Jugamos tres partidos, todos muy difíciles. Empezamos en el Monumental, el estadio de River Plate que le fue asignado a Argentinos Juniors para la final de la Copa Libertadores del 85. Allá nos ganaron uno cero con gol de Comisso. En el partido de vuelta teníamos toda la confianza. Argentinos sobre el papel era un equipo pequeño y nosotros jugábamos en casa, con nuestra hinchada respaldándonos. Además éramos el segundo equipo colombiano en llegar a una final de este torneo y como el primero había sido el Deportivo Cali y había perdido, la responsabilidad con nuestros seguidores era el doble. Todos querían que ganáramos para poder hacerles fieros a los verdes. Lastimosamente esa noche no nos alcanzó y solo marcamos un tanto, obra del viejo Willington Ortiz. Por esos años, si había empate se debía jugar un tercer partido. Nos tocó jugarlo en Defensores del Chaco en Asunción. Me acuerdo de la fecha: 24 de octubre. Yo tenía 19 años y era el jugador más joven del plantel. El médico Gabriel Ochoa no quería llegar a los penales y me metió en el segundo tiempo pero no fue suficiente. Cuando pitó el árbitro estábamos uno a uno, con goles de Gareca por nosotros y Comisso otra vez por ellos. Como todos estaban molidos, con calambres, y yo era uno de los más frescos en el campo el médico Ochoa me llamó aparte y me dijo: ¿Quiere cobrar el último penal? No lo dudé, acepté de una. Gareca, Cabañas, Herrera y Soto habían cobrado y me tocaba a mí. Estábamos 4-4. Cuando me paré frente a Vidallé estaba seguro. Nunca supe qué pasó, solo recuerdo al arquero encontrándose con el balón. Volví al centro de la cancha muy mal pero todos me llenaron de ánimo. Todos rezamos para que Falcioni lo tapara pero el 'Panza' Videla lo metió. Hicimos todo lo posible para salir rápido del estadio, y casi no nos demoramos en el camerino. Todos tenían la cara larga y más yo. En el hotel, el médico Ochoa se me acercó y trató de subirme la moral pero nada, yo estaba muy golpeado. Para más desgracia, mi compañero de habitación, Gareca, había salido directo para la Argentina y yo me quedé solo. No pegué el ojo, pasé la noche pensando en mi familia, en cómo nos iban a recibir en Cali, repitiendo una y otra vez el momento del penal, el momento en que Vidallé se encontró con la pelota. No sé si fue el momento más difícil de mi carrera porque vino el siguiente año la final de la Copa Libertadores contra River, que también perdimos, el mundial de Estados Unidos y por supuesto la muerte de Andrés Escobar. Eran tan duros esos tiempos que muchos de nosotros no pudimos asistir al entierro por miedo a salir de las casas. Lo que sí sé es que supe bien temprano que el camino de cualquier futbolista está tan lleno de alegrías como de tristezas.

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