Es teatro, pero no a primera vista. Cada noche se dan cita veinte, treinta personas, pero no más, para presenciar la rareza de Plano Z, una obra poco convencional, extraña si se quiere, pero excepcional en todo caso por donde se le mire y, sin duda, algo que hay que ver en Bogotá por estos días. El escenario no son las tablas de siempre, no hay butacas ni telón, tampoco una historia lineal inicio-nudo-desenlace o un silencio de cementerio en la oscuridad del público. Entonces, ¿qué hay?

Al principio, nada. Plano Z habla de la vida y lleva ese ritmo: al principio hay nada, luego todo, luego muchos cambios, uno tras otros, luego una calma… Cambia de repente a medida que uno se involucra en su trama, como la vida misma que cambia cuando uno es su actor. Bueno, dicho así suena un poco a carreta, remix de lo que alguien ya dijo sobre lo bello que es el teatro, pero cuando uno está ahí todo eso se vuelve verdad.

O mejor dicho: todo pasa en una casa antigua de Chapinero, ladrillo cocido, techos puntiagudos, pisos de madera y acústica de catedral llamada El Muro Antiguo, uno de esos lugares que ha visto pasar muchas épocas de Bogotá, que ahora vive estancado en el tiempo y sobrevive con lujo exquisito entre la monotonía de los edificios de apartamentos. No hay lobby. Los asistentes esperan en el jardín a que den las ocho de la noche, dan vueltas como burbujas sin rumbo champaña en mano, miran hipnotizados la fachada en la que simplemente no pasa nada.

Dan las ocho y entonces, como en las cosas que cobran vida de repente, una chispa aparece e ilumina todo. La voz sale como un disparo de una ventana y el jardín resuena con una versión a capella y ruda de Bang Bang, de Nancy Sinatra, cantada por una especie de ángel o extraterrestre de presencia alucinante. Comienza la función, es obvio, pero no parece. De la puerta principal salen mayordomos enmascarados, toman de la mano a cada asistente y los hacen pasar uno a uno a la casa ante la mirada de los demás que, con curiosidad fatal, esperan su turno y miran cómo cada elegido entra al Plano Z en un misterio sigiloso que no se detendrá hasta el final.

Puertas adentro, todos los asistentes deben portar capas o gabán, antifaces, tal vez maquillaje, porque de alguna forma ya no son los mismos de hace diez minutos. Eso se entiende. Y el resto es difícil de captar: la casa es el escenario en sí mismo, los asistentes se convierten en sombras o fantasmas o las dos cosas. Invasores de la obra de teatro que 15 actores representan por todos los rincones en cuartos surrealistas: una habitación de espejos, otra de tortas y globos, otra con una tina electrificada, otra con una sala de póker humeante…

Y hay un plus de vanguardia en cada espacio: la tecnología. La vida de Plano Z es hecha, literalmente, a punta de celulares Motorola de última gama que ambientan el espacio: las luces, las proyecciones en los cuartos, la música, las imágenes, los flashes, los ruidos raros… Todo emana de esos aparatos que dan vida a la obra.

En total, hay 30 escenas que se ejecutan simultáneamente por toda la casa de las cuales, con fortuna, se pueden visitar 5 o 6 en las dos horas y media que dura la función. Es decir, uno siempre va a quedar antojado por saber qué pasaba en aquel cuarto de al lado, de qué era ese ruido raro.

Sin embargo, Plano Z es un rompecabezas que no necesita un orden para entenderse o para funcionar sino un caos lógico, como la cabeza de una persona. Su creación es cortesía de Laura Villegas, una genio reciente del teatro en Colombia, que ya había hecho sus encantos con 13 sueños hace unos años y en Bogotá medio mundo hablaba de la maravilla y el otro medio mundo moría de envidia por ir a verla. Plano Z es otro hit en su arte. Inspirada en la vida, la trama se entiende porque uno la está viviendo, cada quien a su manera, pero se entiende de todos modos, y si no se entiende, se disfruta, como casi todo en la vida.

La historia: hay una boda, o hubo una boda, o iba a haber una boda en esa casa pero algo pasó. Un hombre vino, encantó a la novia, la raptó –eso dicen- y ella dejó plantado al prometido, dejó esperando a sus invitados, y de paso mandó al carajo el mundo acomodado que la esperaba, simplemente porque él no era buen polvo. Y claro, ella no era feliz.

La vida cambió de repente para siempre –esas cosas pasan, no solo en el teatro ¿quién puede decir lo contrario?- y los invitados a la boda quedaron deambulando cual fantasmas en un loop que se repite, se repite y se repite, cada vez con más sorpresas o pistas sobre lo que pasó. El loop acabaría si ella regresara y se llevara a cabo la boda y todo seguiría el rumbo que debía. Pero al parecer eso no va a pasar. O bueno, puede que sí, porque la vida cambia de repente, de eso se trata Plano Z.

Y en medio de todo eso, uno está parado, testigo anónimo del asunto, invitado especial entre los invitados especiales, sombra entre las sombras, viendo habitación por habitación, oyendo murmullo por murmullo, la vida que suena en otros cuartos, la fuga que corre por los pasillos, el drama, el dolor, la celebración, la demencia, la arrechera, la nostalgia, de cada rincón de la fiesta que es Plano Z, que al final es una fiesta de la vida que cambia.

En el mundo, en el universo, todo cambia, con o sin aviso, y tal vez esa sea una de las mayores certezas de la vida. Sin embargo, por más obvio y común que sea, es una de las cosas que más toman por sorpresa a la gente. La llamada que nunca se hizo o la que nunca debió hacerse. El chat que quedó en visto o el que no debió enviarse. Ese día que alguien maldijo a alguien, el día que no acataste el consejo, la final en la que ibas a hacer gol pero botaste el balón, el avión que te dejó y tomaste ese que fue completamente normal, o el otro día muy lejano en que alguien superó esa tusa trillada, esa traga maluca y por fin le echa tierra. De todo eso habla Plano Z en el laberinto de sus cuartos, hasta que al final… Bueno, eso no se puede contar. No más spoilers.

Algo de todo esto debe quedar claro. Plano Z es una fiesta que no se puede perder, porque fiestas así no hay todos los días o todos los meses en Bogotá. Habla de la vida y sus cambios repentinos, pero sin hartera. Todo lo contrario. Es teatro, pero no a primera vista. Como la vida misma.

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