No sé por qué se me perdió varias veces en aquellos tres primeros años de mi vida escolar.
El caso comenzó con la niña más bonita del colegio. Era de mi bus. Aclaro que hablo de los tiempos de Romy Schneider en Sissi y Sissi Emperatriz, y ella era aún más linda, de eso nunca hubo la más mínima duda. Yo trataba, de llegar primero a la cola que había que hacer en el patio sur para tomar el bus, de modo que algún día ella llegara justo después y yo, galante, le cediera el primer puesto y ella se diera cuenta de que yo la quería y ella se enamorara perdidamente de mí para siempre.
Pero un buen día no logré llegar de primero y ya alguien guardaba un puesto en la cola de la ruta 5 del bus escolar. Ese alguien era Eduardo, un pecoso (recuerdo el verso de Pombo porque por ese entonces ya me lo sabía. "largo, ojiverde y más feo que un podrido tronco viejo."), y cuando llegué, humilde y jadeante, con mi pesado cargamento de útiles que incluía -además de la maleta ABC de cuero grueso y repujado de vaca- la bendita lonchera y un acordeón, él me advirtió que le estaba guardando puesto a alguien. (Si hubieras llegado tú de primera, nada habría ocurrido, no le habría pegado a nadie aunque hubiera sentido una enorme furia por dentro por el hecho de que alguien me hubiera robado mi plan). Pero llegó Juan G. bonito y musculado, el hermano mayor de ella. Y Eduardo lo dejó pasar delante de mí, lo coló. Eso de que el puesto guardado NO fuera para ella exclusivamente sino para todos los que aparecieran de la familia me pareció de una arbitrariedad inaudita y un truco de Eduardo para conquistarla a ella, la bella, por la vía rápida: la del héroe... (muy distinta a la mía, la discreta y paciente del verdadero caballero). No sabía, ni me hubiera importado que Eduardo fuera heredero de un ingenio azucarero del Valle del Cauca. Para mí era otro par. Le reclamé mi legítimo derecho al orden de entrada al bus. (Tú fuiste la causa directa pero no lo sabías; lo supiste muchos, casi treinta años después.) El vergajo ni me miró. Como si yo no existiera. Aquella fue la mecha de mi rabia. Traté de tomar posesión de mi legítimo lugar con todos mis pesados bártulos -mi cruz de los martes a cuestas- avanzando dos pasos adelante con decisión y empujón incluidos. Entre Eduardo y Juan G. me agarraron a empellones y a patadas para abrir el espacio y en el preciso momento en que yo trataba furiosamente de hacer valer mi puesto, apareció ella. (Tú, la esperada, el secreto motivo de todos mi sentimientos, buenos y malos). Momento crítico. Mientras te colabas, halagada por la envalentonada del pecoso Eduardo, viste cómo me pegaban (me pegaban entre otras cosas para que tú vieras), mientras yo trataba de encontrar una consigna justiciera y vencedora, algo así como "yo estaba aquí primero", pero me fallaron las palabras... ¿Cómo explicar que yo quería estar de primero, pero que había llegado de segundo y que me resignaba a quedarme de tercero si era ella la segunda, pero quedar de cuarto...¡Eso sí no me lo aguantaba! Ordinales del
honor.
Ante la falla de concepto y la subsiguiente insuficiencia de oratoria, lancé una desesperada embestida final. Mala suerte. Ella se había colocado delante, de primera en la fila. Y en mi atropellada y por rebote, Eduardo empujó a Juan G., y este a su hermana. Ella cayó despatarrada, lejos y más allá de su mal habido (tú no lo sabías, tu fuiste inocente a todo) primer puesto.
Por esa moñona humana quedé con la fama en toda la primaria de que yo les pegaba a las mujeres. (Y nunca ni siquiera te toqué ni te rocé ni de lejos, y tú lo sabes). Después de una nueva arremetida obligada por los dos iracundos falsos paladines calumniones que ahora tenían motivo justiciero y, claro, con una falaz consigna: "¡Le está pegando a una mujer!", -ella se levantó aterrada y avergonzada de haber puesto 'cuadro' en su impúdica e involuntaria patasarribiada- cosa que me deparó una seguidilla de cocotazos punitivos y tuve que sufrir la derrota amarga, inevitable, del cuarto puesto... delante de sus ojos grises de emperatriz de la creación que me miraban como se mira a una babosa, al intruso pretendiente perdedor a quien su podrido tronco viejo y su hermano mayor habían puesto a la fuerza en su despreciable último lugar.
De cuarto y rezagándome en la fila salí camino hacia el bus 5, con la fiebre en la cara y el orgullo destrozado. Y salimos del patio de las filas a la calle 82, donde parqueaban los buses. La calle. Tierra de nadie. Y yo era nadie. Menos que nadie. Y además cargado de chécheres como una mula. E hirviendo de la humillación y de la ira. De pronto, mientras me bamboleaba con mis fardos, descubrí la cabeza de Eduardo con su cuello blancuzco y pecoso caminando ufano, soberbio, vencedor, delante de mí. Él, quien había destruido mi vida y lo que me quedaba de bello y de sujeto, era objeto y blanco indefenso y ajeno a mis apocalípticos sentires. Aceleré mi paso haciendo un esfuerzo sobreinfantil, para alcanzarlo, y cuando lo tuve a tiro, dejé mi maleta y mi acordeón sobre la acera mientras me convencía de que ni ella ni Juan G. tenían nada que ver, y que solamente Eduardo, este pecoso que tenía al alcance de mi brazo, era el único culpable del final de todos mis sueños. Desde la condición del que todo lo ha perdido, le solté un golpe en la cabeza con mi mano derecha con todas las fuerzas de mi alma.
Pero no olviden que yo estaba en tratamiento pedagógico: no me había desprendido de la lonchera y, lógico, le rompí la cabeza.
La vi en el aire cuando ya no había recule ni freno posible. (Y créeme, tú créeme que me alegré porque era un justo vengador de verdad). En ese leve instante me alegré. Y a pesar de que sí, en ese momento de ira e intenso dolor (por ti) yo quería matarlo... no quise ver el impacto del ángulo inferior de una lonchera azul y metálica golpeando la cabeza de Eduardo. Cerré los ojos en el momento del totazo y me subí al bus 5. Llegué a casa angustiado con el tormento natural del escándalo que se iba a venir sobre mí con la fuerza de todo el universo, pero a la vez aliviado porque creí haber descubierto por propia experiencia que el hombre no está diseñado para matar a otro, a menos que se lo proponga, se endurezca y se entrene deliberadamente y en frío. O impulsado por torcidos miedos o lo que es lo mismo: convicciones o fe. Pero si yo no maté a Eduardo ese día -fue apenas una descalabrada que terminó en un abrazo-, deduje, no voy a tener jamás los arrestos ni los motivos para repetir el intento... y si los hombres son como yo con menos de ocho años, es que el hombre no está diseñado para matar a otro.
Años más tarde, y mientras ella (tú, tú, sí, tú) me trataba de enseñar a entonar una zamba que canta el viejo Eduardo Falú ..."Si perdonas podrás olvidar...", me di cuenta de que ya no me iba a morir sin haberle dado en la jeta a alguien. Pero a la vez, créanme que es mejor no haber vivido la experiencia. A menos que se quiera vivir en permanente penitencia y sin perdón, pero además con el terrible dolor de haber causado un daño que para los dos, víctima y victimario, va a durar toda la vida. O física o sicológica o sentimentalmente, pero toda la vida. Desaconsejo este tipo de anhelos estratégicos.
Si ha querido darle en la jeta a alguien, hágalo ya. Se va a arrepentir. Por acción u omisión. Depende de cuál sea su caso. Aunque gane, pierde, pero tome una decisión ya y salga de eso.
No tengo al respecto ninguna perspectiva de tolerancia ni de comprensión, ni de piedad: pero, por favor, trate de entender que el hombre NO está hecho para ser golpeado ni quemado, ni para ser aplastado por máquinas, ni para ser metido en cámaras de gases, ni demolido a mazo o a chuzones, ni sometido a altas cargas de voltaje, ni de discursos, ni explosiones, ni baleado. El poeta Erzenberger llegó al final de toda esta reflexión con un aviso perentorio que debería colocarse en un lugar visible de la sociedad: NO ESTÁ PROHIBIDO NO MATAR A UN HOMBRE.

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