En una sociedad llena de inequidad y rebosante de dineros nuevos, el espectáculo de las artes plásticas colapsa ante la necesidad de novedades e historias truculentas, y los avivatos encuentran un terreno abonado para construir ficciones y desplumar pájaros tontos.

A Murillo, Julito lo llama, con voz engolada y tono reverencial, “maestro” mientras se burla socarronamente de quienes se han atrevido a controvertir la fuerza de las cifras del “murillismo”. Se habla de su hazaña comercial, de su historia telenovelesca, de su advenimiento de la humildad a la deslumbrante pasarela del comercio del arte. Se habla de los récords de ventas millonarias, de las cifras mayúsculas que pagan notables intelectuales como Leonardo DiCaprio. Todos los disidentes caen en el corral siniestro de los envidiosos, y el triunfo del artista es exaltado con un tinte deportivo, como el del olimpista que ha roto una marca y que representa el orgullo de la patria y de su pequeño y olvidado pueblo que lo vio nacer. Se habla de las galerías que lo quieren representar y de los nombres de los coleccionistas que han caído en el encanto. Murillo, con voz vacilante, atribuible a sus años de vivencia transcultural, se enreda en la explicación de su obra. Con cierto desdén, habla de la otrora triunfadora Doris Salcedo, a quien dice respetar, pues la obra de ella trata los problemas locales colombianos, pero quien él ahora ha superado por su espíritu internacional y su arrolladora fuerza mediática. Se compara la obra de Murillo con la de Botero y se llega a la conclusión de que a la misma edad del triunfo del primero, el pintor paisa era un pobre ‘patinchado’ al que escasamente sus amigos le compraban algún dibujito.

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Pero por ninguna parte se habla de la obra misma de Murillo, ni siquiera Casas ni Julito. Como estoy muy lejos de creer en el mundo rutilante y banal de las subastas y no me trasnocha el universo mercantilista de las cifras, voy a intentar dar una mirada de artista a la obra misma de Murillo. Tomemos como ejemplo la obra Sin título que lleva como distintivo la palabra “Pasteles”, escrita en una precaria caligrafía roja, simulación del grafiti urbano y la marginalidad.

Una reiteración ya manida es la comparación de la obra de Murillo con la de Basquiat, el malogrado artista de quien el primero es la personalidad rediviva. Y es verdad, la estrategia murillista es tan elementalmente similar que no queda duda de su derivación. La pintura de Murillo es un intento de representación expresiva con un fondo que recuerda el informalismo de posguerra y algunas obras del gigante Cy Twombly. La obra de Murillo es tan poco novedosa y tan conservadora que sorprende que un joven como él no triunfe por su carácter contestatario y renovador, como ha sido siempre en el devenir del arte, sino por el rumor sotto voce de un misterioso talento del que nadie sabe en qué consiste.

Pero detengámonos en el cuadro nuevamente: los textos y caligrafías de Basquiat hacían alusión a un lenguaje urbano marginal y tenían una potencia poética rebelde y ácida. La obra de Murillo es solo un balbuceo, pero probablemente esta anodina palabra escrita en español tenga a los críticos contemporáneos devanándose los sesos para descubrir el misterioso mensaje oculto. Murillo no es innovador, no es magistral ni deslumbrante en su técnica, y de su obra insustancial se puede escribir cualquier cosa por encargo, ya que su identidad es tan débil que le cuadra cualquier fórmula.

Aquí no se trata de envidias ni resentimientos, solo de un examen desapasionado del curioso fenómeno, y la conclusión es que toda la fuerza de esta hazaña está por fuera de la obra misma: está en la mediatización, en el cotilleo de cuasi entendidos y en el rumor de apostadores de bolsa que quieren encontrar en él una inversión segura que les dará jugosos dividendos. Como la ignorancia es atrevida, se ha intentado parangonarlo con todos los destacados artistas colombianos que jamás alcanzaron ni de lejos las cumbres especulativas del artista en cuestión, y se declara su triunfo estadístico como si el arte se escribiese desde las cifras. Pero no, el arte surge de una verdad interna, de una labor auténtica que conlleva una postura intelectual que se decanta con el tiempo y la tenacidad, y que es aportante al panorama universal de la plástica.

Murillo ni de lejos es más que decenas de valiosísimos artistas colombianos que con tesón y verdad han construido la historia del arte nacional. El arte es un logro estético e intelectual y no la sorprendente inflación de un nombre elevado por las alas del dinero.

Mi consejo para aquellos a quienes deslumbra y atrae la obra de Murillo es que vendan sus Boteros, sus Doris Salcedo, sus Caros, sus Miguel Ángel Rojas y sus Óscar Muñoz para comprar su Murillo. Excelente, eso es lo que estos coleccionistas se merecen, pues no está en su educación y sensibilidad el diferenciar entre el auténtico arte y un simulacro de tramoya del que no se escribirá una sola palabra en la historia del arte colombiano como no sea que logró, como en el relato picaresco de El embajador de la India, engañar a toda una comunidad que ansiaba encontrar en él sus propios sueños y deseos basados en una elaborada estrategia comercial que nada tiene que ver con el arte. Que todos los voceadores de este triunfo disfruten de su pose de orientadores de la estética y de su momento mediático, pues la anécdota será lo único que quede para la historia.

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