Pero además, todos los cuestionamientos que se le han hecho se hallan referidos a sus precios. No se ha escrito una sola línea impugnando la manera de ejecución de sus obras o sus contextos, nadie ha hablado de los conceptos que la imbuyen ni de sus alcances ni sobre sus contenidos. Todo se ha limitado al dinero que se ha pagado por sus lienzos, o a las estrategias de las galerías y las subastas por donde han circulado.

Sin embargo, es bien sabido que no existen estándares objetivos para juzgar el arte y que las obras de arte tienen valor porque alguien les da valor, no porque haya una métrica o procedimientos infalibles para determinar su calidad o su logro. Si los artistas que critican a Murillo no han alcanzado esos precios, pues sencillamente se debe a que nadie les ha dado ese valor. Todo en arte se reduce a conjeturas, pareceres y subjetividad, todo es cuestión de gusto. Y no hay que olvidar que el gusto tampoco puede clasificarse científicamente puesto que se trata de una construcción social sujeta a ideologías, la cual puede ser modificada o inducida por la promoción y el proselitismo.

Es bien sabido también que el precio de las obras artísticas, como de casi todo, está sujeto a la ley de la oferta y la demanda, y que no existe una relación lógica entre su costo y su calidad estética o la pertinencia de sus propuestas. Entonces, ¿por qué tanta alharaca alrededor de las cantidades pagadas por las obras de Murillo?

Por lo que he podido ver a través de reproducciones, la pintura de Murillo se inscribe en la tendencia urbana, grafitera, de buena parte del arte contemporáneo, y por su variedad formal y técnica patentiza una gran libertad. Su combinación de líneas, manchas, huellas y palabras ha redundado en un lenguaje pictórico que galeristas y coleccionistas han encontrado atrayente y vigoroso, y el cual, como es propio del arte contemporáneo, se halla más interesado en transmitir ideas y suscitar pensamientos que en provocar placer estético o inducir a la contemplación. Según declaraciones del artista, en sus obras se incluyen alusiones a su infancia en el Valle del Cauca y, por lo tanto, a su identidad, y de ahí, tal vez, que muchos de los escritos de sus lienzos se mantengan en español, que puedan relacionarse con su región natal (maíz, tamales, pasteles) y que generalmente se refieran a alimentos y, por extensión, al hambre (pan, chorizo, pollo), lo que permite adjudicarles algún tipo de argumentación social.

Finalmente, se ha repetido hasta la saciedad que su trabajo se relaciona con la obra de Jean Michel Basquiat, como si se tratara de un pecado. La historia del arte está llena de influencias, simulacros y resignificaciones, y el trabajo de Basquiat puede ser una referencia artística tan válida como la de cualquier otro pintor de cualquier época. Sobre los videos, instalaciones y performances de Murillo no se ha sabido mucho, pero igual, a unos pueden gustarles y a otros no, lo que no constituye motivo ni para considerarlos productos de un genio ni para vituperarlos, y mucho menos con la sevicia que se ha discutido su celebridad.

Encuentro totalmente comprensible que tanto esos artistas que han buscado en la cátedra, el dibujo, la pintura, la escultura y hasta la crítica y la curaduría un éxito que les ha sido enfáticamente esquivo, como esos artistas que se han incrustado en las estructuras de poder de las artes visuales colombianas (museos, bancos, ministerios, universidades) con el objeto de manipular sus programas y colecciones en busca de su propio reconocimiento, sientan algo de envidia ante el éxito económico de un joven que, como Murillo, sin acudir a ese tipo de artimañas, ha logrado alcanzar notoriedad y buenas remuneraciones económicas.

Y a Murillo le deben resbalar todas esas diatribas en su contra, puesto que, como dice el eslogan comercial, “la envidia es mejor despertarla que sentirla”.

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