Examiné cada una de sus virtudes, miré nervios, músculos, arterias, venas y huesos hasta que me sentí listo para indicar cómo ir al mercado, comprar los ingredientes y combinarlos para tener el plato más suculento, que no cansa, ni indigesta, ni aburre, que es el amigo verdadero.
Para empezar, cuidado con la masa. Para la receta cualquiera sirve, siempre y cuando no lleve odios, resentimientos ni frustraciones. En cualquier dosis, amargan el producto final y la vida toda. No se crea al vendedor cuando diga que esos defectos salen en la horneada o se neutralizan con ciertos condimentos. Mentiras. No tienen arreglo.
Tampoco es solucionable el pesimismo, que es pura falta de fe. Asegúrese de que en la masa vengan creencias firmes en Dios, en los hombres, en la naturaleza. Con una masa descreída va a preparar un pesimista, que divierte un minuto con sus sandeces, pero que aburre enseguida y mata por dentro. Es puro veneno.
Finalmente, que no tenga la masa una pizca de avaricia. No se calcula al amigo para que pague la cuenta del restaurante. Pero si no quiere pagarla, cuidado. Ese corazón no se entrega y hace de cualquiera un desgraciado. Si la masa está libre de esas amarguras, puede empaparse en sabiduría. La que venga mejor. Espontánea o natural, ganada en muchos libros o en las batallas de la vida. Luego, agréguense cantidades abundantes de carácter. Aquí es preciso mucho cuidado. Como el carácter es muy escaso, en los supermercados ofrecen talento, que lo hay en cantidades. Pero no sirve. El talento da un primer sabor interesante, pero en el momento más difícil se evapora. El carácter permanece, no se deja vencer, ni se deja sobornar, ni cambia de tesitura. Ojo con los amigos mudables. Los que se ofenden fácilmente o no son capaces de decir que uno está equivocado o que lo que está haciendo no está bien, no sirven para nada.
Y finalmente, échese a la mezcla coraje al gusto. Suficiente, es decir, mucho. Prepárese el plato para las horas amargas, angustiosas, de pobrezas y abandonos. Que sepa compartir alegrías, magnífico. Pero de esos se encuentran en cualquier expendio de comidas rápidas y los despachan a domicilio. Pero cuando el mundo se venga encima, cuando todos se asocien para volverlo a uno pedazos, éste permanecerá firme y valdrá por los demás.
Se puede hacer al horno, a la parrilla, al baño María, como se quiera. Con esos ingredientes y esa masa, resiste cualquier trato. Y ya está. Felicitaciones. Usted se ha hecho a un amigo como Mario, que en verdad no es uno, sino muchos. Y ese es el último secreto de la receta. La vida, solo la vida enseña cómo sazonar el producto. Y si alguno cree que no tiene un amigo verdadero, le cuento que no lo ha descubierto. Nació en Belén hace dos mil años y sigue, para esperarlo, con los pies clavados.

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