Cuando era miembro del Gaula (hoy pertenezco al Copes, el cuerpo de operaciones especiales de la Policía Nacional, el que muchos recuerdan por su participación en la captura de los jefes del narcotráfico) hice parte de una operación en las montañas de Cundinamarca. Fue la primera en que tuve que matar a un criminal.
Un informante nos había dado la ubicación de un secuestrado y habíamos estudiado el prontuario del jefe de la banda que lo tenía, un sujeto muy peligroso. La acción transcurrió en la noche. Llegamos en helicóptero a la zona y después tuvimos que caminar en la oscuridad para llegar al lugar donde se encontraban los secuestradores. Era una operación muy delicada, el secuestrado era una persona importante y la presión era grandísima. En el camino, cada hoja que sonaba, cada rama que quebraba con las botas me ponía el corazón a mil. No podíamos hablar, nos comunicábamos con toques en la espalda y solo se oía la respiración uniforme de la escuadra. Después de dos horas de camino encontramos una casa que concordaba perfectamente con la descripción dada. Al penetrar, cada uno ubicó un objetivo y dispuso su arma. A mí me tocó el jefe, recuerdo su cara, exacta a la fotografía que había visto. El tipo nos disparó y yo lo alcancé con dos disparos. Cayó de inmediato. En el tiroteo fueron dados de baja sus acompañantes, y el secuestrado fue liberado sin un rasguño.
De vuelta a la base pensé mucho en cómo, en menos de un segundo, había tenido que matar a un hombre. Aquel tipo del que yo conocía unas pocas cosas, la mayoría relacionadas con su carrera criminal, ya no caminaría más, jamás volvería a saludar a alguien. Pero en ese momento no dudé ni un segundo de que era justo lo que tenía que hacer y eso no quiere decir que la muerte sea algo normal en mi vida, solo que en este trabajo uno no puede pensar dos veces, debe actuar. Puede sonar desalmado decirlo, pero uno se tiene que mentalizar para disparar contra otro hombre sin poner de por medio ningún sentimiento y ese es un proceso que uno debe asimilar lo más rápido posible porque si uno no lo hace, si uno no está seguro y convencido de que apretar un gatillo hace parte de su labor, una acción como esta le puede trastornar la vida. Por eso a veces la gente puede quedar traumatizada, soñar con tiroteos, sufrir de insomnio. Yo, para poder estar tranquilo conmigo mismo, siempre me repito una cosa antes de cualquier operativo: no soy dios para decidir quién debe vivir y quién debe morir. Nunca digo "hoy voy a 'bajarme' a alguien". Al contrario, pienso que los que usan sus muertos como una medalla, como un trofeo, no entienden bien de qué se trata su trabajo.

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