Antes de que lo mataran, Juan Pablo Pérez Rodríguez, 28 años, recibió un sorbo de cerveza fría, un beso tibio y un te quiero. Después de que lo mataron, le cortaron su rostro en un acto que los investigadores consideran fue provocado porque lo amaban o lo odiaban demasiado.
"En muchos crímenes por pasión, a las víctimas se les mata y luego se les remata. Se les quita la vida y luego el autor pretende borrarles el rostro. Si no es para mí no es para nadie". Héctor Leonardo Calderón Parra, 35 años, enfundado en un overol negro con las siglas del Cuerpo Técnico de Investigaciones (CTI) en las espaldas, pistola al cinto, observa con detalle alrededor de la víctima que yace en un inmenso potrero, en la calle 58 sur con carrera 47 del barrio Arborada, corazón de Ciudad Bolívar. El reloj marca las 2:25 a.m. del sábado 15 de noviembre. Se escucha diáfano el ladrar de un perro en la distancia y más al sur se observan las luces tenues de miles de casas recostadas en las montañas. Semejan un pesebre pobre, triste.
A pesar del lúgubre escenario, Calderón Parra irradia una tranquilidad que limita con la satisfacción. "No puedo decir que esté feliz, pero sí es cierto que me gusta mi trabajo. Es fascinante. Imagínese la emoción de un niño cuando le entregan la primera pieza de un rompecabezas. Así es este oficio. Aquí está la víctima, ahora hay que encontrar la verdad. ¿Quién lo mató? ¿Cómo? ¿Por qué?".
Habla con orgullo de este oficio que desempeña desde hace 15 años. "Es un hábito". Aunque, eso sí, lo hace con una pasión de artesano, al punto que lleva los registros de los levantamientos de cadáveres que ha hecho en su vida. "Le aclaro: se dice 'inspección a cadáveres', es más preciso. Al cierre de 2002 llevaba 2.689. Ahora me toca sumar los de este año".
Uno de ellos es el de Pérez Rodríguez. En este caso, la tarea no encierra tantos misterios. Ana Cecilia Bautista, 25 años, una mujer de cabello rubio, ojos castaños, piel tersa y facciones angelicales es la principal sospechosa de su muerte, porque fue capturada minutos antes, a las 11:57 p.m. del viernes 14 de noviembre, cuando huía del sitio del crimen: iba cubierta de lodo y sangre en dirección a la Avenida Boyacá. Varios policías del Cuerpo Elite Antiterrorismo (Ceat) la aprehendieron.
"Cruzábamos por aquí cuando escuchamos el grito de un vigilante que nos pidió ayuda. La vimos, saltamos de los carros, cruzamos la cerca y la alcanzamos". El teniente recuerda los detalles de la captura, mientras varios de sus hombres asienten con la cabeza y se frotan las manos para espantar el frío. Ahora están allí, esperando que el fiscal termine su trabajo. Se trata de una veintena de policías armados con fusiles, cubiertos con pasamontañas y protegidos con camuflado. Su presencia es intimidante en la soledad de la noche. "Eso es lo que buscamos: asustar a los bandidos", ironiza uno de ellos. Forman parte de las unidades de contraguerrilla de Bogotá, que todas las noches patrullan las calles donde los estudios de inteligencia señalan presencia de milicianos de las Farc, el ELN o militantes del Bloque Capital de los paramilitares.
Están preparados para la guerra, para grandes batallas, aunque en ocasiones se encuentran con hechos de sangre que ellos llaman "normalitos", como el de Pérez Rodríguez, asesinado por amor o por odio. Esta noche, los agentes tuvieron suerte: primero, capturaron a la posible homicida en plena fuga y luego, tanteando entre la maleza, hallaron el cadáver de la víctima. Les llamó la atención que su rostro estaba hecho jirones por las cortadas y tenía en la boca huellas de labial fresco, de besos apasionados.
Los policías tendieron un cerco alrededor de la víctima con una cinta amarilla para proteger las evidencias. El procedimiento que se sigue es reportar por radioteléfono el hecho a la Estación 100, donde se retransmite a la central de comunicaciones de la Fiscalía, en Paloquemao; allí siempre hay dos personas, en turnos de 12 horas, recibiendo las noticias por muerte violenta o natural que suceden en Bogotá.
"Yo me siento como un cajero de banco. Ellos cuentan y cuentan billetes, pero no se sienten ricos porque no son de ellos. Yo cuento muertitos, pero no me siento triste porque no son míos", explica uno de los técnicos que pasa la vida recibiendo los datos preliminares de los pasos que en su camino va dejando la muerte por la ciudad. El año pasado recibieron 6.965 llamadas que daban cuenta de las personas que encontraron la muerte violentamente en Bogotá. En esta noche del viernes 14 al sábado 15 de noviembre hubo seis llamadas: una persona muerta en un accidente de tránsito, tres con arma de
fuego y dos con arma blanca.
Uno de ellos era Pérez Rodríguez, cuyo caso fue asignado a la Unidad de Reacción Inmediata (URI) de la Fiscalía que cubre Ciudad Bolívar. Hay otras cuatro URI ubicadas en puntos estratégicos para abarcar las 20 localidades de Bogotá. En realidad, los investigadores no llegan directamente a la totalidad. Hay una excepción: Sumapaz. En esta localidad hay que esperar a que amanezca para que la Policía baje los cadáveres a un lugar seguro. Ir de noche es exponerse a una emboscada de la guerrilla.
Llegar hasta el cuerpo de Pérez Rodríguez, en cambio, fue sencillo porque a pesar de que lo mataron en Ciudad Bolívar, zona con fama de peligrosa, las caravanas de investigadores las atraviesan siempre raudos dejando atrás una estela de polvo. Es un área tejida por calles estrechas, salpicadas de huecos y luces tenues, donde, según datos de Planeación Distrital de la Alcaldía Mayor, viven 758.477 personas. Es la zona en la que Calderón Parra trabaja cotidianamente. Aunque muchos dicen que él conoce esta área de Bogotá como la palma de su mano, él cree lo contrario. "Es imposible, porque cada noche descubro una esquina nueva, una calle por la que jamás había pasado".
Las casas allí se recuestan una con otra formando improvisados y hacinados barrios aunque como oasis hay muchos potreros que la gente suele temer. En la noche del viernes 14 de noviembre, Calderón Parra vio en su paso a varios grupos de cartoneros que levantaban fogatas para romper el frío. Él sabe que en circunstancias normales un cuerpo pierde un grado centígrado cada hora desde su muerte. Aunque la temperatura promedio de una persona viva es de 36 grados, seguramente el cuerpo de la víctima podría estar más frío aún por las ráfagas de hielo que bajaban de los cerros. Por eso, él se frota las manos dentro de lo que ellos llaman un laboratorio móvil, compuesto por tres personas expertas en criminalística quienes, como es usual, arriban en compañía de un fiscal y su asistente, que también tienen sede en las URI de la localidad respectiva. Viaja, además, un investigador encubierto que se mezcla entre los testigos para obtener información que pueda servir para aclarar el caso. Las unidades del CTI llegan en dos carros: uno de ellos es una camioneta llamada 'la Paletera' porque en su interior se ponen los cuerpos inertes en bolsas negras que luego se transportan al Instituto de Medicina Legal. Caben cuatro muertos en cada paletera.
"Los carritos se portan bien, aunque están un poco destartalados", cuenta uno de los técnicos del CTI. En la noche del 14 de noviembre uno de los carros, un jeep Mitsubishi, iba a toda velocidad por el puente de la carrera 30 con calle 19 cuando el capó se levantó y voló. "Lo habíamos amarrado con una cuerda que no aguantó", dice entre risas Alfonso Rodríguez Vargas, 56 años, otro de los técnicos en criminalística. Está tranquilo, porque a pesar de semejante incidente ningún otro carro venía detrás, lo que hubiese podido ocasionar una tragedia. El deplorable estado de los carros refleja que los hombres del CTI trabajan con las uñas, nada más alejado de la imagen de muchos colombianos que asocian a la Fiscalía con el búnker de la Avenida de la Esperanza. En muchas ocasiones, estos hombres ponen de su bolsillo para hacer improvisados arreglos a los carros. Hace dos meses, 'la Paletera' venía de Ciudad Bolívar, cogió un hueco y el cadáver se cayó sin que su conductor se diera cuenta. "Menos mal que después lo encontré, recuerda, porque esa es una evidencia muy importante".
En el caso de Pérez Rodríguez faltaban otras evidencias: el arma. La buscaron entre la maleza, el lodo y la basura del inmenso potrero, pero no la hallaron. Sin embargo, Calderón Parra supo por el corte de la herida que fue hecha con un cuchillo de hoja filosa, de 15 a 16 centímetros de largo. Se lo dice la experiencia. A primera vista, la víctima tenía una cortada que le había atravesado la vena aorta. Las rayas en la cara lo habían desfigurado. Ana Cecilia Bautista, la joven de rostro angelical, confesó que ella era su amante desde hacía dos años, que había estado bebiendo con él, que ella misma le dio un sorbo de cerveza, que luego le dio un beso y le dijo lo mucho que lo quería.
Según su testimonio, fueron atacados por dos personas. "Me iban a violar", fue lo primero que contó. Por eso huyó. Calderón Parra tomó nota y luego empezó a juntar las fichas de su rompecabezas. Otro investigador de homicidios del CTI, con un escepticismo fruto del oficio, supo que la versión de la muchacha podía ser inventada porque él tenía muchas preguntas que ella no le había respondido a la Policía. ¿Qué hacían en ese lugar?, ¿por qué habían ido a esa hora? "Puede que lo haya emborrachado y lo haya traído aquí para matarlo", dijo otro de los investigadores. "Probablemente, él trató de defenderse y por eso ella está cubierta de sangre", añadió. La otra hipótesis era que la esposa dolorida por la traición hubiese contratado a alguien para matarlo a él y que a ella la culparan. De cualquier manera, se descartó el robo, porque la víctima yacía en la oscuridad con todas sus pertenencias.
Por eso, había que buscar el arma homicida. Para romper la oscuridad se pusieron varios carros con las luces en altas para iluminar el cadáver y sus alrededores. Todo el mundo tiritaba de frío. A varios metros, Ana Cecilia Bautista, también temblando de frío, con la sangre ya seca, sollozaba. Estaba esposada en el planchón de una camioneta de la Policía. Los agentes podían ponerla a disposición del fiscal en ese mismo momento, pero como no tenía un abogado defensor para recibirle la indagatoria, podían dejarla hasta cinco días después de ese viernes 14 de noviembre.
La diligencia se prolongó hasta las 4:30 a.m., cuando ella empezó a gritar que no tenía por qué matarlo: "Yo lo quería, yo lo quería y se me murió en los brazos". A esa misma hora, también el en el sur, en el barrio Restrepo, caía la otra víctima por arma blanca de esa noche. Era John Alexánder Gutiérrez Sandoval, 19 años. Un muchacho cuajado, fuerte como un toro, que, según sus amigos, se confió en su fuerza para retar a un hombre que le había molestado la novia cuando salían de rumbear. Lo traicionó el alcohol, porque después de lanzar dos buenos golpes se tropezó. Al caer, su atacante le atravesó el cuello y le hizo una herida de 10 centímetros.
Johanna Patricia Morales Parra, 17 años, con aire de 'Lolita' por su trenza y mirada dulce, lo levantó con sus propias manos para llevarlo al Policlínico del Olaya con la esperanza de salvarlo y sin saber que ya estaba muerto. Hasta allí llegaron los técnicos del CTI en su carro sin capó y sin medidor de gasolina. El carro se dañó hace varios meses y el presupuesto no alcanza para arreglarlo, por lo que calculan la gasolina por las distancias y las horas que trabajan. Cuando llegaron, amanecía en Bogotá. Entraron al anfiteatro del policlínico y empezaron a examinar el cuerpo de la víctima. "No miramos los rostros con sentimiento, sino que los detallamos para buscar elementos probatorios", explica Calderón Parra. Confiesa que en ocasiones se conmueven, sobre todo con los niños. "Yo tengo una niña de 5 años y sé la suprema fragilidad del ser humano. La vida puede irse en un segundo", explica.
Esta noche, por ejemplo, él sabe que se han ido seis personas en Bogotá por muerte violenta. En sus cuentas tienen una adolescente más que falleció en el Hospital de La Samaritana. Era una joven de 17 años, de 6 meses de embarazo, que dio a luz a un bebé. La madre murió desangrada y ellos tuvieron que cubrir el caso en lo que llaman un clínico. Se hace para establecer si hubo responsabilidad médica. Con ella empezó su turno a las 8:00 p.m. del viernes 14.
Ahora, cuando salen las primeras luces de este sábado 15, Calderón Parra se prepara para terminar su jornada. Se irá a dormir y se soñará jugando con su hija, porque jamás lo hace con muertos. Ella y su esposa son los amores de su vida. Por ellas se esmera en su trabajo y se cuida. "En los ratos libres me quedo en casa escuchando música clásica. Eso me da paz y tranquilidad". Está tomando notas del cadáver de Gutiérrez Sandoval, mientras la que fue su novia, Johanna Patricia, rinde una declaración sobre los hechos. "Yo lo quería, yo lo quería y se me murió en los brazos", dice una y otra vez. Igual que Ana Cecilia. A ambas sus amores se los llevó la violencia. La una, casi una niña, se convirtió en viuda en la noche del 14 de noviembre. La otra, acababa de pasar su primera noche detenida en lo que puede ser una larga condena, si se comprueba que ella mató a su amante. Calderón Parra tiene las piezas de dos rompecabezas más.

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