Me pusieron en apuros al pedirme que contara algo sobre los achaques que sufren los que pasaron por el séptimo piso. Primero porque no me ubico en ese grupo, pues ni me siento tan viejo, ni me golpean tantos achaques como la gente cree. De joven tenía la seguridad de no pasar de los 40 o 50, en un país y en un oficio tan peligrosos como el mío, el de periodista. Por eso, cuando sentí que la edad avanzaba sin quebrantos mayores,  decidí quedarme quieto y buscar fórmulas para imaginar no seguir cumpliendo cada año un año más.  Esa huelga al almanaque ha dado buenos resultados, pero me obliga a dar extrañas explicaciones. Quizás ese sea un síntoma de la llegada al séptimo piso: salir con respuestas que a unos les pueden parecer extrañas.
Cuando me celebraron 50 años de haber entrado a trabajar en El Espectador recibí de Daniel Samper Pizano el siguiente mensaje: "Me resisto a creer que un tipo de 35 años tan  juvenilmente llevados como tú, cumple 50 como periodista. Deberías acudir a la Ley de Prensa  para aclarar ese exabrupto".
Ese mismo día de 1983, ante una mesa con Guillermo Cano y Gabo a bordo, me sentí abrumado porque me estaban diciendo en vida lo que los periodistas solemos reservar para los que se mueren. Es natural que homenajes como ese tengan al fondo un resplandor de lápida, lo cual me hizo renovar el propósito de seguir con el mismo ritmo y en el mismo oficio, pero buscando fórmulas anticumpleaños. Así lo he hecho, aunque menos en el afán de la noticia inmediata y más en el bullicio universitario.
En una charla con una periodista de Caracas, en días pasados, le dije que yo era sobreviviente de tres males que han diezmado a muchas generaciones de periodistas: el estrés, el alcohol y las balas. He tenido, como todo el mundo, tropezones, fracturitas (hace un tiempo una caída me dejó con la mano rota) y una cirugía que me parece de rigor para todos los que pasan por estos años: cataratas. Cirugía con láser y no con bisturí como las que me tocó ver mucho antes, y que resultó una completa bendición. Yo, que toda la vida usé anteojos, ahora no los llevo, es más, veo como si tuviera quince años. De resto puedo decir orgulloso que ni tensión alta, ni cirrosis hepática, cosa que me ha permitido seguir con mi dieta de vitamina Ch (chorizo, chicharrón, chunchulla, chimichurri, chuletones), ni cicatrices de los balazos que siempre rodean nuestro trabajo.
Que a estas horas tenga buen ánimo, buen sueño y buen apetito, no lo atribuyo a la suerte y al azar, sino a que funcionan más las precauciones y los médicos. Los visito cada vez que me duele algo, o sea casi nunca.
Estoy contento al ver que en este nuevo siglo se puede ser, cuanto más viejo, más joven. Hacer máximas puede ser la tercera señal que indica el paso por la cumbre de los setenta. Eso, y el escapar de los cumpleaños, conduce a que cada vez piense  menos en el día que aparezca esa señora de la guadaña y haga lo que quiera, con tal de que no me duela mucho. A veces cosa difícil, sobre todo cuando, por ejemplo, me da por revisar un precioso libro que fue publicado en conmemoración del cuarto centenario de Bogotá. El volumen contiene una lista de 150 periodistas que por ese entonces estaban en ejercicio. Es un poco aterrador comprobar que el único que está vivo soy yo. No hay más remedio que hacerme el loco y no ponerle cuidado a la señora de la guadaña.
No creo en el elixir de la eterna juventud y si piden una receta aconsejo un espacio familiar sencillo y grato,  y no dejar de trabajar y de caminar, sin trotar. Si se esperaba leer algo más que estos obvios pasajes de una vida larga y sana, solo queda revelar mi última fórmula para derrotar al almanaque: acabo de comprobar que si después de cierta edad se trabaja y ahorra como para estar lejos el día del cumpleaños, en un paseo calmadito y sabroso, preferiblemente en París o sus alrededores, ocurren dos cosas: al regresar a Bogotá, uno se siente con diez años menos. Y se han evitado las palmaditas en la espalda por lo extraño de celebrar un año más.

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