A los cuatro años tuve el primer indicio de mi daltonismo. Iba con mi padre y otra gente montando a caballo por una finca que teníamos en el Valle. Recuerdo que en un momento todos se detuvieron y señalaron unos árboles florecidos al pie de la montaña. Mi padre me preguntó si me gustaba el carmín encendido de sus flores pero yo no veía nada rojo, solo veía verde sobre verde. A pesar de ser tan pequeño, el desespero de no entender lo que me querían mostrar, lo que era evidente para todos, se me quedó grabado.
He pintado desde siempre. Desde pequeño tengo una habilidad especial para hacerlo y cuando entré al Gimnasio Moderno y me inscribí en las clases de pintura que se ofrecían sobresalí de inmediato. Mis compañeros se acercaban admirados a ver mis cuadros pero siempre anotaban algo: ¿por qué pinta el pasto naranja?, ¿por qué el cielo es violeta? Una de las profesoras se dio cuenta de que posiblemente era daltónico y me lo dijo. La palabra me sonó horrible, como a enfermedad mortal y asustado fui a donde mis padres y les conté. Me llevaron al médico, me hicieron los exámenes de rigor y se estableció que en efecto sufría de daltonismo. Tenía ocho años.
Seguí pintando, pero no poder utilizar los colores como los demás empezó a angustiarme. Gracias a Luis Caballero, que era de mi clase, superé el problema. Él ordenó mi paleta, me dijo: estos son los azules, aquí están los verdes y más allá los amarillos. Desde ese momento interpreto el mundo de las otras personas y de alguna manera llevo una doble vida en la pintura. Digamos que en mí hay un pintor hacia el exterior y otro íntimo. El primero es un acuarelista, un paisajista con gran acogida que ha participado en más de 40 exposiciones, que utiliza pinceles gordos y no se asusta ante formatos grandes, arriesgado, pero que de todas formas trabaja con los colores de los otros, bajo estándares que la mayoría considera son los normales. El segundo pinta con plena libertad, pinta como quiere, como ve en realidad el mundo y se reserva para sí esos cuadros, no se los muestra a nadie. Ese, el íntimo, es el que más me gusta.
Los cuadros que decido mostrar al público pasan
primero por un comité de aprobación conformado por mi esposa y mis hijos. En un principio todo este proceso tenía algo de embarazoso pero nada mejor que ellos para decirme con sinceridad si una de mis obras pertenece a los cánones normales o si la tengo que dejar para mi colección personal.
En un momento aquella doble condición, la de pintor con doble vida, llegó a ser trágica, pero como todo en la vida el tiempo puso de su parte para que la superara. Afortunadamente también aprendí a manejar sin mucho misterio los inconvenientes cotidianos que parten de mi daltonismo, que es moderado comparado con el de otros (hay quienes no pueden distinguir ningún color, gente que ve el mundo en blanco y negro). Aún me acuerdo de las fiestas de muchacho a las que iba con una corbata o un traje que no combinaban para nada y de todo el mundo sorprendido ante mi temeraria extravagancia, como de hecho le sucedió a John Dalton, el hombre que le dio el nombre a mi enfermedad. El tipo, que tenía fama de muy equilibrado, se presentó un día frente al rey vestido con una túnica roja brillante creyendo que estaba vestido de un sobrio verde.
Desde hace un buen tiempo aprendí a no sentirme raro por pedir ayuda a la hora de tener que comprar una chaqueta, a no pagar una vez más por una color pistacho creyendo que era una camel y llegar a la casa luciéndola como si nada.
Otra de las cosas que aprendí es que cada vez que llega una empleada nueva a mi casa le doy instrucciones precisas: le solicito comedidamente que me organice en el ropero las medias o los sacos en un estricto orden con el fin de evitar confusiones.
Es un hecho que los daltónicos necesitamos más luz que los demás. Cuando cae la tarde, cuando empieza a oscurecer, los colores como tal desaparecen para mí, se convierten en tonos de grises, de brumosos verdes. Creo que por eso me emociona tanto Joseph M. Turner, el pintor británico que les abrió campo a todos los impresionistas. Ese desvanecimiento cromático me obliga a utilizar una poderosa lámpara cuando pinto por las noches para poder tener una idea cercana de los colores. Igual, creo que mi forma de pintar acuarelas también ha partido de mi condición. Lo que pinto son paisajes no deudores del detalle sino más bien impresiones, imágenes de valles, explanadas o mesetas que se han fijado en mi retina y que luego pongo sobre el papel.
Existen unas gafas con filtros que ayudan a corregir el daltonismo pero yo nunca he querido utilizarlas. Una vez hice la prueba y lo que sentí y vi no me gustó. Me di cuenta de que el mundo de todas las personas no era mi mundo, lo sentí artificial, ajeno. Un mundo tan diferente, tan lejano que preferí quedarme con el mío. Además, a estas alturas de mi vida no tengo tiempo ni ganas para aprender otro.

¿Distingue usted claramente los colores? Si fuera daltónico no sería nada sencillo diferenciarlos en la prueba que ilustra esta página.

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