No tiene resuelto qué hacer con su vida y tampoco le interesa. No le importa la política. No le importan los libros, ni el cine, ni la familia. No le importa Dios. No le importas tú. Uno puede accidentarse en la calle, caer bajo las garras de un rottweiler y perecer desmebrado en mil partes, o morir decapitado con la bufanda mientras conduce un automóvil descapotable -no es mala muerte, le ocurrió a Isadora Duncan con su echarpe de seda y quedó en la historia-. Puede sucumbir ante cualquier tragedia que el Mono Mario va a encogerse de hombros y seguir con sus cosas -que son bastante limitadas, por supuesto-.
Suerte que es un trazo sobre papel, el cartoon más guarro de Latinoamérica emitido por la señal Much Music -lleva 250 capítulos al aire-, de lo contrario, uno tendría el impulso de desearle lo peor: borrarle la risa de la cara, quitarle la cadena de oro y hacerle un moño, arrancarle el vaso de whisky y echárselo encima, espantarle a sus mujeres -que son muchas- con una pistola automática. Pero es un dibujo y ver a semejante bestia malhablada, sexópata, ostentosa, en permanente movimiento, convierte sus correrías en una de las tiras animadas más perversamente felices de habla hispana.
Combine el código genético de Bart Simpson con el de los más cretinos de la pandilla de South Park. Rece en forma de loas las canciones de Marilyn Manson -al derecho y al revés para mayor efecto- mientras espera que el niño crezca. Por último, inyecte testosterona, la dosis suficiente para que el cerebro se reduzca al tamaño de un bizcocho y se convierta en una sucursal a tiempo completo de la entrepierna. Con eso, si no lo conoce, se hará una buena idea de qué hablamos cuando hablamos del Mono Mario.
Un cartoon que los adolescentes devoran con perversa pasión -el promedio es de 24 años, especialmente la franja que disfruta de los chistes de braguetas encendidas-. Una tira que se emite con éxito creciente en toda Latinoamérica, donde sus creadores argentinos han invertido un millón de pesos locales y cosechan alabanzas a los cuatro vientos. Un personaje inspirado en los guiños de Los Simpsons y en la picardía de Benny Hill, que un millón de personas al mes siguieron desde internet en su primera temporada.
De ese modo, ahora que estamos en tema, dejemos a un lado las lianas, la selva y las monerías, para descubrir en la intimidad al simio humano, o al humano simio que acabó convertido en esclavo del sexo. Y no lo pasa nada mal.
Permítanme primero que toque el timbre. Estoy frente a una casa en Villa Pueyrredón, un barrio apartado en Buenos Aires. Un lugar tranquilo y lleno de árboles y pájaros. De la puerta sale un hombre sonriente, melenudo, con pelos en la barbilla, anteojos oscuros sobre la cabeza y cadenas de oro. Un hombre feliz, aunque no puedo imaginar por qué -cuando veo a alguien feliz, lo primero que hago, por costumbre, es sospechar y eso me da seguridad-. "Vos buscás a Gastón, ¿no es cierto?".

 
 
Es cierto: busco a Gastón. Gastón Pérez Carossio, para más precisiones. El diseñador que junto a su primo, Diego Domínguez y Ary Gerson crearon al Mono Mario en agosto de 2000, hartos de realizar páginas web para empresas que les pedían de todo menos creatividad (hoy su creación ha generado videos, camisetas, ceniceros, tazas, billeteras, pósters, CD, relojes, busos, llaveros. En el primer año, se vendían cien camisetas diarias -más de dos mil por mes-).
"Gastón está en la oficina al fondo del pasillo. Pasá. Tiene la puerta abierta".
Paso. A la izquierda, un puñado de dibujantes y animadores frente a computadoras y páginas bocetadas en lápiz. Al fondo, el jefe, Gastón, un poco pálido, es cierto, pero con energías suficientes como para estrechar la mano y poner la historia del personaje en su lugar. "Veíamos en internet que se repetían los sitios con texto y sin nada de imaginación. No tenían movimiento. Ni personalidad. Entonces se nos ocurrió hacer algo de animación. ¿Tomás un café?".
Claro, tomo un café. Gastón sirve, se sirve y mientras bebe le vuelven los colores a la cara, como un muerto que regresa a la vida. No es ningún muerto vivo: sólo el episodio donde se le ocurrió revelar la identidad del padre del Mono -hasta entonces, el Mono vivía con la abuela y pare-
cía huérfano- captó la atención de 350 mil espectadores en Buenos Aires.
"La animación en internet era un nicho de mercado. Sabíamos que el 80 por ciento de los usuarios son hombres de menos de 35 años. Al principio, pensamos en hacer un minuto diario de animación burlándonos de la actualidad política. Después se nos ocurrió crear a este personaje: un tipo que saliera con muchas mujeres, un fiestero permanente. Le dije al dibujante: 'Ponele unos anteojos, una cadena de oro'. Después, mandaba el resultado a mis amigos para que propusieran cambios. Me decían: 'Cambiale las piernas: tiene patas de mujer'. Y así, de a poco, dimos a luz al Mono".
Un parto complicado. Un niño problemático.
No sé, digo, me guardo la opinión. En cambio, observo el
retrato gigantesco del Mono que Gastón tiene a sus espaldas, pintado en la pared de su oficina, y pregunto por qué tanto ruido sobre ese tipo del dibujo si, al fin de cuentas, es un asqueroso, un pervertido al que solo le interesa penetrar a las mujeres por la espalda, un bueno para nada, un salvaje que se cansa de engañar a su novia, un vanidoso, un alcohólico, un enfermo del juego. Por qué su sitio en internet -porque también tiene su propia web donde actualizan los episodios- de las 800 visitas diarias del primer mes, saltó a dos mil en treinta días. Y a los ocho meses, convocaba a 50 mil fanáticos con ese simio que se limpia el traste con los diez mandamientos. Por qué, me pregunto en un rapto de moral añeja. Por qué justamente él.
Gastón tiene la respuesta. No una: muchas respuestas. Por eso deja la taza de café sobre la mesa y veo cómo se toma el pulgar. Y explica: "Primero, no había ningún dibujo animado de habla hispana". Ahora se toma el dedo índice. "Segundo, mucha gente se siente identificada con el programa. Los casados cuentan: '¡Eso lo hacía cuando era soltero!'. Y los más jóvenes proyectan: '¡Eso lo voy a hacer cuando sea grande!'". Pasa al dedo mayor. "Tercero: hay una gran complicidad de los espectadores con el Mono. El Mono habla tu mismo idioma. Y no es un superhéroe. No quiere ser ejemplo de nada. También en algunos capítulos alguna mujer no le da bola. O padece enfermedades. O tiene problemas de erección. Y dificultades con el dinero porque se la gasta toda en el juego". Salta al anular. "Por último, no existe ningún cartoon que refleje las jodas entre amigos. Y éste es el primero. Y hasta ahora, el único".
Siento lástima por el dedo meñique que se ha
quedado sin razón de ser y giro levemente el eje de la conversación para dejar el asunto atrás. Me interesa saber qué respuesta tuvo cuando insertaba a famosos en actitudes no muy cómodas: ministros, presidentes, celebridades -Mel Gibson y Sylvester Stallone a los tiros contra todos-, sacerdotes -en un episodio apareció uno borracho y con un travesti-, entremezclados e interconectados con los pantalones por los tobillos.
Mientras lo interrogo, frunzo el entrecejo tratando de provocar un clima de seriedad -aunque los poderosos no me importan en absoluto y verles el trasero puede ser una diversión sucia, pero me gusta igual-. "Hemos parodiado a medio mundo. Pero la sacamos barata. Hasta ahora, nadie nos demandó. Una vez, el novio de una modelo nos pidió que levantáramos un episodio que incluía a la chica en una escena, es cierto, no muy beneficiosa para su carrera. Y en otra ocasión, Claudia Villafañe reclamó que quitáramos otro donde aparecía su entonces marido, Diego Maradona, junto a Fidel Castro en un cabaret de Cuba, mientras se
recuperaba de un problema cardíaco".
Observo cómo Gastón se ablanda y termina
encogiéndose de hombros. "Últimamente, no queremos meternos más con famosos ni políticos. Cuando incorporamos a Fidel Castro en una fiesta con mujeres, el episodio levantó mucha polémica. Hay personajes que provocan reacciones extremas de amor y odio. Nosotros vivimos las consecuencias de eso en carne propia. Ahora queremos que la serie sea más global y atemporal. Queremos que lo vea un chileno y se ría. Un colombiano, un mexicano, un peruano. Un personaje universal al que le pasan las mismas cosas por la cabeza que a todo el mundo. Pueden decir que el Mono es zarpado, pero no pueden decir que no sea exitoso". Gastón deja la frase en el aire, se pone de pie y me invita a conocer la cadena de montaje que hace que el cartoon salga al aire con regularidad absoluta.
Busca el guión y me muestra el texto rebosante de maldiciones y tachaduras. Luego agita delante de mis narices el story board. "Ves, acá definimos las escenas que queremos". Presenta a uno de los dibujantes. Después, al operador que le coloca los colores. Y por último, al que inserta el audio y la animación. Disney reducido a una oficina con un puñado de personas. Para completar un capítulo de cinco minutos, informa, se necesita invertir cuatro días de elaboración. No sé si asombrarme o no porque no entiendo ni una coma de diseño. Elijo no hacer ningún comentario. Se produce un silencio que me asusta. Cuando Gastón retoma la charla me siento más tranquilo. "En los primeros meses de 2004, empezaremos a trabajar en la película del Mono Mario. Queremos que sea una historia grande, sólida".
Vuelve a sentarse en la oficina y piensa a futuro: "Estamos, además, preparando 20 capítulos doblados al inglés para insertarlos en los Estados Unidos. Cuando lo presentamos en China, se entusiasmaron, pero al final desistieron. Ellos nos explicaban que con un solo segundo del Mono Mario en el aire, se ganaban la censura". Entonces, escucho que un dato clave se escapa de su boca. "Pensá lo que conseguimos sin nada de publicidad y con una estructura módica. Hoy nos ven en toda Latinoamérica. Y es una serie basada en un amigo nuestro".
¿Un amigo? Medito. Entonces, ¿el Mono existe? "Bueno, claro, nos basamos en él, pero la mayoría de las historias son inventadas y el personaje está exagerado".
Quiero saber si puedo conocer al amigo. Después de todo, esta nota trata sobre él. Él responde con una pregunta: "¿Y quién te creés que te abrió la puerta?". Gastón levanta el teléfono y exclama: "¡Mono! Vení que te quieren hacer unas preguntas".
Y ahí está: el Mono en persona. La cadena de oro, la barbilla, el pelo. El tipo de colita que sonreía como un
loco en la recepción. "Me importa todo tres carajos", se
define el Mono real. "No tengo ídolos. Ni héroes. No aspiro a nada. Me gustan mucho las mujeres y el alcohol. Algunos capítulos se basan en historias que me pasan, es cierto. Cómo, por ejemplo, me las ingenio para engañar a mi novia. Sabés: yo la dejo en su casa y me voy de joda. Antes me levantaba todos los días a las 14:00. Ahora paré un poco. Una vez se le apareció a mi novia en el trabajo, una mujer que decía a los gritos que se había acostado conmigo". Le pregunto si decía la verdad: esas cosas no siempre ocurren. "¡Pero, claro!". Al Mono real, en Buenos Aires, lo saludan por la calle y lo invitan a lugares no muy santos: todo pago. Es un libro abierto y prohibido sobre la noche. Las fantasías que uno tiene y que tal vez encajone para siempre, el Mono las llevó a la práctica repetidamente. "Yo debuté a los 12 años. En un cabaret, naturalmente. Me acuerdo que la chica tenía unas tetas terribles. Era verano. Y yo tenía la piel ardida por el sol. Y la chica me montaba y a mí me dolía todo".
El Mono de carne y hueso tiene 31 años. Dice que vende autos, pero después dice que se las rebusca con diferentes trabajos. En los primeros años, se ocupaba de la venta de su propio merchandising: a eso, reflexiono, se llama atención personalizada.
Quiero saber cuántas mujeres pasaron a lo largo
de su vida. Y pido precisiones. Me pongo intransigente al respecto. "Cincuenta", dice. "¿Cincuenta?", pregunto con asombro. "Sin cuenta", repite. "No llevo la cuenta". Y se ríe. Y entonces entiendo. Ahora sí que entiendo. Maldito sea.

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