cruyff admitió en su momento que en el baúl de las divisiones menores del Barça debía buscarse a los jugadores antes que en ningún otro sitio. “Si ves que no tienes allí lo que necesitas, buscas fuera. Pero si hay algo que te pueda servir, lo coges porque siempre vas a tardar menos en enseñarle que al que viene de fuera”, reconoció el holandés, jugador del Barcelona entre 1973 y 1978 y entrenador entre 1988 y 1996. Fue él quien les dio sello de garantía a la idea y al concepto del fútbol formativo barcelonista; fue quien exigió que los equipos de todas las categorías trabajaran de la misma manera, bajo un mismo patrón, y quien logró imponer su criterio, meramente deportivo, a los intereses y amiguismos con los que hasta su llegada peleaban hombres como Tort o Laureano Ruiz, precursor de la docencia técnica en menores.

Tort fue un señor capaz de encontrar talento en un niño que solo sabía tocar la pelota y no podía ofrecer nada más que eso, como Guardiola. Al tiempo, supo apostar por alguien que lo único que no sabía hacer era tocar la pelota pero tenía todo lo demás, como Carles Puyol. Contaba el exfutbolista del Barcelona Lluís Pujol, ‘Pujolet’, que una tarde acompañó a Tort a ver a un niño. “Yo solo veía a un crío con piernas como alambres, seco, todo hueso, sin tiro ni regate ni coraje ni llegada ni nada”, contaba el difunto Pujolet, célebre por marcarle tres goles en la final de la Copa de Ferias al Zaragoza en 1966.

—Profesor, yo no le veo nada al niño. Solo tiene cabeza —le insistía a Tort.

—Pues eso, Lluís, nunca he visto un niño que se adelante a la jugada como él, que tenga mejor vista periférica, que adivine el pase como él… es fantástico —contestó el profesor. Ese niño era Guardiola.

“Hoy Tort sería millonario”, reconoce Josep María Orobitg, que fue jugador de fútbol y desde hace más de 25 años es el representante de Guardiola, entre otros muchos deportistas. “Nadie tenía su olfato para intuir el talento”.

Guardiola fue, precisamente, el primero en llegar a ser jugador y entrenador del primer equipo del Barça tras haber pasado por las divisiones inferiores. Y también fue el “noi de Santpedor”, como le dicen a Pep (en español, el muchacho nacido en Santpedor), quien puso la primera piedra de la Ciutat Esportiva, donde ahora sueñan niños que, como él, esperan jugar algún día en el Barcelona. “Si hubiera nacido en otro sitio, si no hubiera existido Oriol Tort, si no hubiera existido La Masía, ahora mismo no sé… sería profesor de escuela o hubiera estudiado una carrera de qué sé yo… pero desde luego, ni hubiera sido futbolista, ni sería entrenador. Hombre, socio del Barça seguramente sí sería. ¿Y habría jugado en el Santpedor? Pues también. Pero al Barça, a La Masía y a la gente que me cuidó allí les debo tanto que no lo puedo explicar”, insiste Guardiola, mientras prepara, en una sinrazón absoluta, un partido de Champions contra el Barcelona. Y concluye: “Ahora lo pienso, miro a mi hijo y la verdad es que para mis padres debió ser mucho más duro que para mí. Los veía los fines de semana y los echaba de menos, pero jugaba al fútbol, estaba en el Barça y tenía amigos. Pero mi pobre madre, sin su hijo, lo debía pasar fatal. Me imagino no ver a mis tres hijos y debe ser duro”.

Esta casa campestre del siglo XVIII es el símbolo de la escuela de formación del Barcelona. Hasta 2011, allí durmieron los jugadores de la cantera del club.

Lágrimas y risas

“Lloraba un montón, claro que su madre lloraba”, cuenta Dani. Bueno, le dicen Dani, pero en verdad el padre de Andrés Iniesta se llama José Antonio. “Me parecía mucho a un jugador del Athletic, Dani, por eso me llaman así”, explica ahora, en la tienda de las Bodegas Iniesta, el vino de la familia, que ha abierto en el corazón del distrito barcelonés de Les Corts. Recuerda que su hijo, el futbolista que llevó a España a ganar un Mundial, le dijo a los 11 años, camino de Albacete, en un coche destartalado: “Papá, me voy a Barcelona”. A Andrés también lo había ido a buscar Oriol Tort. Y el Real Madrid. Pero eligió irse a La Masía porque aquella casa le pareció “más confortable que donde debía vivir en Madrid”.

Ahí vivió y ahí creció. “Y ahí me cuidaron, me educaron, me enseñaron a ser persona y futbolista. Y fue duro, claro que fue duro, pero yo tenía un sueño, y allí me ayudaron a conseguirlo”. Con él estaba el arquero Víctor Valdés, campeón de seis ligas y tres Champions con el Barça, ahora en el Standard Lieja de Bélgica. Él hizo las veces de hermano mayor. Un día lo encontró llorando, destrozado, y lo arropó. Valdés había pasado por la misma sensación de soledad, sabía que el contrapeso de la ilusión podía ser insoportable. Ahí nació una amistad de por vida. No es el único caso. Hay muchas historias como la suya. “Muchas”, repite Carles Folguera, director del internado deportivo del Barcelona.

El día que se casó, Iniesta invitó a un amigo de su colegio del municipio de Fuentealbilla, donde estudió hasta los 11 años; al cocinero que le dio de comer en La Masía, y a la recepcionista, que lo consoló tantas tardes de añoranza a las puertas del edificio. Todos los jugadores que han pasado por allí ceden el 1 % de sus sueldos, desde la firma de su primer contrato profesional, para financiar los gastos de La Masía.

“Un poco va en el carácter y también, en lo cerca que tengas a tus padres”, dice Albert Celades, actual entrenador de la selección sub-21 de España. Él también vivió en aquella casa, pero tenía a su familia en Andorra, el pequeño país de los Pirineos que está apenas a tres horas en carro de Barcelona. Nada que ver con las ocho horas que debían recorrer los Iniesta. “Mis padres bajaban cada semana, así que no se hacía excesivamente duro”, recuerda Celades. Cuatro años pasó en La Masía, hasta que llegó al Barça B, cambió su contrato y se mudó a un apartamento compartido. “No es fácil, pero sabes que estás luchando por un sueño y eso, quieras o no, te motiva. Había gente que no lo soportaba, recuerdo gente que pidió marcharse a media temporada porque era demasiado duro. Y además, la mayoría no llega al primer equipo”. La suya fue una generación, en cualquier caso, extraordinaria: Quique Álvarez, De la Peña, Jordi Cruyff… probablemente la mejor hasta la del 84, la de Cesc Fàbregas, Piqué… y Leo Messi.

Descubrir el talento, cuidarlo y darle forma. Ese fue el secreto con el que Tort puso los cimientos de la escuela. No es casual que Vicente del Bosque, siendo seleccionador español, durante la Gala del Balón de Oro de 2011 dedicara el premio que recogió como mejor entrenador del año al que era responsable de la escuela formativa del Barcelona: “Por lo mucho que le debe el fútbol español”, explicó en ese momento.

“Era un buen hombre y muy sabio”, recuerda Del Bosque camino de la Eurocopa de Francia. “Coincidía muchas veces con él en la época en la que yo era el director de la Escuela del Madrid. Nunca me negó nada, ni un consejo, ni el nombre de un crío que nos pudiera interesar, nada… Y adivinaba el talento donde otros no lo veíamos”.

“Oriol Tort fue un adelantado”, dice Folguera, el director del centro formativo del Barcelona, quien además fue el mejor portero del mundo de hockey sobre patines durante no pocas temporadas. Dicho centro fue rebautizado hace cuatro años con el nombre de Oriol Tort. Folguera es heredero del emblema “esport i ciutadania” (traducido del catalán, “deporte y ciudadanía”), que impulsó Josep Sunyol, presidente del Barcelona fusilado por las tropas del dictador Francisco Franco. Por eso, prioriza la educación en tiempos difíciles. “Lo nuestro no es una fábrica de churros”, dice.

“No tenemos la fórmula de la Coca-Cola. Solo somos una escuela”, decía Tort, que cada mañana, cuando llegaba al despacho y veía su silla vacía, repetía con una sonrisa y un cigarrillo colgando de los labios: “Sigo teniendo trabajo”. “A veces sacamos un buen futbolista. Pero siempre que me encuentro a uno por la calle, reconozco a una buena persona”, se le escuchó decir muchas veces a quien da nombre a la nueva Masía, estrenada el 20 de octubre de 2011.

La nueva Masía

Es un edificio moderno, construido sobre 6000 metros cuadrados, distribuidos entre cinco plantas, tres de ellas ocupadas para la acogida de deportistas; las otras dos han sido dejadas desiertas, a la espera de necesidades futuras. El Barcelona invirtió en la nueva Masía una cifra cercana a los 11 millones de euros (unos 37.500 millones de pesos), precio semejante al de la ficha de Xavi o de Iniesta. La capacidad actual es para 83 deportistas, pero hoy solo la ocupan 76. Los más jóvenes duermen agrupados de cuatro en cuatro y los mayores, a partir de 16 años, de dos en dos. También hay habitaciones para lesionados y para jugadores de baloncesto —el Barça también tiene equipo de básquet—, donde todo, empezando por la cama, está adaptado a la singularidad de la altura. En la planta baja están la cocina, el comedor, una sala de conferencias y las aulas de estudio. También una zona de ocio, donde se han instalado pantallas con videojuegos y televisores para que los internos sigan los partidos o vean películas —siempre juntos—. Por último, hay una zona al aire libre con barbacoa, que durante la temporada del técnico argentino ‘Tata’ Martino se usó para hacer asados con el primer equipo.

“No conozco ningún futbolista que haya pasado por allí que hable mal de aquella experiencia, que diga que los días allá no le sirvieron para nada”, sostiene Mikel Arteta, capitán del Arsenal inglés. Nacido en San Sebastián, a los 12 años llegó a Barcelona, y en las literas de La Masía, compartió dormitorio con Andrés Iniesta, hasta que a los 16 años se fue al Paris Saint Germain y empezó una larga y dilatada carrera como centrocampista. “La escuela forma personas antes que futbolistas”, comenta el jugador. “Tú ves a un futbolista que ha pasado por allí y da igual si se fue hace diez años, lo reconoces en los detalles”.

El 35 % de los niños que han pasado por el centro de formación del Barcelona ha llegado a tercera división; el 27 % ha jugado en segunda, y apenas un 9 % ha saltado a la liga española, pero no con el Barcelona. Solo el 10 % ha disputado al menos un minuto en el primer equipo del Barça. De esos 79 futbolistas, 16 han ganado al menos una Copa de Europa o una Champions, 9 participaron con España en la consecución del Mundial de Sudáfrica y al menos 12 ganaron una de las dos Eurocopas que la selección logró levantar en los torneos de 2008 (disputado en Suiza y Austria) y 2012 (Polonia y Ucrania). Por algo será que Eric Cantona, el exfutbolista francés que marcó una época en el Manchester United, incendió la opinión pública española al decir: “El Mundial de Sudáfrica no lo ganó España, lo ganó Cataluña… Sin el Barcelona no lo hubieran conseguido”.

“En La Masía formamos personas antes que futbolistas, apostamos por la educación integral, el aula es tan importante como la cancha”, recuerda Folguera, y enumera los valores de los que tanto ha hecho gala el Barcelona de un tiempo para atrás: “Respeto, esfuerzo, ambición, trabajo en equipo, humildad... y luego están el talento, la personalidad…”. De las inferiores del Barça han desaparecido muchos críos con un nivel excelente, pero que se saltaban con pértiga alguna de estas características. El director de la escuela no da nombres ni datos —ni falta que hace—, pero hubo quien no se adaptó a las normas. El caso extremo es el de un juvenil al que pillaron con una prostituta, en la zona de la vieja residencia, junto a la valla. Fue expulsado. Llegó a Primera División.

Seguramente existan en el mundo centros de formación mejores que los del Barcelona, reconoció la Uefa antes de que la Fifa sancionara al club por irregularidades en la contratación de niños; un lastre que afecta al equipo por la sentencia que le condenó a no realizar nuevas contrataciones en ninguna categoría oficial —de infantiles al equipo profesional— hasta 2017.

Estos son los carnés que recibieron en La Masía dos de las principales figuras del club: Andrés Iniesta Luján y Lionel Andrés Messi.

Sueño cumplido

El 25 de noviembre de 2014, en el estadio Ciutat de Valencia, donde juega el Levante, el F.C. Barcelona vio cumplido un viejo sueño de cuantos han crecido o trabajado en La Masía: ver a once jugadores formados en la casa defendiendo la camiseta blaugrana. Sucedió, además, bajo la dirección técnica del fallecido Tito Vilanova, quien creció en la casa de campo anexa al Camp Nou, junto a Guardiola, íntimo amigo hasta su desgraciada muerte. Vilanova juntó aquel día en la titular a diez canteranos (Valdés, Piqué, Puyol, Alba, Busquets, Fàbregas, Iniesta, Xavi, Messi y Pedro), en un equipo que completaba el brasileño Alves. Pero este último sufrió una lesión muscular y el entrenador dio entrada a Martín Montoya, también formado en La Masía. Fue la sublimación forzada de un concepto que hace diferente a una entidad muy peculiar.

Ese día todo cobró sentido. Lo mismo que aquella tarde nevada de 2011 en Zúrich, cuando Messi, Iniesta y Xavi, todos hijos de La Masía, fueron reconocidos como los mejores del mundo, gracias a esa filosofía de juego y de vida que les dejó Oriol Tort y que ellos supieron interpretar con maestría.

Solo una vez en la historia, en 2011, tres jugadores de un mismo club recibieron los Balones de Oro, Plata y Bronce de la Fifa. Ellos fueron Lionel Messi (centro), Andrés Iniesta (izquierda) y Xavi Hernández.

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