Y la lógica a los quince años funciona así: si esperpentos humanos como Keith Richards y Slash levantan gracias a la guitarra, ¿por qué yo no? Por esa simple razón todas las tardes, aferrado a mi guitarra 'La bambuquita', me ampollaba los dedos intentando una y otra vez la posiciones de do y re para algún día poder poner la magia hipnótica de la guitarra a funcionar a mi favor. Con un par de canciones aprendidas, me armé de valor para tocar en mi primera chimenea. El público pedía Yolanda y Father and son, pero yo me sabía Oropel, Pueblito viejo y la introducción de Stairway to heaven casi completa. Afortunadamente mis amigos no eran muy exigentes y fue un éxito. Ángela, una de las más bonitas de la chimenea, se sentó después a mi lado a preguntarme cosas sobre la guitarra y yo, encantado por sus ojos, inventé todo lo que pude para mantenerla cautivada.
Poco a poco me empezaron a llamar más amigos para que tocara en sus chimeneas y yo, feliz, me fui aprendiendo más y más canciones. Llegué a tener un repertorio importante con canciones como Rasguña las piedras, ojalá, Let it be y, para entonar la noche y que todos cantaran juntos, Se va el caimán. Hasta que un día me di cuenta de algo terrible: después de cada chimenea yo siempre terminaba solo. La estrategia de la guitarra le estaba funcionando a todos mis amigos menos a mí. Mientras yo con mis canciones propiciaba el mejor ambiente romántico, ellos aprovechaban, se las charlaban y se las levantaban. Me estaba convirtiendo en cantante de restaurante, serenateando con mi guitarra el amor de otros. ¡Al carajo! ¡Yo no canto para que otros coman! Pero de esa época me quedó el gusto por tocar un instrumento y lo hago solo en mi estudio, cada vez que puedo y, si el ambiente entre los amigos una noche aguanta, se saca la guitarrita y se le da un par de toques. Eso sí, todos tenemos que estar acompañados.

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