No entiendo a los que dicen que conocer a los suegros es un plan aburrido. Todo lo contrario, la adrenalina que produce lo hace más bien un asunto eXtremo. No importa cuántas veces se haya conocido a los suegros, es siempre un terreno desconocido, nunca se sabe con qué se va a encontrar. Así que ahí estaba yo hace unas semanas, después de haber pasado varias veces la prueba de fuego, listo un domingo al medio día para almorzar otra vez en casa de mis suegros de ocasión.

 

Llegué con algo de miedo y mucha presión. Miedo porque la última vez terminé acosado en un baño por una prima de mi suegra de turno mientras el resto de la familia conversaba en la sala. Y aunque la señora aguantaba montones, esa cosa llamada conciencia me impidió responder de vuelta. Con presión porque llevaba tres semanas esquivándole el bulto a la pregunta “Mi amor, ¿cuándo vas a conocer a mis papás?”, y la verdad ya me había quedado sin excusas. Hasta había usado la carta de visitar a mi abuela enferma en el hospital, cuando la verdad es que esa señora es un roble que nos va a enterrar a todos.

El día anterior estaba con unos amigos y cuando les conté sobre el plan que me esperaba me dieron un consejo que en vez de ayudarme me complicó la vida: “Sea usted mismo”, me dijeron. ¿Qué diablos significa ser uno mismo? Ser uno puede ser positivo, pero ser muy uno puede terminar en pelada de cobre en frente de toda la familia de la novia. Al final de la noche nadie supo darme razón y hasta hubo uno que después de varios tragos me aconsejó que mejor cancelara esa vaina.

Pero cancelar ya no era una opción. Así que llegué al día siguiente con buena cara, buena pinta y mejor actitud, sabiendo que no me estaban invitando de queridos sino para examinarme. Fue entrar y en vez de encontrarme con un los papás y si acaso un par de familiares, me topé hasta con los vecinos: mamá, papá, abuelos, tía casada, tía viuda, tío pesado, cuatro primos, siete sobrinos y dos perros. Les faltó invitar al Papa para que me diera él también el visto bueno.

Nunca tuve la intención de descrestar porque salvo que uno sea astronauta de la NASA o dueño de Google nadie va a quedar impresionado de primerazo, pero el miedo escénico me hizo recular un poco. Pedí el baño para bajar los ánimos y replantear mi táctica, mastiqué un chicle para calmar las ansias y no ir a pasar una vergüenza por cuestiones de aliento. Salí al rato dispuesto a dar un parte de tranquilidad con mis actitudes. Saludo de beso y mano a todas y todos, un par de comentarios agradeciendo el gesto, alabando a la hija y nada de chistes para que no pensaran que estaba tomando la cosa a la ligera. Eso sí, cara de ponqué. Cuando se conoce a los suegros la cara de ponqué no se puede dejar en la casa.

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Hora de los regalos: un libro para el suegro, flores para la suegra y el resto que quedara antojado. Una vez un amigo llegó a visitar los suegros con un celular y un reloj para dama y pensaron que era traqueto, así que en esos casos es mejor la sobriedad y el bajo perfil.

De almuerzo, ajiaco. No estaba del otro mundo, pero me esforcé en hacerle saber a todos que nunca en la vida había probado algo tan rico. Más incómodo que mentir fue comer en sí, porque con cada cucharada que me llevaba a la boca me sentía observado. Parecía que me estuvieran examinando no para ver si era buen partido sino para saber si me sabía la urbanidad de Carreño.

 

En la sobremesa no hubo prima acosadora, por fortuna, pero sí charla larga y variada. Primero, las preguntas de rigor: quién soy, qué estudié, a qué me dedico, dónde vivo, cómo conocí a su hija y una larga lista de etcéteras que incluyó la pregunta de si mi apellido era de los del Valle o de los de Bolívar. Dudas resueltas, hablamos tanto de fútbol como de política. Yo asentí en todo porque en esos primeros encuentros es recomendable no mostrarse radical ni conflictivo. Hay una línea muy delgada entre ir con la corriente y ser un monigote que le dice que sí a todo. Esa tarde, creo, se me fue la mano e hice de monigote. Qué se le va a hacer.

 

Pese a todo creo que manejé bien el asunto, con todo y que hubo un par de momentos de tensión. En el primero, el tío pesado me usó para echar chistes de yernos, cada uno más malo que el anterior. Yo soporté todos con una sonrisa e incluso le tiré un par de apuntes que él no conocía. Luego me preguntaron por Mateito, uno de los sobrinos, que llevaba media hora torturando a uno de los perros de la casa y momentos antes me había arrojado postre en la chaqueta. “Divino, si algún día tengo hijos ojalá sean como él”, atiné a decir en medio de sonrisas. Me los había metido al bolsillo. Así, pese a todo pronóstico salí vivo de la cita, con los suegros de mi lado y mi novia más enamorada que antes.

 

¿Qué es aburrido estar con los suegros? Difiero. Al igual que hacer motocross, bungee jumping o rafting, es un plan extremo que no se debe practicar muy seguido, preferiblemente solo en domingo. 

 

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