Ahí estoy, en una caseta de un lugar sin coordenadas llamado “Jacalito”, que pertenece a la Concesión Sabana de Occidente, en la vía Bogotá – Villeta, mirando literalmente pa’l páramo y buscando desesperadamente algo con qué matar el tiempo.

Todo empieza con estar puntualísimo en un punto alejado en medio de una carretera al que hay que llegar con un arsenal de buenos ánimos para plantarse en una caseta de 2x2 metros durante 12 horas completicas: de 7 de la mañana a 7 de la noche y de 7 de la noche a 7 de la mañana. Un peaje es de las pocas cosas que funcionan 24 / 7 con mucha rigurosidad, llueva, truene o relampaguee. No hay festivo, semana santa, Navidad o Año Nuevo que valga. Cada turno tiene lo suyo, pero una vez completados cuatro turnos, el recaudador puede descansar tres días seguidos, pues ya ha cumplido con las horas legales semanales de un trabajador en Colombia. Eso suena muy bien. Pero hasta ahí llega lo alentador.

Me dieron una caja registradora con 500 mil pesos entre billetes y monedas y tuve que guardar mis pertenencias con mucho cuidado en unos casilleros que tienen dispuestos porque, para trabajar como recaudador, “por temas de seguridad” no puedo llevar nada conmigo a la caseta: ni celular, ni plata propia, ni audífonos, ni un radio, ni un libro, ni una caja de chicles, ni agua, ni nada. Mi única misión es recibir la plata, saludar, meter el dinero en la registradora, dar el cambio correctamente, decir “buen viaje” o “chao” si es muy rápido el asunto y repetir lo mismo con el siguiente carro.

La cosa me tomó un día previo de inducción, pero técnicamente es así: hay siete categorías de carros clasificados según la cantidad de llantas que usan y en cada una se paga un precio diferente para pasar el peaje: desde 9.300 pesos (categoría 1: automóvil), hasta 38.000 pesos (categoría 7: mula de carga).

Saber la categoría de cada carro es difícil, más aún si uno empieza trasnochado y peor si se es poco apto para los números, que en ambos sentidos era mi caso. A eso hay que sumarle el drama de cada conductor que va desde renegar por el precio del peaje hasta pedir instrucciones para llegar a Villeta. Pero la verdadera tensión está en la presión de saber que, en caso de un descuadre en el recaudo, la diferencia la asume el recaudador.

Los cálculos son aterradores: en un turno de doce horas, donde se pueden recaudar 18 millones de pesos en una caseta en un día corriente, un pequeño descuadre de un primíparo podría ser fácilmente de 100 mil pesos. Sea el monto que sea, la plata sale del dril del que recauda. Esa es la primera advertencia que me hacen antes de empezar turno.

El método que me aconsejan para no terminar desfalcado es memorizar cuánto hay que dar de cambio en cada categoría, según el billete. Debo confesar que al principio sentí emoción: recibía la plata y la contaba y recontaba repitiendo en voz alta “diez, veinte, veinticinco, treinta, treinta y cinco…” Entregaba el cambio para que no se volara ningún billete con el viento o se cayera una moneda al carril. Revisaba en segundos los billetes de 50 mil y rogaba mentalmente “por favor, que no esté falso” como encomendándoselo a la virgen, para que al final no tuviera que compensarlo. Dos billetes chimbos y ya estaba en la quiebra.

Tres carros por minuto en promedio durante 12 horas pueden convertir en un robot a cualquiera. Pero, en medio de mi torpeza, mandaron a mi rescate a Carolina, una recaudadora experta que por lo menos tuvo mucho de qué reírse viéndome hacer su trabajo.

Cuando empezaba a acostumbrarme a la memoria de autómata para hacer ese proceso me enviaron a Jacalito, la caseta ubicada un kilómetro al occidente del peaje principal. Es el terror de los recaudadores porque está en medio de una carretera que viene de la nada y va hacia la nada, no tiene ni siquiera una máquina registradora y, bajo esas condiciones cero música, cero libros, cero celular, cero internet, cero comida, cero bebidas, cero gente, no se puede más que disipar la mente en pensamientos abstractos e inoficiosos.

Para decidir quién será el cristiano que pasará el día penando en esa caseta se rifa diariamente el turno con una balota. Por ser el novato, esta vez me tocó a mi y el balance fue el siguiente: en tres horas que pasé ahí no se asomó ni una bola de heno.

Pensé que con muy poco, ese sería un gran lugar para entrenarse en cualquier oficio de paciencia: resolver o inventarse crucigramas, armar un rompecabezas, aprender a tocar un instrumento musical, hacer croché, dibujar paisajes o pintar óleos, arreglar un reloj, armar por fin un cubo Rubik’s, leerse “En busca del tiempo perdido” y sendos ladrillos más de corrido, aprender mandarín, escribir una novela, resolver todos los problemas del Álgebra de Baldor viendo a Julio Profe en YouTube, analizar jugada por jugada las innumerables victorias de Nacional, ver dichoso y sin molestias maratones de series en Netflix, llamar a la mamá, al tío, al amigo que hace años no se ve y desatrasarse de la vida… ¡Con tanto tiempo libre en una caseta en medio de la sabana!

Pero así no fue. Al final, llevé mi caja registradora de regreso para liquidar el turno que, para evitar el desfalco, no llegó a las 12 horas. En la liquidación todo salió bien y no tuve que dar ni un peso de mi bolsillo. De hecho, había 1.100 pesos de más que le quité injustamente a algún conductor.

Antes de irme, Carolina, la recaudadora que me auxilió, me sonrió y me dijo en broma que me esperaba para el resto del puente, pero los dos sabíamos que lo mejor era que no me apareciera esos días porque lo que menos haría sería ayudar.

Me despedí, tomé un bus hacia Bogotá y en medio del trancón seguí repasando todas las cosas que podría aprender o hacer en la caseta de Jacalito si en ese trabajo en medio de la nada, donde no pasa nada, tan solo tuviera a la mano un celular o un catapiz. Seguro, ahí sí, pasaría algo interesante.

 

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