Cuando se está en un cargo como el de comisionado de paz, en el ojo del huracán, todo el mundo opina sobre el tema y sobre quien recae la responsabilidad de dirigirlo, todo el mundo tiene la fórmula salvadora, y al comisionado no le queda otro camino que capotear los comentarios, tragarse los sapos y, en la mayoría de las ocasiones, morderse la lengua para no contestar. ¡No ven que se trata de un comisionado de paz y no de guerra!
De todas formas reconozco que me hubiera preocupado más si nadie hubiese opinado sobre mi trabajo, así fuera para darme palo. Bien decía Wilde: "Hay sólo una cosa peor a que hablen de ti, y es que no hablen de ti". Y completó después Dalí, con su habitual estilo satírico y grandilocuente: "Lo importante es que hablen de mí, aunque hablen bien". Sí, leyeron correctamente: ¡aunque hablen bien!
Un trabajo sin críticas puede ser inocuo. En cambio, cuando tantos critican, significa que muchos se interesan por lo que se hace. ¡Y que se están haciendo cosas!
Como a todo ser humano, algunas críticas me dolieron, incluso me sacaban la piedra, sobre todo cuando resultaban injustas o en exceso negativas. Pero todas las heridas que pudieron causar sanaban cuando veía la sonrisa de las madres y familiares que abrazaban a sus seres queridos que regresaban a sus hogares después de un largo secuestro o cuando algún desconocido se acerca y me agradece los esfuerzos.
Tuve críticos amigos y amigos muy críticos, pero, al fin y al cabo, amigos. También enemigos que nunca pararon sus críticas y otros que finalmente entendieron que en mi trabajo había que tomar posiciones firmes y por eso dejaron de criticar tanto.
No tengo un inventario de las críticas porque no soy masoquista ni me interesa repasarlas para desquitarme. Me criticaban por no mostrar ninguna reacción emotiva; por hablar poco o por hablar mucho; por ser demasiado prudente y reservado, o por aparecer tanto en los medios. Por hacer unas cosas y por no hacer otras. Hasta me criticaban por hablar con guerrilleros, olvidando que ese era mi trabajo. Por fortuna no fueron muchas las críticas por la calva o la barriga. ¡Y de pronto esas sí me las merecía!
Lo más importante fue que quien tuvo algo que criticar lo hizo libremente y siempre existió la tolerancia necesaria para entender que eso era parte necesaria del oficio. Por eso no entiendo a muchos de los críticos de entonces que hoy no toleran los más mínimos comentarios o que se descompensan con cualquier observación. A ellos les recomendaría no escudarse en críticas a los demás sino defender sus propias ideas y posiciones, porque quien se enfada por las críticas, reconoce que las tiene merecidas.
Hoy, algunos de quienes fueron mis más enconados críticos, sobre todo en algunos medios de comunicación, me critican por hablar, por opinar y hasta por criticar, aunque lo haga sobre los temas que conozco. Pero resulta que ahora pertenezco al club de los ex, ¡y ya no me tengo que morder la lengua!
Hoy critico porque aprendí de mis propios críticos y porque estoy más convencido que nunca de que lo que hicimos era necesario, valió la pena, fue importante y, sobre todo, fue un esfuerzo honesto y transparente. Eso me da capacidad para criticar, en sentido constructivo y preventivo. No me gusta aparecer criticando después de los hechos pues, como dijo Mao Tse Tung, "la crítica debe hacerse a tiempo; no hay que dejarse llevar por la mala costumbre de criticar sólo después de consumados los hechos".
También tuve la fortuna de no dejar nunca de criticarme a mí mismo. La crítica más dura muchas veces es la propia, pero uno mismo nunca puede dejar de examinarse y criticarse pues, cuando lo hace, corre el riesgo de caer en la mediocridad. Sin duda, la autocrítica da todavía más piedra. "¡Carajo, por qué no hice esto!", me decía en ocasiones. "¡Miércoles! ¡Si hubiera dicho tal cosa de pronto los habría convencido!". Fui mi propio crítico implacable, siempre lo he sido y, gracias a esto, he logrado aceptar también lo que muchos otros comentan de mi trabajo.
Sentarse, frente a frente con Tirofijo y el Mono Jojoy, frente a Gabino y Pablo Beltrán para hablar claro y directo no es una tarea fácil. Allí discutíamos nada menos que la paz de Colombia y son muchas las variables que hay que tener en cuenta. Sé que como todo ser humano, seguro dije muchas cosas que a mucha gente no le gustaban y a otros sí. También cometí errores. Pero es mejor equivocarse por intentarlo, que salvarse de las críticas por no hacer nada. Como enseñaba el padre Santiago Alberione: "Quien obra puede equivocarse, pero quien no hace nada ya está equivocado".
Al hacer un balance de las críticas que aguanté y de los críticos que padecí no dudo en decirles que tengo más palabras de agradecimiento que de lamento o de resentimiento. Ojalá jamás perdamos en Colombia la libertad de criticar y de opinar, porque estaríamos perdiendo la democracia.
Hay que seguir hablando y criticando sobre lo divino y lo humano: de fútbol, de los jugadores, de los entrenadores, de las reinas, de los actores, de los jefes, de los políticos, de las telenovelas, de los vecinos y las vecinas, del Presidente, de los comisionados de paz y también, por qué no, de los ex comisionados. Incluso hay que atreverse a criticar -aunque parezca increíble- hasta a las despampanantes modelos que aparecen en SoHo.

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