En su vida matrimonial, usted gana o pierde puntos según cada cosa que hace. Mientras más puntos acumula a su favor, puede tener inmunidad para hacer las cosas que más le gustan sin que su mujer lo joda. Sin embargo, una vez tenga acumulada una cifra desbordante, cuídela, sepa administrarla.

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Supongamos que usted tiene una salida “imperdible” con sus amigos, que equivale a unos 1000 matripuntos. Si los divide por los 365 días del año, usted debería hacer 2,7 puntos diarios para ganarse esa salida, lo que en matemáticas suena relativamente fácil. Y sí, acumular esos 1000 puntos puede ser breve: almorzar donde la suegra —con sonrisa— le da alrededor de 500 puntos de un totazo; recordar el aniversario de la primera vez que le dijo “te quiero” le da 250; un regalo sorpresa, 400; no joder cuando uno está manejando, 600; un mensaje bonito, 150; rechazar por voluntad propia una invitación de sus amigos porque quiere que hagan un plan juntos le da 1000.

¡El solo hecho de despertarse de buen genio le da 50 puntos! Mejor dicho, si sus matripuntos fueran millas y en cada salida con sus amigos gastara el equivalente a un tiquete ida y vuelta, ¡usted podría ganarse tres trayectos internacionales en menos de un mes!

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Pero procure que la próxima vez que salga —no sin antes envalentonarse para sacar su buen comportamiento al decir: “Es que yo solo salgo con mis amigos una vez al año”— no se convierta en la última. Si no administra bien los puntos, en esa noche usted puede malgastar los que acumuló como loco, e incluso quedar debiendo. Tómelo con calma y no haga en la misma salida todo lo que no hizo en los otros 364 días, cuando se dedicó a poner cara de ternero degollado y no partió ni un plato. Piense, mejor, que esa noche solo está redimiendo una parte, y no se gaste todos sus puntos ahorrados en una fiesta de esas que duran más horas que un trayecto Bogotá-Santa Marta… por tierra.

Por el contrario, si solamente está pensando en “descualquierarse” en esa única salida, seguramente terminará haciendo todo mal y perderá puntos desde que pone un pie fuera de su casa. Calcule: su celular generalmente se empieza a descargar a las 9:00 de la noche y, obviamente, como esa es su noche, usted no lo va a cargar —¡que me quiten lo bailao!—, y el último mensaje que logrará enviar será justo antes de las 10:30: “Última vez conectado: ayer, 10:30 p.m.”. Pues sepa que con esa movida pierde entre 600 y 1500 puntos por minuto, todo depende de su última conexión. Ahora, tenga cuidado con el color de los chulos de WhatsApp: si usted lee los mensajes y se hace el pendejo o ve que le llegan pero no los abre porque sabe por dónde va el agua al molino, ahí el conteo de puntos negativos ya es por segundo.

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Y como el trago ya no se lo toma en vaso o en copa porque la ansiedad apenas lo deja empinar el codo, entonces empieza la ingesta a pico e’ botella: ahí pierde 100 puntos por bocanada. Por supuesto, su aguante con el trago ya no es el mismo que cuando tenía 17 años, pero de todos modos usted bebe como universitario a final de semestre.

Obvio, cuando llega a su casa ya es de día y usted no tiene el más mínimo recuerdo de la noche maravillosa que tanto esperó. Lo único que sabe es que debe pedirle disculpas a su esposa, pero no solo por la fiesta, también por la laguna mental que tiene incluso desde antes de emborracharse. Y acéptelo: usted le pide disculpas solo porque sin su perdón no puede acceder a lo más preciado luego de su libertad: una pastilla para el dolor de cabeza.

Lo demás ya es historia. Ni para qué hacemos la cuenta de los puntos que debe y de todo lo que tiene que hacer para recuperarlos. Lo peor es que era tan fácil cuidarlos: solo debía saber administrarlos. Y no es por echarle sal, pero si le va bien, su próxima salida será en un año. Eso sí, con acumulación de tarjetas, y acuérdese que dos amarillas equivalen a una roja automática.

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