Empecemos por lo obvio: envejecer es un proceso natural y lo mejor que podemos hacer —siempre— es aceptar que llega un momento en que ya no somos los jóvenes de antes. El problema es que muchos hombres se niegan a asumirlo.

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Hay ciertas señales que ponen en evidencia a los viejos verdes. Por ejemplo, que en su afán por verse más juveniles se pinten las canas, usen tratamientos para evitar la caída del pelo o se pongan pantalones de colores a pesar de lo ridículos que se puedan ver.

A un viejo verde, las mujeres de su edad ya no le parecen atractivas; en cambio, prefiere a las niñitas que se desdoblan cuando oyen un reguetón y se saben todas las canciones de Justin Bieber. Peor aún: cuando la hija de uno de ellos lleva a las amigas a la casa, se le van los ojos, busca cualquier excusa para estar cerca y deja salir uno que otro piropo ‘inocente’.

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Si a usted le pasa que sus compañeras de oficina le huyen cuando se ofrece a llevarlas a la casa o cuando las saca a bailar en la fiesta de la empresa; que se la pasa usando la expresión “carne fresca” para referirse a una jovencita y que en cualquier evento va de mesa en mesa acechándolas con un vaso en la mano, es hora de preocuparse. Y, por favor, cuando lo haga, entienda que se ve ridículo y que ya no está para esos trotes.

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