Noche de fiesta en el Castillo de Marroquín. El principal gancho: el Dj alemán Sven Väth. Mientras llega la hora esperada por el grueso del público en escena aparecen Pepe Mogt (de Bostisch), Roberto Mendoza (de Panóptica) y Pedro Gabriel Beas (de Hiperboreal). Ellos vienen de Tijuana (Baja California, México) y son miembros de Nortec —abreviación de norteño y techno—, un colectivo musical que mezcla sonidos de cumbia y tex-mex (acordeones, timbales, guitarras rancheras, trompetas, saxos, tubas) y ritmos y sonidos electrónicos con algo de samba y jazz.

El momento es emocionante. Uno de los diez grupos y movimientos que a finales del año pasado el New York Times declaró como principales exponentes de la música del futuro está ahí, a tres metros de distancia. Pero nada es perfecto: un parche de jovencitos —disfrazados algunos de Hello Kitty con morrales de plástico, peluches que cuelgan de sus bolsillos y brazaletes de plástico del Tía, otros de Salserín con sus camisetitas de manga sisa pegadas a sus cuerpos— deciden sabotear a los mexicanos porque sus computadores portátiles no vomitan chispún chispún chispún. El Colectivo Nortec les ofrece algo demasiado grande para la capacidad cognoscitiva de sus cerebros de bom bom bún que sólo aceptan el mismo ritmo binario y monótono.

Ojo. El problema no es el techno ni el house, dos corrientes poderosas, innovadoras, fundamentales. El problema son esos, los que siempre chiflan a Dj Jairo, a Dj Alexa, a Paul Oakenfold, a Carl Cox, al que cometa el sacrilegio de botar desde sus tornamesas pausas sonoras necesarias para que la música sea música y no el ruido sin sentido que produce un taladro neumático. Si algo hace grande a esos Dj’s por los que los hellokittys y los salserines pagan hasta 120.000 pesos es precisamente su magistral manejo de instantes de calma y expectativa que se encargan de multiplicar por mil el impacto de los momentos de ritmo y sonido desenfrenado.

Pero no, ellos no entienden de esas cosas y sacan pitos para sabotear a tres maestros que lograron meter a México (y a América Latina) en las grandes ligas de la música electrónica mundial. La que ha debido ser una de las veladas más excitantes en mucho tiempo en la escena musical bogotana se convierte en un vergonzoso bochorno. Y no hay nada que hacer. Los techno-carajitos solo quieren diez horas de lo mismo: un-dos, un-dos, chispún chispún chispún. Si tanto se desviven por el un-dos, un-dos, ¿por qué no se van a trotar a Tolemaida a ver si cogen oficio? Si solo les interesa el chispún chispún, ¿por qué en vez de gastarse todo el billete que les sacan por entrar a estas fiestas no se van más bien todo un día a una planta compactadora de hojalata y con lo que se ahorran de la boleta compran más éxtasis, más bebidas energizantes, más chupos y más mochilas de plástico y más cauchitos de colores para peinarse como la Chilindrina?

Lo más absurdo de todo es que, para demostrar su infinita alegría porque por fin sacaron a sombrerazos a los tres integrantes del Colectivo Nortec, un pito comienza a repetir el famoso ritmo ‘ta-ta-tá, ta-tá’ que identifica a la salsa. Al fin qué, salserín hellokitty, ¿te gusta o no te gusta la cosa latina?

La ignorancia es atrevida. A Carlos Santana lo chiflaron en el Coliseo El Campín en 1973 porque interpretó nuevas canciones orientadas al jazz-rock en vez de repetir por enésima vez Oye como va y Samba pa ti. A Eddie Palmieri lo abuchearon en el teatro Jorge Eliécer Gaitán en 1983 por ejecutar unos brillantes solos en su piano en vez de reiterar los clichés de la salsa barata. Esta vez el turno fue para tres músicos con mayúscula que se fueron muy aburridos de Colombia, de ese público perrata que solo quiere más de lo mismo con tal de poder jartar. Ya lo decía hacia 1979 el grupo de rock español Kaka de Luxe: “Pero qué público más tonto tengo”.

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