¿Qué puede pasar en una despedida de soltero? Sexo en vivo, show de strippers, consumo de drogas, un intoxicado por mezclar trago, el llamado de los vecinos a la Policía por el escándalo y porque es el colmo que un martes el volumen de la música esté tan alto, o simplemente puede pasar que no pase nada. Lo que me sorprendió fue saber que todavía existen esas fiestas, porque pensé que eso ya estaba pasado de moda.

Dos cosas sí me preocupaban: primero, el disfraz para poder infiltrarme como mesera. Era claro que para aparecer en una despedida de soltero no podía llegar con el típico vestido de una mesera de Casa Vieja. No, era importante disfrazarme con algo que me dejara ver sensual aunque no muy provocativa pero también seria, porque la idea era evitar que los hombres de la fiesta intentaran mandarme la mano. Aunque en esto era evidente que tenía que defenderme más con mi actitud que con el disfraz.

Y segundo, la poca certeza que hay con el comportamiento de los hombres cuando ya están pasados de tragos. No hay duda de que una despedida de soltero tradicional es eso: mucho licor para obligarse a disfrutar de lo que seguramente no les mueve la aguja en estado de sobriedad.

A las nueve de la noche llegué al apartamento de un amigo del que iba a ser despedido como soltero (a este lo llamaremos Jorge, al anfitrión lo llamaremos Eduardo). La fiesta era ahí. Eduardo era el único que sabía que yo me infiltraría. Media hora más tarde llegaron uno a uno los invitados. Cuando vi la cara de Jorge supe que la posibilidad de que esa resultara una fiesta de desenfreno, era nula. Y es que no es tan difícil detectar qué tipo de hombre se presta para encaramarse encima de una mujer delante de sus amigos, y qué hombres no lo hacen. Jorge, para mí, no era uno de esos.

Y los amigos menos. A ver, no es un tema de mojigatería. En escenarios como el de una fiesta de soltero, sorpresas te da la vida como dice la canción de Rubén Blades, pero hay ciertas características que no engañan: la forma de vestir, el peluqueado, cómo saludan, la manera de moverse… Y para qué digo que no: eso me tranquilizó. Pensé que estaría a salvo, que ninguno de esos tenía cara de gallinacearme, y que eso iba a salir bien (por lo menos bien para mí, no estaba segura si para la crónica también).

El apartamento estaba adornado con bombas, serpentinas y vasitos con los clásicos dibujitos de una pareja teniendo sexo, nada más. La comida fue con pinchos de queso costeño frito con tomaticos y, curiosamente, hambre de trago hubo, pero de alimentos no mucho.

Mientras servía y me movía con platos y copas por la sala, oía que entre todos comentaban muchas cosas que uno hablaría en cualquier reunión: trabajo, amigos, música, nada que insinuara que de ahí pudiera resultar algo raro. Es decir, se notaba que como estaban, estaban bien, pasando felices, aparentemente no necesitaban nada más, solo que pasara la noche y llegara la hora de despedirse y prometerse que se volverían a ver el día del matrimonio.

A las once de la noche, Eduardo me dijo: "Marcela (ese fue mi nombre como mesera), enchúfales más trago. En media hora llegan las viejas y a estos manes nada que les agarra el aguardiente". Ahí pensé lo que sospeché desde el primer instante: esos personajes de la fiesta, empezando por el homenajeado, eran tan zanahorios que tenían que estar prendidos, muy prendidos, para poder ver con gracia a las viejas que estaban por llegar. Vuelvo a lo mismo, yo creo que como estaban, entre ellos solitos, era perfecto, les prometo que si les hubiera podido preguntar, me hubieran contestado que no tenían más expectativas que compartir ese ratico juntos.

Así que agarré la botella de aguardiente, la cuarta, y empecé a "enchufarles" todo lo que pude en la media hora que me quedaba antes del show. Servía, tomaban, servía, dejaban la copa en la mesa, yo protestaba, decía que no, dele, tome que el aguardientico está bueno, se lo tomaban y yo repetía la operación. Hice un cálculo y en esos treinta minutos serví como 40 aguardientes divididos entre cinco, porque los otros no tomaron de eso.

Y efectivamente llegó el momento. Aparecieron dos mujeres, de no más de veinticinco años, una trigueña (la llamaré Sofía), otra rubia y muy blanca (la llamaré Alicia), se sentaron en medio de los invitados, muy cerca del soltero despedido, como si fueran unas amigas más, charlaron, y así como estaban no parecían las de show. Me sorprendió que ninguno de los hombres de la fiesta tuvo mayor curiosidad por ellas, pocos se acercaron y de verdad, no por tímidos, sino porque era evidente que simplemente no les interesaba la aparición femenina.

A los pocos minutos cambiaron de puesto y se sentaron junto al más hablador de todos (lo llamaré Alberto), el típico buenazo, amable, que un rato atrás me había dicho en la cocina que la llegada de las dos mujeres lo había puesto nervioso porque no sabía de qué hablarles. Pues cuando lo vi ahí, en la mitad de ellas, me pareció que se defendió bastante bien. Ese tenía en la sangre más aguardiente que el resto y seguramente eso le ayudó a soltar la lengua.

Cerca de la medianoche, las dos se levantaron y se fueron a una habitación. Yo aproveché para preguntarle a Alberto cómo se había sentido y a ver si había logrado sacarles a ellas alguna información sobre quiénes eran. Me confesó que se sintió bien en su puesto de jamón de sándwich, que el aguardiente le sirvió para encontrar de qué hablar, y que Sofía le contó que trabaja en una aerolínea, pero no dio más detalles y Alicia, en un call center. La mona era risueña, fresca, desenvuelta. Viéndola de cerca me pareció más joven de lo que aparentó a la distancia. La trigueña, en cambio, estaba incómoda, se mordía los labios, fumaba compulsivamente pero no como una experta, sino como esas niñas quinceañeras que lo hacen a escondidas y quieren parecer grandes. Ninguna de las dos aceptó licor. Tomaron agua.

LLEGÓ LA HORA DEL SHOW

Mientras las jóvenes estaban adentro, el anfitrión le pidió a Jorge que se sentara en una silla de color naranja frente a todos en la mitad de la sala. Él obedeció sin mayor entusiasmo; apenas sonreía, y su sonrisa estaba acompañada de unos ojitos enmarcados en gafas que cada vez se veían más chiquitos, no sé si por el sueño o por el efecto de la mezcla de aguardiente con cerveza.

Eduardo cambió la música. Salieron ellas. La morenita con un baby doll rojo; la rubia, con uno negro. Y es en ese momento que pensé que todo empezaba a tener un tufillo deprimente. Ellas bailaban sin muchas ganas, como forzadas. Yo no logré entender qué pasaba, pensé que de pronto era cansancio, o que el ambiente no ayudaba, o que eran un par de mujeres inexpertas intentando parecer cancheras en ese mundo que solo ellas escogieron. Mientras yo trataba de definir una idea, Sofía se encaramaba encima de Jorge tratando de ser sexy pero la vi mal, porque el baby doll era strapless y estaba encartada tratando de que sus senos, muy grandes y naturales, no se salieran de ese pedacito de tela. Jorge medio movía los brazos alrededor de ella, tratando de seguir el ritmo de la música y e intentando parecer emocionado, pero nada, a pesar de que seguí las instrucciones de Eduardo para darle tanto licor como fuera posible, el hombrecito no soltó la cuerda.

Cerquita, al lado de los sofás donde estaba el resto de los amigos, Alicia bailaba entre el uno y el otro, subía una de sus piernas en el hombro de alguno, luego se la subía al de al lado pero igual que con Jorge, yo veía que ellos simplemente trataban de seguir un juego, pero que el efecto de excitarse no se logró. Yo, entre tanto, mariposeaba por ahí sirviendo más aguardiente.

En una de esas, uno de los amigos se me acercó y me dijo: "Oye Marcela, es raro que una mesera tenga un celular como el tuyo. Eso es pa gente de plata, ¿no?". Sonreí y respondí que había sido un regalo, pero en mi mente corrían palabras que me decían que ese pequeño detalle (un blackberry que puede costar más o menos setecientos mil pesos), ya casi cuando había logrado pasar desapercibida como infiltrada, hubiera podido delatarme. Pero, bah, ya a esa hora, pensé, pues que pase lo que pase, yo ya estoy agotada, esto está aburrido y quiero irme a dormir. Además estaba atormentada con la certeza de que el despertador iba a sonar cuatro horas después para irme a trabajar, a mi trabajo de verdad.

En ese momento, Sofía y Alicia se pusieron de pie una frente a la otra y trataron de hacer un show lésbico. Y digo "trataron" porque, en serio, nada de eso se veía espontáneo, todo era a marchas forzadas. Se dieron unos besos desabridos mientras los amigos alrededor aplaudían.

Y listo, cumplida la hora, las dos jóvenes pararon, dieron las gracias, Jorge les dio un abrazo, también agradeció, y ellas se fueron a vestir.

UNA REFLEXIÓN

Sobre esa despedida de soltero he pensado mucho todas estas noches y he comentado lo que vi con amigos expertos en los temas de mujeres, liberados, abiertos a todas las opciones, de esos que no se escandalizan con nada. Y mi conclusión es la siguiente:

Para algunos, una despedida de soltero pretende darle el chance al que se casa, de que deje salir sus más íntimos deseos reprimidos, de tocar lo que normalmente no tocaría y de dejarse llevar por sus instintos más animales. Y acá quiero agregar, que esta reflexión cabe para las despedidas de solteros y de solteras. Porque el mismo plancito existe para ellas, o mejor, para nosotras.

Pero en el mundo de hoy, cuando las parejas de novios tienen sexo, y en general el hombre o la mujer que se casa lo hace porque está fascinado con su novia o novio, muchos hasta viven juntos, qué novedad puede representar una vieja más tetona, o un tipo con unos bíceps marcados y un pipí gigante?

Un amigo me decía, "es que los hombres siempre seremos infieles". Y yo le respondí que en general estaba de acuerdo y que eso también iba para las mujeres, pero le pregunté si no era medio ridículo pensar que un escenario como el de una despedida de soltero era el momento ideal para ser infiel, justamente cuando el tipo o la vieja están enamorados, cuando lo que están pensando es en el día de su matrimonio y tienen cualquier expectativa menos ponerle cuernos a la pareja cuatro días antes de la fiesta.

Ahora sí pienso que eso está pasado de moda, que no tiene sentido emborracharse o drogarse para obligarse a hacer pendejadas y que para tener sexo simplemente hay que desearlo. Si yo volviera a casarme preferiría mil veces una comida deliciosa, unos vinos tintos de la mejor cosecha, a mis mejores amigos, hombres y mujeres cerca de mí, y que el resto lo dejen por mi cuenta. Les aseguro que cuando quiera tener sexo lo conseguiré, con mi pareja o con quien quiera. Esa platica se la pueden ahorrar.

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